Un freno para las chetas de Nordelta

Compartir

La discriminación en Nordelta volvió al centro de la escena. A un año de la viralización del audio en el que una cirujana despotricaba contra vecinos por tomar mate en reposeras frente al lago, vecinos pretenden que las trabajadoras del servicio doméstico y jardineros no suban más a las combis de transporte público por «su olor». Viaje a la Argentina del apartheid. La investigación del sociólogo chileno que diagnosticó la paranoia con «el afuera» en el mundo del ahora ex billonario Constantini.

Fotos: Joaquín Salguero

Hace exactamente un año, en noviembre de 2017, un audio se hacía viral. A su autora se la apodó “La Cheta de Nordelta”. Allí una señora, “cirujana, mujer normal”, como ella misma se definió, se quejaba porque unos nuevos vecinos tomaban mate en una reposera frente al lago y eso no cuajaba en sus “parámetros estéticos y morales”.

Un año después, esa ciudad cerrada en el municipio de Tigre vuelve a ser noticia porque otros “chetos” de Nordelta juntaron firmas para que sus empleadas domésticas no viajen en el único medio de transporte —empresa MaryGo— que entra y sale de ese megaemprendimiento. Acá ya no hay risas, ni parámetros estéticos ni morales. Sin eufemismos: Argentina se convirtió en un país racista.

El episodio circuló en algunos medios de comunicación cuando las empleadas domésticas cortaron la ruta y denunciaron que hace unos meses las combis de esa empresa cuyo propietario reside en Nordelta, no frenaban cuando ellas querían subir. Cuando intentaban subir a la fuerza, las bajaban.

El miércoles 7 de noviembre, cuando varias de ellas vieron pasar cuatro combis que iban a Capital y les negaron la subida, decidieron cortar la calle. Los rumores llegaron rápido: en una reunión entre vecinos de Nordelta se había discutido si los propietarios y las trabajadoras tenían que viajar en los mismos vehículos o no. Y aunque hubo posiciones encontradas, un grupo firmó una carta para exigirle a MaryGo que las empleadas y otros trabajadores que ingresan a la zona lo hagan en otros vehículos. Nada mejor que un micro escolar —por el mismo precio que la combi—para que viajen los trabajadores.

“Adriana” es una de las trabajadoras domésticas que participó en ese corte y es una de las que lleva la voz cantante. Prefiere preservar su identidad porque la amenaza de despidos es cada vez mayor. “Adriana” vive en un municipio que empieza con M y tiene dos horas y media de viaje hasta Nordelta. Se levanta a las 5 y media de la mañana para llegar a la casa en la que limpia alrededor de las 8. Tiene que tomar tres colectivos, además de la MaryGo. Si bien toda la vida trabajó de empleada doméstica, hace solos seis meses que entró ahí. Pero dice, nunca vivió una situación semejante. “Adriana”, además, está en negro.  “Trabajar en Nordelta es muy duro. Hay muchas chicas que sufren acoso verbal y sexual, les pagan mal, sobre todo a las que trabajan con cama adentro”, cuenta a Nuestras Voces. Pero la situación de la combi que las entra y saca del micromundo de countrys fue el límite. “Una de las primeras veces que empecé a trabajar en Nordelta me subí a la MaryGo y una señora me puso la cartera cuando yo estaba caminando por el pasillo y me quería sentar. Entonces yo le dije si podía por favor correr la cartera y me miró con muy mala cara. En ese momento no me di cuenta que era discriminación, pensé que era algo puntual de esa señora. La empleada se aguanta muchas cosas porque necesita el trabajo, es una realidad”. Lo que le pasó a “Adriana” le pasaba a todas.

“¿Dónde estás que no llegás”, “es que señora, la MaryGo no nos frena”; “¿Qué pasa que estás llegando tarde todos los días?”, “es que no nos dejan subir a la MaryGo”. Estos diálogos se volvieron cotidianos. Y muchas veces los patrones no les creían. Las chicas no viven por la zona. Vienen de Ramos Mejía, Lomas de Zamora, Merlo, Morón, Capital. A algunas las patronas les pagan el MaryGo. Pero a otras no. Se los pagan de su bolsillo.

