Caso Melmann: Fuenteovejuna del mar

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En esta segunda nota de una serie de 3 que conforman un ensayo sobre la impunidad, avanzamos sobre la cadena de responsabilidades que perpetúan la injusticia y el dolor.  Los Melmann habían llegado a Miramar en 1992 con la idea de criar a sus tres hijos en un entorno “más seguro y natural”. Nueve años después, con el secuestro y asesinato de Natalia a manos de policías, el proyecto se hizo pedazos. Pero, al mismo tiempo, comenzó otro proceso que aún no termina: el de la movilización de los vecinos de la ciudad pidiendo memoria y justica no sólo por Natalia sino por todas las otras víctimas de la violencia en borceguíes.

A Natalia la buscaron viva y por días, en distintos lados. El domingo 4 de febrero de 2001 fue un ir y venir de casa en casa. “¿Viste a Naty? Porque no la encontramos por ningún lado”, era el mensaje que se repetía de amiga en amiga, de casa en casa. Eso que hoy tomaría un par de llamadas por Whatsapp en aquellos días y en Miramar implicaba mucho más: más tiempo, más tensión, más recursos. Hubo que pedirles a los vecinos que también ellos se sumaran a la búsqueda, que repartieran los volantes caseros que los Melmann habían armado y salido a repartir por el centro. Nicolás, uno de los hermanos de Natalia, salió en el canal 10 de Mar del Plata, contando lo que les pasaba. Pidiendo ayuda. La botella al mar.

“Nahuel y Nicolás, los hermanos de Naty, habían sido alumnos míos. Yo soy politóloga, porteña y cuando llegué a Miramar me puse a trabajar como docente. De ahí conozco a la familia Melmann, por eso cuando me enteré enseguida me puse a disposición. Hice muchas cosas pero sobre todo, hice de chofer”, recuerda hoy María José Ortega, una mujer de cara redondeada. En la mayoría de las fotos y videos de esas primeras marchas –cuando no todos entendían bien qué había pasado– María José ya estaba ahí, sólo que sin canas. El pelo de hoy –entre rubio y plateado– habla de todo el tiempo transcurrido. Pero ella prefiere hablar de otra cosa: de todo lo que pasó en esas primeras horas, en esos primeros días.

 “Yo me sumé bien al comienzo. Fui a la casa de los Melmann cuando Naty acababa de desaparecer, me puse a disposición con mi auto y me pidieron que subiera chicas amigas de Naty a mi auto y que las llevara a rastrillar. Agarrábamos para el lado de Otamendi, repartimos los volantes y volvimos al centro de Miramar, ya sin luz. Ahí empezó la participación. O no. Una cosa que me molestó mucho entonces fue que cuando llegaban los canales de televisión aparecían  el intendente y todos los caretas que siempre hay en los pueblos. Pero después, se apagaba la cámara y la familia volvía a quedar sola. Yo además tuve muchos enfrentamientos con colegas, con gente que trabajaba en el municipio o que militaba para el partido que estaba  en el gobierno. Porque venían con chismes, me decían que el padre vendía droga. “¿Y?”, les decía yo. Ponele que sea cierto, ¿qué culpa tiene la piba?”. Eso dividió mucho las aguas”.

Fotos Facebook @Nataliamelmann

Silvia Fazio es comunicadora miramarense, y como María José, también ha acompañado a la familia de Natalia desde que la chica desapareció. Y también cuando apareció, convertida ya en otra cosa. “El video de ese momento es terrible y todavía está dando vueltas en la Web. Se lo ve a Gustavo desesperándose, porque él ya sabía lo que había pasado no sólo en la dictadura sino también en el caso Morales. Gente muy comprometida y muy combativa, los Melmann. Y como Gustavo sabía que las pruebas se borraban y que en la policía no se podía confiar,  custodió el cuerpo de Natalia con su propio cuerpo. Ahí mismo fue que el de la morguera, de solo  ver cómo había quedado Naty, le dijo a Gustavo: “Fueron los ratis”.

La marca de la policía

¿Qué había en esos restos, en esa chica con la ropa desgarrada, para que un ambulanciero forense haya reconocido a simple vista el sello azul, la marca de la policía? Pero no hubo tiempo para pensarlo. Todo se volvió un vértigo de móviles, de gente y de gritos. La próxima escena de aquel día que María José recuerda es la de Gustavo y Laura, los padres de Natalia Melmann, parados junto a un hombre que, según les dijeron, sería su abogado. No pasó mucho tiempo antes de que María José (quien por esos días intentaba traer la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, APDH,  a la localidad)  recibiera un llamado de alarma. Era un amigo de la APDH, justamente, que en ese momento estaba mirando  la transmisión en vivo desde Miramar y vio en la pantalla una cara conocida. “Avisale a los Melmann que el abogado ése que acaban de ponerles es de la policía. Representó a la Bonaerense en varias causas”.

