Ley anti edadismo | El despliegue de un nuevo tiempo 

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El tratamiento del proyecto de «Ley para la eliminación de todas las formas de discriminación por razones de edad» en el Congreso sienta principios básicos para un acceso sin discriminación por edad a la vivienda, el ocio, la educación y los cuidados.  El impulso de políticas públicas combinado con un cambio de los prejuicios sobre la etapa más larga de la vida. Susana, Roxana y Eugenia cuentan su camino para romper moldes.

No hay una fecha, un momento exacto, una banderita de llegada, pero las etapas se suceden, se sienten en el cuerpo, impactan en la vida que llevamos de distintas maneras. Quizás se pueda hablar de décadas, de espacios de tiempo que establecen momentos particulares. Para muchas personas, ese nuevo tiempo, esa especie de bisagra con todas sus particularidades, comienza a partir de los 50, con momentos claves como puede ser para las mujeres la menopausia, o más tarde la jubilación. En un tiempo donde es menester revisarlo todo, indagar en ese mundo que se despliega y las posibilidades que ofrece -y que no ofrece- el actual modelo de sociedad en el que habitamos es tarea importante. Qué hay pensado, cómo se realizan los nuevos entramados, qué herramientas, qué espacios se brindan para la etapa más larga de la vida.  

Hay tantas historias y situaciones como personas, pero un dato es seguro: trabajar después de los 50 es un desafío para quienes se quedan sin sus fuentes de trabajo “antes de tiempo” o para quienes deciden realizar un cambio en el camino que vienen recorriendo. 

Para Susana (68) lo que vino después de los cincuenta fue un viraje total de rumbo. Cuenta que no hizo el recorrido “tradicional”: terminar el secundario, hacer una carrera. “Por distintos motivos fui interrumpiendo los estudios. Había empezado Letras y al año murió mi papá. Antes ya había partido mi mamá. Son cuestiones vitales que te van cambiando los caminos y las perspectivas”. Y algo de eso hubo, porque el próximo movimiento de fue partir a vivir a Jujuy para ejercer como maestra rural. Tenía 23 años. “Estuve cuatro años en el norte. Volví entusiasmada con el tema de la educación y decidí hacer la carrera de Ciencias de la Educación en La Plata”. Paralelamente se casó, tuvo tres hijos, y comenzó a trabajar en una empresa familiar de fotografía en la parte administrativa. “Con la crianza dejé varias veces de estudiar. Cada tanto retomaba, hacía algunas materias, pero no tenía demasiado tiempo”. 

Sin saber lo que luego se desplegaría, a mediado de los 50 decidió terminar la carrera, más que nada como “una cuestión de realización personal”. Fue una decisión bastante oportuna: “Con la fotografía digital y los cambios en el mercado la empresa se fue viniendo abajo y mi hermano se jubiló. Yo había terminado la carrera, así que decidí empezar a trabajar en la docencia, algo que hago hasta estos días”.

Dice que tuvo suerte por no tener el problema de conseguir trabajo pasados los cincuenta, pero que sabe que no en todos los campos es así.  “En la docencia tenés un puntaje por la carrera,  por la antigüedad, puede ser más burocrático pero vas a los actos públicos y tomás horas. No se fijan qué edad tenés, es más igualitario en algún sentido. Fue una experiencia muy interesante, porque era un tema que me gustaba desde aquel tiempo en Jujuy. Finalmente, eso que había quedado a un constado de pronto se convirtió en mi medio de vida”. Rescata, además, el entusiasmo que perdura y se propone continuar mientras pueda. “Me siento cómoda. Pude, también, hacer un posgrado, algo que me dio mucha satisfacción”. 

