20 años de injusticia en el femicidio de Natalia Melmann

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Natalia Melmann tenía 15 años y desapareció el día del cumpleaños del comisario de Miramar, el sargento Carlos Grillo. Fue su “regalo”: la secuestraron, la golpearon, la violaron, la quemaron, le dieron un tremendo golpe en el cráneo y la ahorcaron. En esta primera nota de una serie de 3 que conforman un ensayo sobre la impunidad sus padres, Gustavo y Laura, cuentan la angustia de la desaparición, el encubrimiento policial, la desidia judicial y sus 20 años de lucha clamando por justicia. “La red de encubrimiento arrancó desde el momento en el que comenzamos a buscarla”, dice Nahuel, hermano de la víctima, que entonces fue llevado por uno de los violadores y asesinos en su auto para tomar declaraciones a las amigas de Natalia.

Tragada por la arena

El sábado 3 de febrero de 2001 Natalia Melmann fue a bailar. Salió del boliche Amadeus el sábado 4 a la madrugada. Tenía quince años y en Miramar, la ciudad en la que se había criado, lo habitual era eso: volver a casa caminando. Pero ella no volvió. No la dejaron volver.

Primero les preguntaron a sus amigas. Nada. Después a los vecinos, a la gente que podría haberla visto pasar, volviendo del boliche. Fueron al hospital. Nada tampoco. Finalmente, a las 9 de la noche del sábado, Laura y Gustavo, los padres de Natalia, se acercaron a la comisaría e hicieron la denuncia. 

Durante cuatro días –noventa y seis horas que ahora recuerda como una bruma- Laura, su mamá, pensó cualquier cosa. Que Natalia había conocido a algún chico en la fiesta, o que se habría reencontrado con Maxi, su ex, con el que había estado saliendo ese verano. Cosas así, siempre. Un paseo, un beso. Quizá se habían ido a ver el amanecer al mar. Capaz estaba dormida entre las dunas, o cualquiera de las otras cosas que se hacen a los quince años y en Miramar, “la ciudad de los niños”, como dice hasta hoy el cartel que da la bienvenida a los turistas. Pensó más: quizá el paseo y los besos la habían llevado más lejos, hasta algún campo, y ahí estaría Naty  durmiendo ahora.  Tapada de estrellas.

Gustavo y Laura Melmann  averiguaron por su cuenta, entre las amigas de Naty, antes de hacer la denuncia. ¿O qué podía pasar en ese pueblo, si nunca pasaba nada? “Nosotros habíamos llegado a Miramar en el 92, después de que el menemismo nos destruyera. Éramos pobres y queríamos comenzar de nuevo acá, en un pueblo tranquilo. Pero no fue tan fácil. Llegamos cuando Naty tenía seis o siete años y a ella le gustó enseguida porque podía andar tranquila de acá para allá, en bici todo el día”

“Yo incluso antes de todo esto había pensado en volverme a Buenos Aires y ella no quiso. Me dijo que acá podía ir adonde quisiera que total no pasaba nada. Y mirá vos lo que son las cosas”, dice Gustavo, un hombre rojizo y de barba. El papá de Natalia, el hombre al que desde hace años le cuelga del cuello una chica sonriente. Una muerta que ríe. 

En estos veinte años pidiendo justicia Gustavo ganó peso y arrugas. La barba colorada se le volvió más blanca y más rala. Su sordera también se agravó: dice que de un oído no escucha casi nada y por eso a veces hay que repetirle las preguntas. Igual no para y menos ahora que vuelve a ser verano y 4 de febrero, sólo que veinte años después. Ahí siguen él, Laura, Nahuel y Nicolás, los hermanos de Naty. 

Pero cuando todo comenzó a suceder, en la madrugada del 4 de febrero,  Gustavo y Laura estaban tranquilos. La vida iba bien. En esos días, los Melmann tenían un restaurant llamado El banquete en donde la adolescente había estado ayudando toda la temporada, como mesera. Una chica tranquila, muy estudiosa, llena de amigas. Abanderada en su colegio y con planes claros para el futuro. Quería seguir estudiando hasta recibirse de médicia obstetra. Su padre supone que fue allí, en el restaurant,  que la marcaron. Que Natalia de alguna manera entró en el radar de los victimarios.

