Vuelos de la muerte | El horror después del horror

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El abogado querellante Pablo Llonto analiza en esta entrevista el complejo entramado de un juicio que intentará demostrar el eslabón final de la maquinaria de exterminio que funcionó en Campo de Mayo y que tiene a los ex colimbas como testigos clave: «Representa la posibilidad de dar respuesta a cientos de familiares que hace más de cuarenta años se preguntan qué pasó, dónde están sus seres queridos.» 

El 5 de octubre de 2020 comenzó el juicio de lesa humanidad por los vuelos de la muerte en Campo de Mayo y tiene la particularidad de que muchos de los testimonios más esclarecedores provienen de ex soldados que cumplían con el entonces Servicio Militar Obligatorio, conocido también como  “colimba”.

Para Pablo Llonto, abogado querellante en distintas causas de lesa humanidad, en representación de 360 familiares y sobrevivientes, se trata de un juicio que permitirá avanzar sobre uno de los aspectos más siniestros de la dictadura: el destino final de los detenidos desaparecidos de Campo de Mayo, la mayor guarnición militar del país en el que funcionaron tres centros clandestinos. “Este juicio representa la posibilidad de dar respuesta a cientos de familiares que hace más de cuarenta años se preguntan qué pasó, dónde están sus seres queridos. Pero también, a partir de los testimonios de los ex conscriptos podemos ir uniendo las piezas sueltas de este gran rompecabezas que es Campo de Mayo y del que sabemos tan poco a pesar de los años transcurridos”.

Crédito: Zahira Rivero Norte

El pacto de silencio sobre el destino final de los cientos de miles de personas secuestradas y desaparecidas fue una política de Estado que el propio Jorge Rafael Videla había hecho verbo en una de las pocas ocasiones en las que se refirió al tema cuando aún comandaba la dictadura más sangrienta de la historia argentina: «Los desaparecidos no están ni vivos ni muertos; no tienen entidad, son desaparecidos”, dijo en 1979.  A más de cuarenta años de democracia ese pacto sigue vigente. Pero, a partir de las primeras exhumaciones realizadas en cementerios de todo el país, aquellas palabras del dictador tomaron una connotación más profunda y siniestra ante los hallazgos de restos enterrados como NN. Con el tiempo, quedaría claro que otro método utilizado para la desaparición era arrojar prisioneros vivos al mar en los llamados vuelos de la muerte, tal como admitió el represor de la Armada Adolfo Scilingo al periodista Horacio Verbitsky.

 

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Sin embargo, recién en 2017 algunos represores responsables de los vuelos de la muerte tuvieron una sentencia condenatoria tras el histórico fallo de un tramo de la Megacausa ESMA. Desde el 2020, el Tribunal Federal 2 de San Martín juzga por primera vez a miembros del Ejército por el tema Vuelos. En el juicio están acusados el jefe de Institutos Militares de Campo de Mayo, Santiago Omar Riveros, y cuatro integrantes del Batallón de Aviación 601: Luis Del Valle Arce, Horacio Conditi, Eduardo Lance y Ángel Delcis Malacalza, por los casos de Adrián Enrique Accrescimbeni, Juan Carlos Rosace y Rosa Eugenia Novillo Corvalán, cuyos restos fueron hallados el 25 de noviembre de 1976 en las costas de Magdalena, Verónica y Punta Indio. Y de Roberto Ramón Arancibia, hallado el 18 de febrero de 1978, en las playas de Las Toninas.

Crédito: Zahira Rivero Norte

Testigos involuntarios 

En una tarde soleada de septiembre, Pablo Llonto recibe a Nuestras voces en su casa de Barracas para analizar el complejo entramado de un juicio que intentará demostrar el eslabón final de la maquinaria de exterminio que funcionó en Campo de Mayo.y que tiene a los ex colimbas como testigos claves del horror.

“Hasta este juicio, Campo de Mayo contaba con una nube de incertidumbre alrededor sobre qué había pasado con los miles de detenidos desaparecidos que estuvieron en cautiverio ahí. Son cinco mil personas y hay muy pocos sobrevivientes. Había toda una serie de versiones de que en ese inmenso predio se enterraban a los detenidos y de hecho se hicieron cuatro excavaciones muy grandes que no dieron ningún resultado. El Centro Clandestino más importante era El Campito, que quedaba en unos galpones muy cercanos a la pista del Batallón de Aviación 601. La sospecha de que el método utilizado para la eliminación física de los detenidos eran los vuelos siempre estuvo pero no podíamos darle certeza jurídica», explica Llonto.

—Y los conscriptos pusieron certeza a esa hipótesis.