Un juego de luces, eso que a veces pasa en la playa, cuando el sol cae en picada y nada se distingue bien. Aquí tampoco se veía claro ni se sabía quién era quién. Sin embargo algunos periodistas locales, como Jorge Olave, ya hacía tiempo que habían notado un inquietante parecido entre los manejos del poder local con respecto a la policía y la Argentina de la Década Infame. “Cuando pasó lo de Natalia, el intendente Enrique Honores iba ya por su cuarto periodo de gobierno. Estos feudos se replican en el país porque en muchas comunidades pequeñas, como no hay trabajo genuino, dependen de la teta municipal para subsistir. Eso explica las continuas reelecciones. En el feudo de Honores, los medios locales que vivían de su pauta publicitaria lo trataban como a  un semidiós. Yo ya en 1999 comencé a decir que, para ser Catamarca, a Miramar sólo le faltaba María Soledad Morales. Era algo esperable dada la red de corrupción, de clientelismo, montada por este caudillejo conservador de ultra derecha –aunque con el sello del radicalismo– entre los ochenta y los noventa del siglo XX pero muy parecida a lo que pasaba en la Argentina de los años treinta. Todo, todo pasaba por la intendencia: amigos, entenados y enemigos. Así que cuando pasó lo de Naty, compré tres metros de tela, hice una bandera argentina y con un fibrón escribí: “Miramar es Catamarca”.

Con Natalia ya localizada bajo el montón de hojas, todo voló por los aires y la primera marcha terminó no sólo en “pueblada”, esa palabra que los grandes medios de comunicación sacan a relucir cada tanto como quien toca una campanita para pedir silencio, sino en rajadura. Algo se había partido para siempre en ese frontón amable llamado Miramar. Y la división fue clara: de un lado quedaron los que –locales o visitantes– se solidarizaron con la familia y sin dudar salieron a la calle; del otro, los que –por compromiso familiar, político o simplemente por depender de un empleo municipal– decidieron quedarse en sus casas y mirar la vida por tevé. Para Fasio, la relación entre poder político y policía era, en ese entonces, un dato más. “Había, como en muchos otros feudos, distintos negociados que manejaban a la vez el poder político y la policía. Este era el feudo de un radical, Enrique Marcelo Honores, y la policía lo custodiaba. Por ejemplo, el mismo juez de Ferraris que es quien termina firmando la sentencia ejemplar que condena a tres de los asesinos de Natalia, se refiere a los boliches que estaban habilitados en Miramar como “galpones inmundos”. Imaginate lo que sería la supervisión de esos lugares, el control de la venta de alcohol a menores y con respecto a otras sustancias que estaban transitando los boliches y la calle. Todos esos temas estaban al amparo del paraguas político, pero cuando pasó lo de Natalia no hubo más remedio que actuar. Vino hasta De la Rúa y no hubo más remedio que darle a los Melmann un localcito para que ellos comenzaran a recibir las denuncias. Pidieron a la gente que  supiera algo que se acercara y que denunciara, aunque fuera en forma anónima”. El pedido se transmitió por la radio local, FM Mágica y, en cuestión de horas, el teléfono del local adonde se recogía la información comenzó a arder.

Un refugio contra el miedo

Al principio, dice Nahuel Melmann,  cuando a Naty la buscaban viva, no tenían idea de nada. Recuerda que un móvil policial los subió, al él y a su hermano, en el asiento de atrás. El hermano de Natalia era un adolescente, por esos días. “Era recién el comienzo de la investigación y nos subieron a mi hermano y a mí a un patrullero. No teníamos ni idea de nada. No sabíamos ni qué había pasado con Naty ni quiénes eran los responsables. Recién mucho después supe que uno era el que manejaba el patrullero y que nos llevó a mi hermano y a mí. Lo que sí me llamó la atención después fue que cuando encontraron el cuerpo de Naty, la primera reacción del pueblo de Miramar fue destruir la comisaría. Yo como adolescente no entendía, pero ahora miro en perspectiva y entiendo más. Estos policías eran custodios del intendente Honores, por ejemplo, y venían cometiendo todo tipo de tropelías en la ciudad. Lo que le sucedió a Natalia no lo gesta una persona en su psiquis de un día para el otro, esta gente venía operando y produciendo hechos parecidos al de Naty desde hacía tiempo. Por algo  el llamado “Loco de la ruta” desaparece una vez que desarticulan la banda que operaba acá. Una banda de sádicos, perversos y asesinos que pertenecían a la fuerza policial. Pero todo eso, en el inicio, nosotros no lo sabíamos”.

