Poner el cuerpo a las balas

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La abrumadora solidaridad por el ataque al local partidario se convirtió en miedo a la impunidad. Los militantes de Villa Crespo cuentan en primera persona cómo empujaron la causa y sostuvieron la actividad política en tiempos de descrédito y crisis económica.

Sorpresa. Cuando ya creíamos que no íbamos a saber quién nos atacó, el sábado recibimos la noticia de que identificaron al atacante. Es un día inolvidable para nosotros. Un “nosotros” que abarca a muchos más de los que estábamos en el local aquella noche. Un nosotros que es el más grande desde que empezamos a militar en Villa Crespo. La cantidad de vecinos, amigos, comerciantes, organizaciones de toda la Capital y referentes de casi todo el arco político que se acercaron fue impactante. Tan impactante como haber sido baleados en la inauguración de un local político en estos tiempos –muchos años ya- de democracia.

Para un militante, abrir un local político, inaugurarlo con la gente del barrio, es una fiesta. Es poner en práctica el trabajo colectivo de mejorar de las condiciones de vida de los que menos tienen. Sabemos que esa construcción colectiva puede ser ignorada por una parte de la población. Lo que no podíamos imaginar es que resultara tan molesta para alguien como para que directamente quisiera “aniquilarla”. Literalmente. Disparando.

Para un militante, abrir un local político con la gente del barrio es una fiesta. No podíamos imaginar es que resultara tan molesto para alguien como para que directamente querer “aniquilarnos”. Literalmente. Disparando.

La solidaridad fue inmediata. Los llamados telefónicos comenzaron minutos después de los disparos. Dirigentes acercándose, abogados compañeros dispuestos a dar una mano y muchos de nosotros yendo a la comisaría a hacer la denuncia, a dar testimonio sobre lo que había pasado, hablando al hospital para ver cómo estaban las dos personas que habían recibido los disparos. Afortunadamente en pocas horas, ya estaban fuera de peligro.

Al día siguiente, el local estaba abarrotado de gente. Ya desde temprano pasaban vecinos preguntando qué había pasado. Se acercaban más compañeros que nunca. Nunca hubo en la calle Padilla tantos compañeros y dirigentes como ese día. De repente nuestro local era conocido por miles de personas. Nos fuimos esa noche muy tarde. Era difícil de comprender. Poco a poco caíamos.

Esa semana no paramos un segundo. Actividades todos los días, convocatorias, llamados desde distintos medios. Salimos en la tapa de Página 12, y la foto de tapa la sacó un compañero. Un compañero muy querido, que le pone el cuerpo a todo. Ese día -que iba a ser de encuentro, de risas y de celebración- terminó enfocando una bala con su teléfono móvil en la puerta del local.

Sentíamos algo raro. Nos dispararon, nos repetíamos. Así como la reacción de la gente fue fuerte e inmediata, con el pasar de los días sentimos que no se esclarecía el hecho, empezamos a temer que la impunidad ganara.

Entendimos que había que hacer algo. Al mes del ataque, organizamos un acto para recordar que nos habían disparado y denunciar la falta de avances en la investigación. Pasaban las semanas y las noticias no resultaban muy alentadoras, daba la impresión la justicia y los organismos de seguridad no se movían y que la noticia pasaba, como en otros casos de impunidad. “¿Te acordás cuando les dispararon a esos pibes? Qué bárbaro, ¿no?”, decían al pasar frente al local.

Fue un ataque contra nosotros, contra la política, contra los compañeros y vecinos de Villa Crespo. El que lo hizo tiene que ir en cana. Esperemos que así sea.

Por primera vez creemos estar más cerca de decir: “fue en cana el tipo disparó, se hizo justicia, al fin”. Todavía es una sorpresa para varios de nosotros. Todo lo que hicimos después del atentado sirvió para algo más de que no se olvide, sirvió para que avance la causa y se pueda hacer justicia. Fue un ataque contra nosotros, contra la política, contra los compañeros y vecinos de Villa Crespo. El que lo hizo tiene que ir en cana. Esperemos que así sea.

La justicia tal vez pueda demorarse. La militancia no. La militancia urge. Cuando comercios históricos del barrio bajan la persiana porque no pueden afrontar la cuenta de la luz. Cuando chicos que egresaron de la escuela, vuelven sólo a comer. Cuando vemos sombras en la noche metiéndose en los contenedores de basura para buscar comida. La militancia es aquí y ahora.

La justicia tal vez pueda demorarse. La militancia no. La militancia urge cuando comercios históricos del barrio bajan la persiana porque no pueden afrontar la cuenta de la luz.

Nos quieren convencer de que política y corrupción van de la mano, pero la militancia sigue recorriendo las veredas del barrio. No bajamos los brazos y no resignamos los sueños. Seguimos en las calles de Villa Crespo -las mismas calles en las que nos dispararon- volanteando, charlando, interpelando. Algunos nos quieren, otros nos miran con recelo. La mayoría no entiende por qué de pronto se les hizo tan difícil poner un plato de comida en la mesa, comprar un remedio o un par de zapatillas para los chicos…. Por ellos, por nosotros, por nuestro país, pedimos justicia. Es necesaria por la democracia, que nos garantiza libertad de opiniones y derecho a militar políticamente. Es necesaria por las víctimas, que solo así podrán terminar de sobreponerse. Por los vecinos, que vieron la tranquilidad del barrio rota a balazos. Es importante para que nunca más vuelva a cometerse un ataque contra un local político. Esperemos que así sea. Se dio un gran paso en ese sentido. Seguimos de pie, militando.

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