Casa Activa | «Un nuevo paradigma de vejeces»

De todas formas, Susana reconoce lo grande del cambio y el vértigo de salir de “una situación de trabajo cómoda y estable” para hacer otro camino. “A esa edad los cambios te sacuden. Además, pasé por el famoso nido vacío de cuando se van los hijos y te enfrentás con esas cuestiones de la edad que te bajonean un poco. Pero en el campo laboral fue un aspecto positivo que me salió bien”. Igualmente, reconoce que todavía el cambio respecto a la discriminación por edad está en proceso. “No me gusta ver cuando en los distintos organismo, como en PAMI, le dicen abuelos a las personas adultas. Venga abuelo, etc. O en los medios de comunicación, esa estigmatización de ubicarte en determinados parámetros por una cuestión de edad. O cuando tenés una posición crítica frente a algo y te salen con eso de: es generacional. Pero lentamente está cambiando. Hace un tiempo podía parecer raro que una persona se ponga a estudiar a los 50 años. Hoy es visto con más normalidad. Como todo cambio cultural lleva tiempo pero a medida que se amplían las expectativas de vida se va aceptando que uno sigue siendo una persona activa y que todavía puede hacer muchas cosas”. 

Aportes y debates 

Pero no solo en el ámbito laboral, la edad es un factor que influye. Por eso el proyecto de Ley para la eliminación de todas las formas de discriminación por razones de edad que comenzó a analizar la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados del Congreso de la Nación constituye un paso concreto con el fin de terminar con los prejuicios y la estigmatización sobre la vejez.

La ley enfrenta la idea habitual de que a las personas de 60 o más la sociedad les otorgue un lugar de «viejas o viejos»,  o que haya búsquedas de empleos limitadas para menores de 35 o 45 años para conseguir trabajo en ámbitos privados o públicos. Por eso, uno de los puntos que se pretenden trabajar a partir del proyecto son las diferentes discriminaciones que existen para acceder a los distintos lugares por cuestiones de edad. Por supuesto, se hace la salvedad de aquellas discriminaciones que son garantía y protección de derechos. 

Así lo expuso hace pocos días la diputada del Frente de Todos Gabriela Cerruti, quien presentó la iniciativa en abril del 2020: “Tenemos que iniciar una conversación que nos lleve a que todos y todas sintamos que estamos dándole a la sociedad una herramienta con la cual luchar contra los viejismos y el edadismo, y pensar las vejeces como vejeces activas, deseantes y plenas”.  Asimismo, la diputada María Rosa Martínez señaló cómo la cultura del descarte y del consumo que el neoliberalismo plantea es la que “destruye conocimientos, experiencias y posibilidades de seguir aportando”. En este sentido, al igual que otras colegas, planteó el desafío de generar propuestas comunicacionales y educativas que pongan sobre la mesa la problemática. 

A su vez, en su intervención, la diputada Mónica Macha hizo hincapié en cómo los distintos aspectos que este proyecto articula tendrán tarde o temprano un impacto en las políticas públicas que corresponden para atender las necesidades de cada una de las etapas. “Como sociedad tenemos una falta de formación emocional. Hay experiencias donde esa emocionalidad implica una formación, un seguimiento, un acompañamiento. Y eso incluye las necesidades de cada uno de los ciclos vitales de nuestras vidas”. Así, llamó a deconstruir la idea de la vejez como algo negativo, improductivo, y pensarlo en términos donde también se puedan madurar las relaciones humanas desde otro lugar. 

Lo cierto es que el camino para andar está lleno de desafíos. No es un dato menor, como se señaló hacia en la Comisión de Derechos Humanos, que en Argentina el 18% de la población ya es mayor de 60 años, en tanto, para el año 2050 esta franja ocupará el 30% de la población mundial. Repensar claramente políticas públicas acordes y un plan estratégico para erradicar estereotipos culturales y simbólicos que impactan sobre el efectivo ejercicio de los derechos de las personas mayores se vuelve central. Es así que los diputados y diputadas que se encuentran abordando el tema a partir del proyecto señalaron la necesidad de que este segmento pueda seguir ejerciendo sus derechos más allá del lugar que la sociedad determina para las personas de acuerdo a la edad. Y dejaron en claro que esta Ley es un principio general, pero que para avanzar se necesitan políticas públicas concretas.

Otro punto interesante que quedó planteado en el tratamiento del proyecto fue la necesidad de acercar estos temas a la sociedad en distintos ámbitos que permitan visibilizar una problemática que muchas veces queda oculta. En este sentido, la diputada Patricia Mounier recordó lo poco que se habla en las escuelas sobre los adultos mayores. Por eso, consideró importante promover los valores de reconocimiento, solidaridad, no discriminación y trato igualitario en los ámbitos educativos: “Esta sería una buena oportunidad para incluir en todos los niveles del sistema educativo este tema tan importante, porque es un proyecto que amplia derechos”.