—Sí. Todos fueron aportando detalles, algunos indicios, pero la suma de lo poquito que contaban permitió reconstruir la trama: efectivamente había vehículos de la zona de los galpones que traían a personas vendadas, muy lastimadas, torturadas y que luego eran inyectadas y las subían a los aviones que volvían vacíos. Los llamaban vuelos fantasmas. Contaron, por ejemplo, que cuando limpiaban la pista encontraban las ampollas de Ketalar, que eran el producto que utilizaban para adormecer a los detenidos. Otro colimba confirmó la presencia de un oceanógrafo que era el encargado de estudiar las mareas para de ese modo evitar que los cuerpos lleguen a las costas. Es decir, a través de ellos, pudimos poner certeza a esa mecánica. El círculo se completa uniendo los hallazgos de restos de quienes sí sabemos que estuvieron en Campo de Mayo  El peritaje a esos huesos nos permite acreditar que los detenidos eran arrojados a gran altura y a gran velocidad.. Estamos investigando más casos.

¿Cómo fue la decisión de convocar a los ex soldados?

—Durante muchos años estuvimos empantanados. No había arrepentidos, ni documentos, ni nada. Las querellas le solicitamos al Juzgado de Instrucción de Alicia Vence convocar a los soldados que hicieron la colimba en aquellos años, sobre todo entre el 76 y el 78. Y ahí, ya en etapa de Instrucción comenzó a despejarse el camino. Pero fue una tarea de años citar a esas primeras doscientas personas. entre cambios de domicilio, otros no se presentaban porque tenían miedo o mandaban a un abogado y entonces ahí explicarles que estaban citados como testigos y no como imputados. Tuvimos que explicarles que no era algo contra ellos. Siempre digo que necesitamos a los ex conscriptos porque fueron los testigos involuntarios del horror en las entrañas mismas de la represión. A nosotros también nos llevó tiempo comprender el rol que tuvieron y sacarlos del lugar de sospechosos. Recuerdo cuando comencé a colaborar en el CELS (Centro de Estudios Legales y Sociales), el primer razonamiento fue que si un conscripto participó de un operativo o vio algo también debía ser imputado. Creo que con los años fuimos comprendiendo algunas cosas. Primero, entender que era Servicio Militar Obligatorio. Segundo, que era una juventud que se formó en la mentira, la formación familiar, de la Iglesia, de los medios y de la enseñanza inclinó a muchos jóvenes a creer que las cosas que se estaban haciendo eran por la patria. De hecho, a mí también me podría haber tocado el servicio militar. Soy del 60 y me salvé por número bajo.

—En algunas audiencias los ex conscriptos se ven muy  afectados.

—Sí, de hecho, hay un grupo que tiene problemas psicológicos producto de sus experiencias en la colimba y que les cuesta mucho volver a declarar. En ese caso se incorpora para el juicio oral su testimonio por lectura. Pero la mayoría quiere ayudar. Claro que verlos declarar es fuerte y sabés que tienen una carga emocional tremenda, se sientan, lloran y ni te cuento en las declaraciones hechas en  la etapa de Instrucción. La primera vez que hablan, expresan que sienten la culpa de llevar durante cuarenta años el secreto y no poder contarlo. Te dicen que lo que saben y vieron no se lo contaron ni a sus hijos. Cargan con una mochila que sin duda tiene mucho que ver con la culpa y otro porcentaje tiene mucho que ver con la formación de aquella época. Hay otros que creían que si contaban lo que vieron podían ser juzgados por revelar secretos militares. En general lo que se observa es que un porcentaje todavía siente miedo. También, por supuesto, hay un porcentaje de ellos que creemos que guardan un  silencio intencional. Es un porcentaje mínimo pero lo cierto es que no cuentan lo que saben o vieron.

 

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¿Como si hubieran quedado atrapados en la lógica de la dictadura?

—No sé, pienso que es una mezcla de cuestiones ideológicas y de una falta de conciencia humanística, lo ven como un problema de terceros. Es decir, hay un grupo que guarda silencio. se nota en la actitud, se enojan cuando los convocan, se nota en los términos que usan. Términos despectivos con respecto a la justicia, a estos juicios en particular, pero es la minoría. En otros casos, se muestran indiferentes pero sin embargo cuando llega el momento de recordar y contar lo que vieron, lo cuentan y lo ponen en su lugar, como un hecho horrible que hay que juzgar.

—¿Se puede determinar el número de conscriptos que hicieron la colimba?

—No hay una cifra exacta porque el Ministerio de Defensa todavía no ha podido elaborar una lista completa, pero se calcula que hay alrededor de trescientos mil jóvenes que en esos años hicieron la colimba. Ahora nuestro principal enemigo es el tiempo. Por eso le estamos pidiendo al gobierno que vuelva a lanzar la campaña «El Servicio Militar ya no es obligatorio, el silencio tampoco». Creemos que ahí hay toda información impresionante y fijate que se han generado cosas, como un programa de radio que se llama «La voz de los colimbas», que está impulsado por dos ex soldados que son periodistas. Ese programa se ha convertido en una fuente de recopilación de datos que luego son llevados a la justicia. Se contactaron ex soldados de Ushuaia, Tucumán, Córdoba o acá en Buenos Aires. Y pienso que tienen mucho para aportar. Sin ellos todo es más difícil.

 

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