Patagonia, fuego y después | Carrera contra el invierno

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Hace dos meses todo ardió. Se quemaron casas, animales, personas. Hoy las lluvias ya comenzaron, la temperatura baja, las gotas amenazan con convertirse en copos de nieve y todavía hay gente a la intemperie. Por eso, frente a la indolencia estatal, se activa una impresionante movida solidaria. De cerca y de lejos, de todo el país, la ayuda llega como puede y se transforma en paredes, pisos, techos, ventanas. Y, sobre todo, en una fogata de amor contra el frío.

“A mí el incendio me vino a buscar a casa. Te juro: me llegó a quemar la puerta y todo. Me salvé porque mi hijo, que estaba en Buenos Aires, me llamó por teléfono y me dijo: Mamá, salí YA porque el fuego está en la calle”. Y así era. Nadie del municipio nos avisó a los vecinos que teníamos el fuego ahí, encima, en la vereda. Fue terrible. Porque había dos frentes de fuego: uno lejos, frente a mi casa, pero en el Piltriquitrón, montaña arriba, que era el que veía yo, y otro atrás de mi casa, que es por el que me llama mi hijo y me dice que salga ya. Salí a mirar y sí, estaba el fuego en la calle. Literalmente, estaba ahí, en la vereda. Salí con lo puesto, agarré mi perro, los documentos y chun, al auto. Como pude. Y mi historia es una de las tantas, porque hubo gente que perdió todo”. Cuando cuenta lo que le pasó en marzo, a Mirta Huerta vuelve a flamearle la voz. Algo se estruja ahí, otra vez. Dice “terrible” como quien traga una piedra, y la piedra la ahoga.

Hace más de veinte años que vive en El Hoyo, Chubut, una de las localidades más afectadas por los incendios de marzo de este año, esos que para el ministro de Ambiente, Cabandié, fueron “intencionales”. Por la extensión de la quema, por la multiplicidad de focos, por la simultaneidad en el ataque. Aprovecharon el viento: ese día, recuerdan todos, soplaba como sólo en la Patagonia sopla: desatado. Y alguien –algunos– aprovecharon la oportunidad para “limpiar” de casas, de bosque y de gente todo lo que pudieran. Porque, eso también está claro, incendios en el sur y al fin del verano hay siempre. Lo que nunca se había visto era algo de este tamaño. Las llamas como un paredón naranja al costado de la ruta 40, el fuego quemando –ironía de ironías– hasta la Brigada de incendio encargada de apagarlo.

Tal vez por eso escuchar a Mirta es volver a ver las llamas. Ahí, en la calle. Atrás de la puerta de donde estemos. Sentir el calor entibiando las maderas que nos separan del exterior pero también la tierra, como si el ardor viniera de abajo, del centro del mundo. Mirta vio. Vio caballos corriendo por la calle, vio a las brigadas, vio a los bomberos. Escuchó –vuelve a escuchar– los gritos de sus vecinos, los autos que salen arando. Ve otra vez las llamaradas, como un festón brillante atrás de cada casa. La suya, por ejemplo. O la de su hijo, que queda justo al lado. “Así me fui ese día yo de acá: con el perro, en el auto, no sabiendo si iba a encontrar o no algo cuando volviera”, dice.

Fue afortunada, y lo sabe: su casa no se quemó y tampoco la de su hijo. Cosas del destino; un cambio del viento, la fortuna, vaya una a saber. Otros no pueden decir lo mismo. Varios son sus vecinos. Gente que, cuenta, “al margen de sus casas, perdieron animales, de todo. Y frente a esto no hay respuesta del gobierno. Si escuché que iban a venir a construir, pero hasta ahora acá los únicos que vinieron a ayudar a los que perdieron todo son vecinos. Gente común y corriente. Vino gente de Trelew, de Comodoro… De ninguna organización ni nada, gente común y corriente. Del gobierno todavía están viendo qué tienen, qué llegó. Pero acá ya está llegando el invierno. Se siente, se nota. Hoy llueve, por ejemplo, y mucha gente se fue a vivir a casas de familiares o amigos, los que pudieron se fueron a alquilar pero otros están viviendo en lo que les quedó. Y precariamente porque en muchos lugares todavía no hay ni luz ni agua. Nosotros, desde el 9 de marzo, recién el viernes 16 de abril tuvimos luz en El Hoyo. Y todavía seguimos sin agua. Imaginate el panorama. El abandono”, dice.

 

Vecinos solidarios de Las golondrinas.