La denuncia llegó al INADI a través de la legisladora y abogada Myriam Bregman, y también fue planteado en el Congreso, donde solicitaron que se pida a la ministra de Desarrollo Social, Carolina Stanley, “un informe detallado sobre la situación de las trabajadoras domésticas en el complejo”.

Un mundo de fantasía

Ricardo Greene es un sociólogo chileno, especialista en urbanismo. Llegó a la Argentina para realizar su tesis doctoral sobre Nordelta: “Siempre me llamó la atención porque de los barrios cerrados era el más grande de Latinoamérica. Y además de los pocos que se piensan como autosuficientes”, explica a Nuestras Voces. “En Nordelta tienen todo lo que alguien necesita para no salir, entonces me parecía fascinante esta nueva utopía neoliberal”.

Ricardo tardó ocho meses en poder entrar al emprendimiento cerrado que comenzó a construirse a finales de los 90 y que se inauguró nada más y nada menos que en el año 2001. Su dueño, Eduardo Constantini, declaró hace pocos días que con el gobierno de Macri dejó de ser “billonario”.

Pese a que el sociólogo chileno rezongaba por no poder entrar, se dio cuenta de que en realidad su verdadera labor estaba, justamente, afuera. “es un lugar que se plantea como  autosuficiente, que tiene mucha preocupación por estar muy cerrado pero a la vez entran mas de 6.000 personas a laburar. Entre pileteros, taxistas, profesores de colegios, de tenis, empleadas domésticas. Pero me di cuenta que todas las dificultades no eran un problema. Era mi trabajo. Justamente eran las dificultades que Nordelta pone al extraño para poder entrar”.

Ricardo empezó a estudiar entonces este lugar que no era “tan impermeable”. ¿Cómo entran las personas, las enfermedades, las cosas que entran y salen y cómo son transformadas del proceso, el mecanismo de control? “Eso habla del tipo de sociedad que quieren construir”.

“Nordelta no quiere ser igual que otro country, entonces uno puede encontrar todo más exacerbado. La verdadera elite no está en Nordelta”. En esa ciudad hay 27 barrios cerrados y que cada uno tiene su sello: “Hay algunos que son para matrimonios jóvenes con dos chicos, para jubilados, para padres divorciados, gente de más guita al que llaman el ´Beverly Hills´—, otro es el más barato al que le dicen el ´bronks´”. Para el sociólogo chileno es imposible trazar un perfil de quienes viven en Nordelta. “Otra característica importante es que no hay bolilla negra, es decir, no hay mecanismos de control. Cualquiera que tenga la plata puede comprar un terreno. Si pagas, entrás”.  Después aparecen los mecanismos de control, cuando uno entra. “Eso es lo que yo estudié, las distinciones y mecanismos que ellos tienen para los que consideran ´amenazantes´”.

Apartheid nacional

A través de tuiter, Ricardo (@ricgreene) realizó un resumen espeluznante que forma parte de su tesis doctoral. “En Nordelta (ND) a las empleadas no las dejan entrar caminando ni en bici, y les ponen muchos problemas para acceder en moto o auto. Solo pueden hacerlo en buses privados, licitados por el propio barrio. Durante años la línea de transporte público 60 ha querido servir al barrio pero los residentes se han negado tajantemente. Como me dijo uno: «¿Te imaginás? Tendríamos todo lleno de negritos meándonos el lago». Tanto temen el tránsito de extraños no-autorizados que,  cuando los vecinos de otros countries exigieron que el camino estructurante de ND fuera público, prefierieron invertir US$ 3 millones en uno alternativo que le diera vuelta antes que abrir el suyo. El Municipio apoya el cerramiento de ND y la exclusión del transporte público porque, a cambio, ND invierte millones de dólares cada par de años en infraestructura. Pregúntenle a (Sergio) Massa. Entonces, a las empleadas domésticas no les queda más alternativa que tomar el transporte privado, lo que suelen hacer en Pacheco. La parada, pese a estar a 3 km de ND, en una vía público, está vigilada y controlada por sus propios guardias y señalética. Último: las empleadas domésticas tienen, de por sí, pocas oportunidades de socialización, más aún en barrios cerrados. Los trayectos son vitales para intercambiar información sobre prácticas laborales, chismes y abusos, y eso también lo resienten –y evitan– los residentes”.