“Le habíamos hecho el cumple de quince el 13 de marzo. Cuando pasó lo que pasó estaba por cumplir los dieciséis. No llegó”

Por cuatro días la buscaron en la arena, en el campo, en la tierra. Salieron los vecinos solos, por su cuenta, a revisar el campo a ojo desnudo. Y no encontrarla, con las horas, se fue convirtiendo en motivo de esperanza: si no estaba ahí, si no había cuerpo, Natalia estaba viva y en algún otro lado. Lejos, capaz. O dormida, de tantos besos.

Mientras la familia y los vecinos la buscaban y repartían volantes con su cara, su nombre y un número telefónico, mientras la gente rastrillaba campos y rutas y caminos en sus propios autos, las “fuerzas vivas”  de Miramar (policía, bomberos) hacían lo propio a pie y en camioneta. “O hacían como que hacían”, dirá una vecina que hoy- veinte años después de todo eso- sigue prefiriendo el anonimato. Aún vive en Miramar, y el miedo no es zonzo.

Natalia era la abanderada de su colegio, la Escuela de Educación Media N1 Rodolfo Walsh

Iban de acá para allá, dice, buscando. El equipo de rastrillaje salía siempre del destacamento de bomberos, y fue ahí donde un periodista local, Alberto  Pensotti, un día notó un movimiento extraño. Como una agitación, algo en el aire. No necesitó más para saber que algo había sucedido. No se equivocó. Siguió a los bomberos, que fueron hasta el vivero municipal Florentino Ameghino. Es, hasta hoy, un lugar extraño: el bosque se abre a las dunas y desemboca al mar. Por eso su extraño nombre de “vivero dunícola”. Ahíestaba Natalia, escondida entre hojas, debajo de un tronco, con los pantalones a la altura de los tobillos y el cordón de una de sus zapatillas rodeándole el cuello. O lo que habían dejado de ella.

Pueblo chico

Por esos días, hace veinte años, Miramar era una ciudad de 24.000 habitantes y todavía no había perdido su aire de pueblo, de balneario pachorriento. Cuando sucedió “lo de Naty” Mágica, la radio local, avisó del hallazgo del cuerpo y esa misma noche una multitud estimada en seis mil personas marchó  contra la comisaría. La vieja metáfora de la olla a presión: algo se rompió para siempre en la paciencia de los miramarenses y después de las piedras llegaron los gritos: “¡Asesinos! ¡Asesinos!”. Fue como si de repente cada chico apaleado con una bolsa en la cabeza (como solían hacer en esos calabozos), cada hombre hostigado por el suboficial de turno y cada mujer violentada por la policía del lugar hubiera despertado del golpe ese día, aunque fuera de noche. 

“Esa fue la primera vez que tomé consciencia de lo que realmente pasaba en ese lugar. Que no era todo tan tranquilo ni estaba todo tan bien como parecía.  Ojo, yo de la policía desconfié siempre. Desconfiaba de la policía por militante, porque sé las cosas que hacen. Además hacía poco que había sido el caso María Soledad y yo recordaba todo el encubrimiento policial”, cuenta Gustavo. “Por eso, cuando me avisaron que habían encontrado  el cuerpo de Nati en el vivero me fui para allá y no me moví de su lado para que no le hicieran nada. Pero se lo hicieron  igual,  delante mio, en mi cara. Vino una mujer supuestamente de Policía científica y le dijo a uno que le cortara las uñas. “Bien al ras”, le indicó. Hasta ese momento las manos habían estado protegidas con un plástico, justamente porque se sabe que debajo de las uñas suelen quedar rastros de los agresores. Bueno, toda eso desapareció”