Nueva temporada 

Lejos de algunas ideas que en estos tiempos cada vez se diluyen más, los mundos que se despliegan en cada etapa son infinitos. Roxana Kupczyk (57) trabajó 35 años en escuelas, como docente, vicedirectora y directora. Se jubiló este año después de todo un andar y hoy, con una energía arrolladora, cuenta los recorridos por el nuevo tiempo. Para ella hubo dos hitos  importantes en esta “especie de bisagra casi simbólica”. 

“A partir de los 50 empecé a vivir más libremente la elección de con quién quería compartir mi vida, que era con otra mujer, aunque alguien podría decir: a esta altura...” recuerda. También menciona el hecho de que sus hijos ya estuvieran más grandes, haber terminado con la etapa de la crianza, y poder manejar otros tiempos. “La crianza demanda energía y tiempo, tiempo que muchas veces no se valora en las mujeres y tiene que ver con esas tareas de cuidado”, dice.  La nueva etapa, reconoce, le sentó bien, contra todo prejuicio que pudiera haber. “Pude hacer a los 55 años lo que nunca había podido hacer en mi vida, como una dieta, me empecé a sentir bien, a hacer mucha actividad física, pude adelgazar lo que nunca había adelgazado, poniendo en movimiento el cuerpo y a pesar esta idea que a veces aparece que dice: y qué querés, ya el cuerpo…. Como que nada se puede cambiar por una cuestión de edad. Hay muchos mitos. También pude hacer montañismo, que es algo que me gusta mucho”. 

El segundo hecho fue la jubilación. “Un amigo hoy me preguntaba cómo estaba, y yo le decía algo que me viene pasando y es que siento que soy dueña de mi tiempo. Y eso es un valor impresionante. Y él me decía que es muy anti sistema, porque el capitalismo tiene ese poder de manejarte el tiempo, el tiempo es producción y tu tiempo vale por lo que producís y haces. Me pareció fundamental. Porque a partir de esta edad, que tengo tanto para hacer, tengo el tiempo”.

Roxana es entusiasta. Dice que tiene 200 proyectos por delante. Empezó francés, quiere hacer teatro nuevamente, viajar, integrar un espacio colectivo. Podría enumerar un listado muy largo, pero reconoce que es mucho empuje personal y que por supuesto los primeros días de esta etapa tras la jubilación fue un cimbronazo.  “Venís a 100 kilómetros por hora y te ponen una pared. Nadie puede estar exento a que eso te golpee. Te sentís que ya no te necesitan, que no sabés cómo se van a arreglar sin vos, o decís qué hago de mi vida: miras alrededor y todos están trabajando. Qué hago con ese mundo que tenía armado o con ese mundo que me fagocitaba, porque de alguna manera también es así. Por eso siento que esta es como una segunda temporada de la vida, con tanta energía y ganas como la temporada uno”.

Reconoce, de todas formas, que no para todos es así, y que si no es por el empuje de uno, la sociedad, o el modelo actual no está todavía a la altura de este segmento de personas que cada día es más amplio. “Esto de lo productivo tiene mucho que ver. El que se queda sin trabajo a los 50 está muy complicado. Pero además, ¿qué ofrece el sistema para aquellas personas de mi edad o más de 60 que ya se jubilaron, qué oportunidades, qué otras cosas hay para hacer, qué convocatorias, qué te ofrece el mundo que no sea lo que vos te generes?”. 

Otro punto importante que menciona es el tema de los cuidados de las generaciones más grandes. “Ahora cuido a mi padre de 88 años que está muy debilitado. Y puedo hacerlo porque tengo el tiempo para hacerlo. Pero ni el sistema, ni las obras sociales, están preparadas para ayudarte con eso. Estamos haciendo lo imposible para que la obra social cubra alguna de las ocho cuidadoras que tiene mi papá y no lo logramos”, dice en referencia a esta otra etapa, la ancianidad como uno de los rangos etarios más desprotegidos. “Se modifica la esperanza de vida, se alarga la edad, pero la sociedad no va en consecuencia”, señala. 