 

 

La Patagonia rebelde

Lago Puelo, El Hoyo, Las golondrinas. Tres localidades que compiten en belleza pero también en dificultades. En El Hoyo, por ejemplo, la falta de agua potable es un problema de toda la vida. Pero con los incendios y la destrucción de la usina generadora de electricidad la cosa se complicó todavía más. En parte, por el daño en las instalaciones; en parte, también, por el paro que encabezaron los empleados a cargo, quienes reclamaban sueldos atrasados y mejores equipos para trabajar. Resultado: muchos vecinos estuvieron sin luz ni agua por más de un mes y medio, dependiendo de algún generador a nafta para alumbrarse y de la buena voluntad de los bomberos y de la municipalidad para acceder al agua potable. Para bañarse, lavar la ropa y limpiar la casa, sólo el agua del río. Pero, insiste, eso no es nada. Nada comparado con lo que vivieron o con lo que hasta hoy siguen viviendo algunos. Porque hubo una lista, cuenta Mirta. Luego de las grandes quemazones se armó un listado de damnificados directos (unos 500) e indirectos (casi el triple, unos 1500). Se suponía que para los vecinos y vecinas anotados en esa lista habría beneficios, chances de recuperar algo de lo que alguna vez habían tenido. No fue así. No siempre, al menos. “Acá no hubo un plan de nada, acá fue el ‘Salvese quien pueda’. No hubo evacuación, fue un descontrol…Están en los puestos y no saben cómo trabajar. Yo estoy indignada, qué querés que te diga”, refunfuña.

 

Incendios en la Comarca | Sembrar futuro

 

Pero hubo, también, cosas hermosas.  Hubo un importante supermercado de la zona que decidió donar mercadería para los damnificados pero sin intermediación alguna, por si las moscas. Y hubo, además, gente que llegó de cerca y de lejos, a dar una mano. A ver con qué podía ayudar. Perfectos extraños, convertidos en familia de un instante al otro, al calor del trabajo compartido. Historias de ésas hay miles. La de Lucas Vaca –cordobés, barbudo, de pocas palabras– es apenas una: se vino a dedo desde Malvinas Argentinas, en Córdoba, seguro de que la buena voluntad de la gente lo dejaría llegar a la Comarca Andina del paralelo 42. Y llegó, nomás. Con un bolsito, un mate, un poncho y muchas ganas de ayudar. A dedo llegó, a dedo se irá algún día, después de haber ayudado a muchos a recuperar algo parecido a la esperanza. Lo que es por ahora, acampa y trabaja en El Hoyo. “Pero ése no es el único lugar adonde se está reconstruyendo. Se está trabajando en muchos sectores y a todo lo que da, incluso con ladrillos de adobe”, explica.

 

Lucas Vaca viajó a dedo desde Córdoba a la Comarca para ayudar a reconstruir la localidad.

En su Córdoba natal Lucas se hizo su casa con sus propias manos, a fuerza de amasar y apilar ladrillos de adobe. Como medida, usó un tamaño que es todo un símbolo: un libro de su admirado Osvaldo Bayer.

Aquí en el sur hizo algo parecido y todavía lo hace porque queda mucha pared por levantar antes de que el frío realmente comience a apretar y detenga de inmediato toda la acción. Con todo, y según el arquitecto Marco Aresta, experto en construcciones de adobe, “ya se han armado varios grupos de construcción en el lugar. Nuestro grupo ya ha cerrado diez casas, hay veinte techos hechos y treinta casas ya con adobes. En la Comarca ya se han hecho 66.000 adobes en sólo un mes y medio. Ahora todo se va a interrumpir por la nieve y por el frío. Pensemos que hoy, en principios de mayo, hace diez grados de día y de noche son menos dos grados. Pero el barrio se está auto organizando y yo sigo conectado al armado de una cooperativa de adobes, un centro comunitario que hará adobes y carpintería, para seguir adelante con todo en septiembre”, explica. ¿Por qué parar ahora? Por la nieve, por el frío. Las bajas temperaturas parten los barros e impiden la construcción. Por eso la prisa.

 

Adobes “tamaño Bayer”.

 

Pero, claro, Lucas y Marco no fueron los únicos en poner manos a la obra. Ricardo Canessa, vecino de Las golondrinas, cuenta que la ayuda a veces tomó otras formas. “Ha venido gente de todas partes a ayudar a construir. Grupos, a hacer casas. Han venido albañiles desde Trelew que se quedaban en carpa y ayudaban. El otro día estuvieron acá haciéndole la casa a una viejita que se llama Isabel. Era un grupo de El arte de vivir. La parte humana te conmueve, hay gestos que te emocionan. A mí un señor que es diseñador de modas a nivel mundial vino y me dejó dinero, y me dijo que si necesitaba algo para alguien más, que le avisara. Yo recordé una señora que necesitaba una puerta y me la dejó comprada, una puerta de primera. ¡Y yo al tipo ni lo conocía! Como vieron videos míos, la gente se contacta y ayuda. Hasta la gente humilde. Las chicas a las que yo les daba recortes de vidrio de mi local para hacer artesanías también vinieron a ayudarme. He pasado momentos de llorar pero de alegría”.