Gustavo y Laura no. Por olfato, por experiencia, por conversaciones con los vecinos y vecinas, por años de militancia en Derechos Humanos, los Melmann supieron desde el vamos que la investigación no podía quedar exclusivamente en manos de la misma fuerza sospechada de haber cometido el crimen. Apelaron entonces a la gente, prometieron –y cumplieron la promesa– de no revelar las fuentes, de escucharlos a todos y resguardarlos de la policía. Hubo quienes se presentaron a declarar encapuchados, para que no se les viera la cara. Hubo quienes se acercaron a dejar datos falsos. Hubo quienes llamaron, y cortaron. Después de todo, cabe recordar que ninguno de los finalmente condenados tuvo prisión preventiva y estuvieron durante meses en libertad. Amedrentando a quien hiciera falta, incluyendo al primer abogado de los Melmann, Juan Carlos Macchi. A él le balearon la casa, primero, y le incendiaron el auto, después. Para ese entonces, Maggi ya había detectado, en la zona de Camet, dos femicidios casi calcados del de Naty: un entregador, golpes, violación y el mismo ahorcamiento con lazo. Las chicas se llamaban Déborah San Martin y Marlene Michienzi. Tenían 16 años. Uno de los policías finalmente condenado por el femicidio de Naty prestaba servicio en Camet en el momento de los asesinatos.

“Al principio en ese localcito nos juntábamos a compartir información y un día, seríamos unos veinte, yo dije que tenía miedo. Todos se largaron a hablar y nos dimos cuenta de que todos teníamos miedo”, cuenta María José Ortega. “Pero llegamos a la conclusión de que no íbamos a estar libres de que algo nos pasara si nos escondíamos. Que había que dar la cara y que tal vez esa publicidad era la que nos iba a proteger. Recordé que, en la facultad y en la época del Proceso, sabíamos que cuando más público era todo, más resguardados estábamos de que nos pasara algo”.

Con todo, la gente respondió. Como pudo, pero respondió. A veces,  sumándose a las marchas y haciendo llegar lo que sabía. A veces, acercándose a Laura o a Gustavo en la calle y dejándoles un papel en el bolsillo. “Hubo esquelas, cartitas, de todo. Se recabaron incluso historias que fueron anteriores a lo de Naty, y también un testimonio que fue fundamental para condenar a Anselmini, uno de los tres implicados en el asesinato de Naty”, dice Nahuel Melmann.

 

20 años de injusticia en el femicidio de Natalia Melmann

 

A veces en las marchas eran miles, como fueron el primer sábado luego del hallazgo del cuerpo; a veces fueron cientos, o decenas, o dos. Si en algo coinciden quienes han participado de las marchas a lo largo de estos veinte años, eso es en que –entre 2001 y 2008, cuando las marchas de los sábados pidiendo justicia por Naty se volvieron casi un ritual– a ellas se sumaron vecinos pero también muchísimos turistas, conmovidos por el caso. “Yo me dejé de hablar con muchos amigos, porque uno puede disentir pero hay puntos, hay temas en los que no podés tener una mirada diferente. El asesinato de Naty fue uno de esos puntos. Me pasó con gente que llegó del extranjero, al principio participaba de las marchas y al final se alejó, y después te enterás de que consiguieron un puesto en el municipio. Pero también hay que resaltar el coraje de la gente que marchó aun sabiendo que nos espiaban, mujeres que se jugaban su puesto en la municipalidad por marchar y aún así lo hicieron”, destaca Ortega. “Porque Miramar era un feudo, había dos familias que lideraban todo y “a lo patrón”. Entonces, la gente estaba muy presionada”.

La gente –la gente que se animó, que se las ingenió para contar lo que sabía, sabiendo lo que eso podía llegar a costarle– fue no sólo el motor de las marchas y del pedido de justicia, sino también el elemento clave en el logro de esa condena que llegó en 2002 para Ricardo Anselmini, Ricardo Suárez y Oscar Echenique, tres de los responsables del secuestro, violación y femicidio de Naty.  También de eso se acuerda hoy María José: de los testigos a  quienes les hizo de remise, incluida esa cuyo testimonio fue clave para la condena a reclusión perpetua. “Era una testigo encubierta que había visto todo: cuando  el móvil policial para a Natalia, le pega la cabeza contra el parante y la sube a la camioneta. Era una nena que estaba con su novio atrás de una ligustrina y que no se animaba a declarar. Había una disputa en la familia porque los padres no querían que declarara y el abuelo quería que sí, porque desde que la chiquita había visto esto nunca más había vuelto a dormir”, cuenta María José. Ella fue, de nuevo,  la encargada de trasladar a esa testigo hasta los Tribunales de Mar del Plata el día del juicio. “La tuve que ir a buscar a las seis de la mañana y llevarla antes de que Tribunales abriera.  Subí con ella al quinto piso y me quedé con ella hasta que alguien de la sala adonde se estaba llevando adelante el juicio subió a buscarla. Yo no te puedo explicar el miedo con el que recorrimos esa ruta, de ida y de vuelta, las dos solas. Cuando fuimos era  de noche todavía. La hicieron entrar a Tribunales por atrás, para que no la vieran”. A esa chica que no quería hablar –pero que tampoco podía dormir– hubo una sola cosa que la decidió. Fue un grito. El alarido final de Natalia, antes de que seis manos federales la hundieran para siempre en un baúl.

 

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Fernanda Sández

Fernanda Sández

Licenciada en Letras y periodista. Docente universitaria. Autora de La Argentina Fumigada (Editorial Planeta, noviembre de 2017). Autora en Editorial Planeta.

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