Persecución, muerte y represión: ¿nuevo ‘modus operandi’?

Compartir

El contraste fue absoluto: del anuncio de una nueva en articulación entre Policía Bonaerense y Policía de la Ciudad gracias a un «anillo digital» a la noticia de patrulleros persiguiendo a los tiros un auto por las calles de la Boca, una vecina muerta y otra en estado crítico, represión de las protestas y un sospechoso «levantado» de pruebas.

Fue una gran noticia para la parte sana de la población: en la mañana del 10 de marzo el ministro de Seguridad provincial, Cristian Ritondo, y su par porteño, Martín Ocampo, presentaron ante un selecto grupo de periodistas las obras de un centro de monitoreo emplazado sobre la Avenida General Paz. Su función será establecer un «anillo digital» –con cámaras y lectoras de patentes– para así identificar vehículos con pedido de secuestro. Una iniciativa muy sofisticada, que a todas luces afinará el trabajo conjunto de La Bonaerense y la flamante Policía de la Ciudad.

Once días después un notable episodio anticipó la comunión operativa entre ambas fuerzas: la desaforada persecución desde Avellaneda a La Boca de un Fiat 500 ocupado por dos sospechosos. El asunto en sí terminó con una vecina muerta y otra, gravemente herida por proyectiles de La Bonaerense. Luego, las balas de goma y los palazos de la Policía de la Ciudad aportaron más heridos y contusos entre los vecinos, que habían salido a protestar por la violencia criminal de los agentes del orden. Y sin que los prófugos fueran atrapados.

No es una novedad que la Policía reprima o mate. Pero es toda una rareza que cometa las dos cosas en un mismo acto. Eso es precisamente lo que sucedió en la noche del 21 de marzo. Por tal razón habría que preguntarse si se trató de un hecho excepcional o si en realidad fue el inicio de una nueva generalidad.

La muerte viaja en patrullero

“Estamos a 20 metros. ¡Vamos, que no se nos tienen que ir!”, bramaba uno de los efectivos bonaerenses por el equipo de radio del patrullero.

A la par de dicho móvil iba otra camioneta de la misma fuerza. Y frenaron al girar el Fiat en “U”. Entonces, no sin alarma, lo vieron avanzar hacia ellos. En su acelerada carrera alcanzó a tocar de costado al primer vehículo perseguidor. Fue un topetazo casi quirúrgico. Y pasó de largo.

Eran las 22.30. Y en el pasillo de una casa situada en la calle Ministro Brin al 1300, Claudia Ovejero, de 41 años, tomaba mate con Susana Bordón, de 46. En ese instante los disparos empezaron a oírse de lejos.

“¡Nos están tirando, loco! ¡Hijos de puta! Vamos por ministro Brin”, seguía vociferando el bonaerense por la radio.

En el audio filtrado después a la prensa su relato se corta justo en este punto de la acción. De modo que su registro no incluye el ensordecedor repiqueteo de los balazos policiales –alrededor de medio centenar, según testigos– sobre las viviendas con frente de chapa. ¿Acaso en el audio entregado a la Justicia también está cercenada esa parte?

Uno de aquellos tiros interrumpió la conversación de Claudia con Susana. Esta última vio explotar en sangre la cara de su amiga antes de sentir un tirón en el hombro que la arrojó hacia atrás. Y se desvaneció.

El plomo había trazado una trayectoria casi diabólica: primero dio de lleno en un ojo de Claudia para después salir por la nuca y, finalmente, impactar en la otra mujer.

Ellas fueron asistidas de inmediato por los vecinos del conventillo. Tal como suele ocurrir en estos casos, la ambulancia del SAME tardó en llegar. Claudia ya había muerto. Susana respiraba. Y se dispuso llevarla al Hospital Argerich.

En ese lapso, el Fiat quedó abandonado en la esquina de Necochea y Aráoz de Lamadrid. Sus tripulantes habían logrado esfumarse. En tanto, los vecinos ganaban la calle para recorrer el perímetro del tiroteo en busca de más heridos e increpar a los policías. Llovían piedrazos. Ya había una tercera camioneta de La Bonaerense. En eso irrumpieron nueve móviles de la Policía de la Ciudad. Y todos los efectivos –bonaerenses y capitalinos– se concentraron en la placita ubicada a metros de donde estaba el Fiat.

En aquel momento empezó la fase represiva de la velada. Los uniformados locales disparaban proyectiles de goma sobre el gentío y completaban la faena con sus cachiporras. Hubo corridas, persecuciones, golpizas, gritos de ayuda y personas heridas. En medio aquellas circunstancias se produjo la partida de la ambulancia hacia el Argerich.