El terror se volvió entonces una manta cubriendo esas calles sin nombre y con número: 23, 33, 21, 28. Un velo a través del cual mirar todo de nuevo para verlo -ahora sí- de verdad: las calles, la panadería, las casas, la gente. ¿Quién fue? ¿Quién había sido? En “la ciudad de los niños” había una chica menos, un asesino más y una explicación que estaba ahí afuera, esperando a que alguien se animara a buscarla. Era, a la vez, una carrera contra el tiempo y contra el miedo. Contra el tiempo porque la misma policía que debía llevar adelante la investigación dejaba correr los días sin avances y con retrocesos; contra el miedo, porque todos de un modo u otro se conocían y hablar no iba a ser gratis. De hecho, el hoy llamado “Caso  Melmann” está tachonado de testigos que cambiaron su testimonio a último momento, de policías que “visitan” a potenciales testigos, de personas que denunciaron amenazas o que directamente abandonaron la ciudad, llevándose un pedazo de verdad con ellas.  

Así las cosas, el municipio decidió entonces poner a  disposición de la familia Melmann un pequeño local que Laura llama “nuestro bunker”. Allí comenzaron a recibir informaciones de boca de los vecinos y en la más absoluta confidencialidad. En parte, porque la gente seguía furiosa con la policía y no quería acercarse a la comisaría. En parte, también, porque desde el principio se sospechó de la presencia de uniformados en la desaparición y muerte de Natalia. Fue la misma familia la que de a poco comenzó a reconstruir lo sucedido, como un rompecabezas.

Alguien había visto a Natalia saliendo de Amadeus y a un hombre siguiéndola de cerca. Alguien más la había visto acercándose a un móvil policial. Alguien más había visto cómo al menos dos hombres la subían al móvil a la fuerza. 

Alguien, alguien, alguien más. En esta etapa se unió el trabajo de la familia y de los amigos con el trabajo de un pequeño grupo de abogados investigadores colocados en Miramar por la Fiscalía, a cargo de Marcos Pagella, y que trabajaron como agentes encubiertos. Así, camuflados como turistas, vendedores o busca vidas, se mezclaron en cada conversación, en cada debate. Sin levantar sospechas, tomando acá un café y allá una cerveza, tomaron al mismo tiempo datos y  fueron reconstruyendo recorridos, interacciones  y horarios. De a poco surgieron, también, los  nombres de cuatro policías: Ricardo Suárez, Ricardo Etchenique, Oscar Anselmini, Ricardo Panadero. Y un lugar: una casa muy precaria, sin agua ni luz, en las afueras de la ciudad y en un sector conocido como Copacabana. Allí, supieron los investigadores, los policías solían organizar “fiestas” con chicas, drogas y alcohol. Natalia desapareció el día del cumpleaños del comisario de Miramar, el sargento Carlos Grillo. Ella había sido su “regalo”.

El entregador había sido Gustavo “El Gallo” Fernández, un ladrón e informante de la policía que acababa de salir de prisión. De la investigación se desprendió que era el encargado de proveer victimas para las “fiestas” policiales, tal como lo cuenta Laura en Natalia Melmann, un documental de Constanza Sagula estrenado en 2019.

 

 

Blues de la mariposa

La secuestraron, la golpearon, la violaron, le quemaron la mano izquierda con cigarrillos, le dieron un tremendo golpe en el cráneo y finalmente la ahorcaron. Se tomaron su tiempo:  remataron  el lazo del cuello con un nudo doble mariposa. Después, subieron el cuerpo al auto de Suárez y lo descartaron en el vivero, a donde durante los primeros cuatro días de búsqueda la policía no dejó que nadie se acercara. “En el vivero rastrillamos nosotros”, decían. Dijeron también haberlo rastrillado cuatro veces antes de la aparición del cuerpo. Nunca vieron nada. Ni siquiera la zapatilla que le faltaba a Natalia y que todavía estaba ahí dos meses más tarde, cuando el fiscal a cargo decidió inspeccionar el lugar. En esa desidia, sin embargo, no es difícil leer la grafía perfecta de la impunidad, la letra gótica de quien no tiene nada que temer.