Una ley que no llega a Nordelta

“Sandra, no vengas, ¡eh! No vengas porque te voy a mandar a la concha de tu madre ¡Sos una pelotuda!”. El audio de Whatsapp también se volvió viral. Y un año después, Jorge Triaca, el autor de esa frase, renunciaría a su cargo como secretario de Trabajo. El audio desnudó el maltrato laboral y clasista de ciertos sectores sociales hacia las trabajadoras domésticas. Unas semanas después, otro tuit se había hecho viral. La periodista María Julia Oliván tuiteó: “En el barrio te daban $400, 1 coca, 1 choripán y 1 bolsa de mercadería por ir a la marcha ayer y hoy. Mi cuñada me dijo ¿Por qué no te venís? Yo le dije que no, que tengo que ir a mi laburo. (Silvia, que me ayuda en casa, me contó esto ayer tardó 6 horas en llegar a su casa) #ReformaPrevisional”. Automáticamente muchos de sus seguidores le hicieron notar que Silvia “no la ayuda en su casa”, sino que trabaja para ella.

Cuando se debatía la Ley de Trabajadoras de Casas particulares Clarín tituló: “Una medida que afecta a millones de familias”.

Lo cierto es que en nuestro país, desde el 16 de abril del 2014 se reglamentó —después de varios años desde que se presentó en diputados y senadores y no sin un debate álgido y durísimo— la Ley de Trabajadoras de Casas Particulares (26.844) que beneficia a 1,2 millones de trabajadoras de las cuales el 80 por ciento no está regularizada. La legislación les da a las trabajadoras una serie de derechos laborales: ART, vacaciones, retención de una cuota sindical a través de la AFIP, pago por cuenta a sueldo, la prohibición de que trabajen menores de 16 años y la obligación de que si se emplea a jóvenes tienen que estudiar, indemnización por despido sin causa, una jornada limitada, licencia por maternidad, etc .

El Tigre de los contrastes

Según relevó de la Encuesta Permanente de Hogares de 2017, el doctor en Sociología Daniel Schteingart, el 97 por ciento del servicio doméstico son mujeres. Del empleo total en Argentina, de los trabajadores registrados el 8 por ciento son trabajadoras domésticas. Si sólo se mira el porcentaje de mujeres que trabaja, el 17 por ciento son empleadas domésticas. El 75 por ciento de las trabajadoras domésticas están empleadas de manera informal; su salario es apenas el 44% del salario medio.

Según los datos del Indec del tercer trimestre de 2017, en un año se crearon 192 mil puestos “cuentapropistas”, de los cuales 106 mil son no regulares y 94 mil registrados. El servicio doméstico tiene la tasa más alta de informalidad: 72,13%.

Comentarios

Comentarios

Tali Goldman

Es licenciada en Ciencia Política de la Universidad de Buenos Aires (UBA) y periodista. Escribe crónicas en medios digitales como Anfibia, Nuestras Voces, Latfem, entre otros. Es columnista en el programa de radio Cheque en Blanco, que se emite en Futurock. Su primer libro La Marea Sindical, mujeres y gremios en la nueva era feminista de Editorial Octubre ya va por la segunda edición.

Apoyan Nuestras Voces

NuestrasVoces.com.ar - 19/09/2021 - Todos los derechos reservados
Contacto