Se dice en el barrio que la voz cantante de la ofensiva policial la tuvo el jefe de la comisaría de La Boca, Sergio Gutiérrez. También se dice que no todos los disparos fueron con postas de goma. De hecho, a la mañana apareció personal policial en la zona de los incidentes para efectuar peritajes, tarea que comprende el levantamiento de rastros y, en este caso, de capsulas servidas. Fue muy curioso que dicho personal perteneciera a la Policía de la Ciudad, una de las fuerzas bajo la lupa. Horas después –ya sin casquillos a la vista– esa recolección fue asumida por la Gendarmería. El expediente del hecho está a cargo de la titular del Juzgado de Instrucción Nº 41, Mónica Berdión de Crudo.

Mientras tanto, La Bonaerense echaba a circular la versión de que uno de los prófugos era “un menor de 16 años herido de bala en una pierna”. Y conjetura que habría sido llevado por su cómplice al Hospital de Clínicas.

La vecina que tomaba mate en la vereda, Susana Bordón, a su vez continúa internada en estado es crítico.

Los protocolos de los sabios del PRO

Al día siguiente, como si el grave episodio de La Boca hubiera ocurrido en un mundo paralelo, el jefe de Gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, hizo una recorrida por las instalaciones del Instituto Superior de Seguridad Pública, en Villa Lugano, para mostrarse ante las cámaras observando los avances en capacitación de los aspirantes a integrar la Policía de la Ciudad. En semejante ejercicio de autismo institucional también participó el vicejefe Diego Santilli, el ministro Ocampo y el secretario de Seguridad, Marcelo D’Alessandro.

Este último, ante la insistencia de los periodistas, dedicó a la represión de la noche anterior las siguientes palabras: “No hubo persecuciones, ni disparos con balas de plomo, y las pericias fueron dadas por la Justicia a nuestra policía”. La aseveración final no fue desmentida por la magistrada.

Desde La Plata, en cambio, Ritondo fue más explícito. Y en diálogo con un periodista de radio La Red, señaló: “Ya está la Justicia trabajando. Y prefiero en esto ser muy respetuoso con la Justicia, porque cualquier cosa que digamos puede ser que no sea así”. Después se llamó a silencio.

Pero el viernes, por vía telefónica con Nuestras Voces, tuvo a bien contestar una consulta:

¿Qué protocolo tiene La Bonaerense en caso de persecuciones?

–El protocolo nuestro es separar a los efectivos cuando tienen encima algún tipo de investigación. Y sus armas deben ser peritadas. Eso es lo que hicimos.

En realidad, la pregunta es si hay algún protocolo sobre persecuciones en espacios públicos con circulación de gente.

–La cosa es no poner en riesgo a las personas. Pero en este caso le tiraron a la policía… eso se oye clarito en los audios. El personal tuvo que protegerse. Porque tampoco va salir corriendo. La policía actuó bien.

Al final, reiteró que todo estaba en manos de la Justicia.

Lo cierto es que en esta saga de complicidades y torpezas homicidas resalta el silencio de la señora ministra de Seguridad de la Nación, Patricia Bullrich. Un silencio contemplativo. Ya que ella –tal como asegura una fuente próxima a su despacho– siguió en tiempo real, junto a sus colaboradores, el desarrollo de los acontecimientos del martes. Se dice que también hizo lo mismo casi dos semanas antes, en oportunidad de la brutal agresión por hordas desatadas de la policía porteña a mujeres que se desconcentraban de la multitudinaria marcha del 8 de marzo. Tanto esa vez como ahora analizó el asunto con el fervor de un estratega militar. Y con temeraria astucia: los desbordes represivos de la mazorca dirigida por Ocampo son para ella un globo de ensayo. Es de dominio público su voluntad de revivir el postergado “protocolo antipiquetes” para así asombrar gratamente al Presidente y, de paso, fortalecer su alicaída situación en el gabinete nacional.

Al respecto, no le tembló la voz al advertir: “Cuando actuemos no entremos en la paranoia argentina. Actuar con decisión puede tener consecuencias, pero esas consecuencias no significan que vaya haber un muerto”. Sabias palabras.

¿Confía el Presidente en aquella mujer menos hábil que ambiciosa? Si algo enseña la historia reciente es la inexorable fractura de la gobernabilidad en casos extremos de sangre política. Fernando de la Rúa y Eduardo Duhalde le pueden contar en ese sentido sus experiencias.

@Ragendorfer

Comentarios

Comentarios

Ricardo Ragendorfer

Es considerado uno de los mejores cronistas del género policial en el país. Autor de libros como El otoño de los genocidas (2017) y Los doblados (2016). Además de colaborar en Nuestras Voces, escribe en el diario Tiempo Argentino, Revista Zoom y en la revista Caras y Caretas, entre otros.

Apoyan Nuestras Voces

NuestrasVoces.com.ar - 26/05/2022 - Todos los derechos reservados
Contacto