Finalmente, de su experiencia, describe la importancia del arte en la vida de las personas, algo que se repite en varios testimonios. “Tenemos que vincularnos con algo artístico para ser felices”, dice y completa: “Es numerosa la cantidad de acciones que uno puede hacer cuando cuenta con el tiempo. Es el momento de poder apropiarnos de él y aprovechar la vida”.

Las otras agendas 

“Es muy interesante estar consciente de este proceso”, dice por su parte Eugenia Valente (59). Se jubiló en el 2019 después de haber ejercido como docente de artes visuales en distintos ámbitos y espacios. Estuvo también dedicada en los últimos años a la formación de estudiantes para educación inicial en el Instituto de Formación Docente Continua de Bariloche.  “Para mí fue una pasión el laburo, emocionante, y más allá de las cosas típicas que pueden surgir, siempre pude elegir lugares donde me sentía cómoda”. 

Pero la llegada de la jubilación dio paso a una agenda nueva. Así lo vive, aun reflexionando en estos días sobre esta etapa que se despliega. “Se cierra una agenda que a veces no te deja respirar, no te da mucho margen de moverte. Y una de las cosas que pasa cuando una se jubila es que te preguntas: en qué momento hacia todo”.

Al igual que Roxana, reconoce que mucho depende de cómo lo vive cada uno. “Tenés que armar un nuevo guión, no sólo por el trabajo, en mi caso pasaron muchas otras cosas: falleció mi papá al que yo cuidaba mucho, mi hijo ya creció. Realmente fue algo nuevo y coincidió todo con la pandemia, así que también está teñido por este particular 2020 y 2021”, dice y asegura: “Pero este otro guión empecé a pensarlo desde el deseo. Y en el deseo aparecieron cosas pendientes, como dedicarme más al arte, un lugar que no me di antes”. 

El año pasado Eugenia hizo tres seminarios y hoy va por otros tres. Continua, además, participando del equipo La Guagua, un espacio de juego para los bebés y las familias que surgió del Instituto y desde donde, además, escribieron un libro que se publicó este año. “Hay mucha gente de mi generación y de la siguiente que está muy activa. Personas que siguen editando libros. Las artes visuales son un lugar donde uno puede seguir produciendo todo el tiempo o empezar cuando quiera. El arte permite la entrada de todos”, dice. También analiza:   “Igual hay un duelo. La gente me ve y dice: estás muy activa, pero esa nueva agenda es algo que uno se tiene que ir armando porque son muchos años de estar encasillado en instituciones”. También observa que hoy por hoy “se va derribando esa idea del abuelito, ese estigma del pobre jubilado. Pero es verdad que dejás de ser adulta para ser adulto mayor. Como si por ser un adulto mayor pasaras de ser una persona a ser otra, si bien es verdad que  hay un universo diferente, porque el tiempo es otro, no es lo mismo el que está trabajando que el que no”. 

También menciona otro aspecto que empezó a tener en cuenta en esta nueva etapa, y es el cuerpo. “Dedicarle tiempo es muy necesario, después de tantos años de estar sentada, de las posturas habituales, te das cuenta de lo importante que es hacer actividad”.

En otra trama del tejido que se urde con la vida, Eugenia recuerda de estos años las tareas en el cuidado de su papá y también señala que no hay mucha contención para el que cuida, y el geriátrico es una institución más donde todo está armado de esa forma: todos van a comer, todos tienen que mirar tele. “La falta de opciones para ese rango etario es otro tema importante en cuestión”, reflexiona.  

Finalmente señala: “Siento que por un lado una es la misma, con más cosas para comprender, con más caudal de experiencia, que se puede llamar sabiduría. Y por otro lado, el cuerpo va cambiando. Cuesta tomar dimensión, una se siente la misma persona”. 

Los pliegues continúan. Todo está por escribirse. No hay un manual del paso a paso, por suerte. Pero un punto se repite en los relatos, y es que, además de lo propio, del andar de cada elección, siempre aparece lo colectivo, ese espacio donde finalmente nos nutrimos, ese entretejido que sostiene en las distintas etapas de la vida. Y es ese mismo colectivo que va abriendo un precedente hacia nuevos porvenires.    

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Violeta Moraga

Violeta Moraga es periodista y Licenciada Comunicación Social. Escribe en Canal Abierto e integra el equipo de comunicación popular Al Margen.

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