Dejar tantos cabos sueltos, incurrir en tantas torpezas a la vez (dos de los policías implicados llegaron tarde a sus respectivos trabajos al día siguiente del crimen, se dejaron ver con rasguños en la cara, uno llevó a la víctima en su propio auto, otro preguntó en la comisaría por “la chica desaparecida” cuando todavía faltaban horas para que los padres radicaran la denuncia), nada de eso es casualidad. Habla en todo caso de un hábito, de un modo de hacer las cosas, del crimen como atmósfera. En una de las jornadas del juicio que tuvo lugar en 2002, de hecho, uno de los miembros del Tribunal Oral N2 le pidió a Ricardo Suárez que se desatara uno de los borceguíes que llevaba puestos. El hombre- al que apodan “El Mono” por ser morocho y corpulento- se había presentado al juicio vestido de fajina. Miró al juez con desprecio pero hizo lo que le pedía. El juez le pidió entonces que volviera a atarse los cordones y Suárez, muy lentamente, se ajustó las botas. Hizo un perfecto nudo doble mariposa, el mismo que tenía Natalia en el cuello cuando la encontraron. 

De izquierda a derecha, Oscar Etchenique, Ricardo Anselmini y Ricardo Suárez, los tres policías condenados en 2002 por el rapto, la violación y el asesinato de Natalia Melmann.

Pero no todo fue circunstancias, horarios, testigos y nudos. También los estudios genéticos aportaron lo suyo: el ADN de los tres policías se encontró chica adentro, en distintas partes del cuerpo. Incluso se  encontraron dos perfiles más: uno que coincidía en 97% con el del sargento primero Ricardo Panadero –mencionado desde el primer momento como uno de los policías que frecuentaban la casa de Copacabana- y otro que, hasta el día de hoy, no se sabe a quién pertenece.

El sargento primero Ricardo Panadero. Uno de los 5 ADN hallados en el cuerpo de Natalia es 97% compatible con el suyo. Fue localizado en un vello púbico. En 2018, un tribunal lo exculpó pero la Cámara de Casación Penal de Buenos Aires ordenó un nuevo juicio.  

“En el cuerpo de Natalia se encontraron cinco rastros genéticos distintos. Pero no sabemos qué cantidad de gente participó, porque podrían haber participado más personas y no haber dejado su rastro genético”, cuenta Nahuel Melmann, el hermano mayor de Natalia, hoy de 37 años. El mismo al que, “cuando pasó lo que pasó” -como todavía dice la gente de Miramar- el suboficial Ricardo Anselmini trasladó en auto, casa por casa, a tomarles declaración a las amigas de Natalia para averiguar si sabían algo sobre la chica que él acababa de violar y matar. “La red de encubrimiento arrancó desde el momento en el que comenzamos a buscarla”, dice Nahuel. “La comisaría estaba al tanto y operó para buscar la impunidad. Toda la puesta en escena con la supuesta búsqueda del Gallo Fernández, los falsos rastrillajes, los falsos testigos que aparecían en las marchas que hacíamos buscándola con vida y nos decían que habían visto camino a Mar del Sur, todo, todo eso pasó porque han intentado desviar  la investigación desde el  principio ”. Y, desde el momento de la condena a reclusión perpetua que recibieron en 2002, lo que se han buscado es volver a la calle, ahi a donde siempre han hecho lo que han querido.  Por eso una y otra vez, pasado cierto tiempo, la defensa insiste con el reclamo de salidas anticipadas. Los defiende la doctora Patricia Perelló, defensora del también femicida Carlos Monzón y de Analía Schwartz, la profesora de música acusada de abuso sexual infantil y corrupción de menores en lo que se conoce como el Caso Gianelli.    

A fuerza de pedir la libertad, a menudo la consiguen. Lo hicieron y la lograron en 2012, luego perdieron el beneficio y volvieron a conseguirlo en 2017. Hasta hace dos años Laura, la mamá de Natalia, vivía a sólo cuatro cuadras de la casa en la que -dos veces al mes- comía y dormía uno de los matadores de su hija. Hoy no sabe exactamente cuándo, pero sabe que esa pesadilla puede volver a pasar. “El juez de ejecución penal habla de junio de 2022”, explica Nahuel. 