A Ricardo, valga la aclaración, el fuego lo dejó sin casa. Sólo llegó a salvar un pequeño departamento que tenía en el fondo de su propiedad y que solía usar como casa de huéspedes cuando llegaban familia o amigos, o bien para alquilar a turistas en la temporada. Ahí vive hoy, pero eso no le impide seguir ayudando, como siempre lo ha hecho. Un canal de televisión local lo rebautizó como “el vidriero solidario”, justamente porque él es uno de quienes más se mueve para gestionar soluciones por fuera de los canales convencionales. No es casualidad. “Las autoridades son nuevas, les falta experiencia. Se está organizando mejor la gente común que ellos y justamente por eso muchas donaciones no pasaron por el municipio”, explica. “Se organizan a través de vecinos como yo y como otros. Los trabajadores de Puerto Madryn, por ejemplo, se contactaron conmigo para entregar lo que trajeron en un camión con nueve pallets de comida, cinco de agua, mandaron ropa, herramientas… Nos manejamos así: todo clarito. Si le entrego una motosierra a alguien es todo con foto, numero de documento, teléfono para que los que donan llamen a constatar, todo. Es una forma de colaborar. Es todo así, inventamos formas de colaborar entre todos”, resume.

 

Reconstrucción en el sur.
 
Se acerca el invierno

Ocho por trece: esas son las medidas de los llamados “módulos”, unas casitas muy simples de madera que son las que se están comenzando a armar para alojar a la gente que lo perdió todo. Son elementales y, claro, no son la mejor manera de enfrentar el frío patagónico. Pero mientras el tiempo pasa y las soluciones no llegan, los módulos aparecen como un paliativo. Algo de reparo en medio de la nada.

 

Los esquemas de los módulos de madera.

Mientras tanto, vecinas y vecinos siguen haciendo lo que siempre han hecho: asociarse para enfrentar juntxs el desafío que venga. Empezando, claro, por algo tan básico como la falta de información sobre la cantidad exacta de personas a asistir. “Ese número no está porque nunca hubo una lista definitiva hecha por los municipios y comunicada a los medios”, explica el periodista Jonathan Huerta de FM Paraíso. “Sólo tenemos las declaraciones de los intendentes que hablan de 500 afectados con viviendas completas y unos 1500 con afectación parcial. Recién ahora están armando unos módulos de emergencia con los madereros de la zona, pero no alcanza. La gran mayoría de los afectados se largó a construir con las donaciones, con los materiales que fueron llegando. Pero por ahora, de parte del Estado, fuera de los módulos no hay respuesta en lo que toca a construcción de vivienda. Hay gente que ni siquiera fue registrada como damnificada, pese a haberse anotado en alguna lista. Hay un desorden y la presencia del Estado es muy poca. Mucha gente vive en carpas o en casas prestadas.”

 


Vecinitos solidarios

“Yo vivo en El Hoyo y vi el fuego de frente. Suerte que aquel día empezó a llover porque si no, estaríamos sin casita”, dice el arquitecto Aresta, con un acento que cuenta que viene de Brasil y es uno de los tantos que se enamoró de este rincón de la Patagonia. Y destaca, sobre todo, el increíble nivel de solidaridad que se disparó luego del fuego. “Ayudaron todos: vecinos, vecinas, vecines. ¡Vino el país!  Gente de Trevelin, de Comodoro, de Rawson, de Bariloche, de Buenos Aires, Villa La Angostura…Y mucha gente vino a ayudar incluso sin saber construir. Todos estuvieron cooperando, todos estuvimos ayudando porque si no, de hecho, no se podrían haber hecho la cantidad de viviendas que se hicieron. Por supuesto que faltan casas, pero fue muy voluntariosa la Comarca. Y todavía hay grupos de voluntarios ayudando”

Según Jonathan, si uno recorre la zona, además de personas ayudando lo que se ve es gente que –como puede– trata de levantar su casita contra reloj. Tratando de ganarle, a fuerza de trabajo, al manto de frío que ya comienza a hacerse sentir. “Hay organizaciones que han colaborado con materiales, que han ido lugar por lugar y dando bonos para compra de insumos. Pero, de nuevo, está todo casi igual desde el inicio. Y lo peor es que mucha gente que alquilaba cabañas perdió su única fuente de ingresos y sus herramientas. Lamentablemente, no hay un acompañamiento del Estado. El Estado no está. Está la gente”, dice. Mientras, el sol y la temperatura bajan sobre el sur. Y el invierno se acerca, más temido que nunca.

 

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Fernanda Sández

Licenciada en Letras y periodista. Docente universitaria. Autora de La Argentina Fumigada (Editorial Planeta, noviembre de 2017). Autora en Editorial Planeta.

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