¿Cómo es que tres condenados a reclusión perpetua pueden acceder a salidas? Constanza Berisso, ex abogada y amiga de la familia Melmann, explica que “cumplido determinado tiempo de condena y si se cumple con determinados requisitos, se pueden pedir beneficios tales como las salidas transitorias. Eso fue lo que solicitaron en su momento los tres condenados. El tema está en que, en esta caso concreto, los informes psicológicos del Servicio Penitenciario fueron negativos. Dejaban en claro que ni Suárez, ni Anselmini ni Etchenique tenían ningún arrepentimiento respecto del hecho y que eso podía significar un peligro no sólo para la familia de Natalia sino para la sociedad en su conjunto, porque se trataba de tres personas que habían sido condenadas por un hecho probado pero que, pasados tantos años desde el femicidio, seguían sosteniendo su inocencia, cosa que podía generar un peligro pese a que tuvieran buena conducta en el penal. Por eso Casación tomó esos informes y denegó el beneficio”. 

La marcha que hacen por Natalia todos los años, todos los febreros, esta vez será virtual por culpa de la pandemia. Hay una campaña llamada 20 años sin Nati para apoyar a la familia y su reclamo de justicia. Piden que la gente envíe una foto con un texto simple, expresando lo que sienten no sólo por Naty sino por la ausencia de justicia real. 

Laura en 2018, cuando la justicia libera a Ricardo Panadero. La policía alrededor de Tribunales reprimió a la familia y a la gente. “No nos repriman, no nos maten, no maten”, gritó Laura.

Los condenados, en tanto, acarician la posibilidad de volver a la calle, mientras al menos dos de los implicados (esos desconocidos que dejaron su ADN en el cuerpo de la chica) no pasaron un solo día presos. Justamente por eso el 1 de febrero de 2021 -hace horas, y sólo tres días antes de que se cumpla el aniversario número veinte del secuestro y feminicidio- el abogado Federico Paruolo llevó a la Corte Suprema de Justicia de la provincia de Buenos Aires el pedido de la familia Melmann. Allí se lee: “Atento el estado de autos y el tiempo transcurrido (veinte años) desde el homicidio de nuestra hija, requerimos a esta Suprema Corte que tome las medidas necesarias para: 1) Finalizar la investigación con respecto al quinto partícipe de la violación y el asesinato de nuestra hija, respecto del cual existe una prueba de ADN. Hemos solicitado se coteje esa muestra con quienes prestaron servicio en la comisaría de Miramar 2) Que se remita a la Cámara de Apelaciones el expediente en el cual se investiga la participación de Panadero en el hecho y se realice el juicio de manera urgente. Como vuestras excelencias conocen, desde la privación ilegítima de la libertad, el abuso sexual agravado y el homicidio agravado de nuestra hija, ocurrido en el año 2001, ya han transcurrido veinte años y aún no hemos podido obtener una resolución de la justicia que ponga fin a la dilatadisima investigación”. 

Hoy Laura es la última de la familia que permanece en Miramar. Gustavo y los hijos viven en otro lado. Ella no quiere irse porque siente que si lo hiciera sería como abandonar a Natalia. Su recuerdo, sus cosas.

Mientras tanto, los tres policías condenados a reclusión perpetua esperan y entrenan. Ricardo “El Mono” Suárez, por ejemplo, enseña kickboxing a sus compañeros de la cárcel de Batán. “Es un psicópata, un tipo violento. Pero vos le vieras las manos, impecables. Parece que se hace la manicura y todo. Yo no: yo envejezco. Mi familia quedó destruida, con medicación, con depresión, con ataques de pánico”, cuenta Gustavo Melmann. Vivir pendiente de que los asesinos de su hija de quince años cumplan la condena que les dieron lo ha ido convirtiendo en otro. Uno más pálido. Más cansado. Más convencido. 

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