Las alas plateadas de Wally Funk

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Wally Funk luchó durante seis décadas para convertirse en astronauta. Sufrió el rechazo de la NASA por ser mujer, pero a los 82 años logró subirse como “invitada de honor” al cohete del multimillonario Jeff Bezos. La historia de una pionera que se convirtió en la persona de más edad en viajar lejos de la Tierra.

Once minutos duró el viaje al espacio. Lo breve no le quitó a Wally Funk la sensación de sueño cumplido. Con 82 años, formó parte de la tripulación de la primera misión espacial del cohete New Shepard, propiedad del multimillonario Jeff Bezos. Esperó seis décadas para convertirse en astronauta y el 20 de julio pasado esta aviadora hizo historia: se convirtió en la persona de mayor edad en cruzar el umbral de la gravedad de la Tierra (desbancó al veterano John Glenn, que lo hizo con 77). 

Foto Instagram @BlueOrigin

«Nadie ha esperado más», aseguró el dueño de Amazon, cuando anunció que Funk era su “invitada de honor”. Preparación no le faltaba. Había formado parte del programa Mercury 13, que en la década del 60 testeó la capacidad de las mujeres para explorar el espacio. Después de rendir todas las pruebas a la perfección, la NASA descartó enviarlas por considerar que solo los hombres estaban preparados. 

«No puedo expresar lo fabulosa que me siento al ser elegida para ir en este viaje», enfatizó Wally en un video, añadiendo que esperaba «disfrutar de cada segundo» de la travesía. Y así lo hizo. A lo largo del vuelo se la podía ver gritar de alegría, abrazar a sus compañeros de travesía -Jeff Bezos, su hermano Mark y Oliver Daemen, un estudiante de 18 años- y admirar desde las amplias ventanas de la cápsula la inmensidad del universo.

La historia de la mujer con más edad en viajar al espacio seguro se convertirá algún día en un guión de Hollywood. Para concretar esa aventura luchó durante toda su vida. Y esta es la culminación de un anhelo de la infancia y de una carrera brillante.

En órbita

“Me preguntaron si quería ser astronauta y dije que sí. Me dijeron que me había ido mejor y que había completado el trabajo más rápido que cualquiera de los hombres. Así que llamé a la NASA cuatro veces y les dije: ‘Quiero ser astronauta’. Pero nadie me tomaba. Pensé que nunca podría ir al espacio”, dice Funk en un video que publicó Bezos previo al vuelo.

Hay una anécdota, casi transformada en leyenda, que revela lo convencida que estaba Wally de que iba a hacer cualquier cosa con tal de convertirse en astronauta. Y que cualidades no le faltaban. Con una malla enteriza, se sumergió en un tanque de aislamiento. Se decía que nadie podría soportar ahí dentro más de seis horas. Pasó el tiempo límite y Funk continuó flotando pacíficamente. Al final, la terminaron por sacar, pese a que la piloto aseguraba que podría haber seguido por más tiempo. Al permanecer en ese recinto con agua, encerrada sola durante 10 horas y 35 minutos, rompió un récord mundial. 

Esa proeza del Guinness formó parte de las pruebas que tuvo que atravesar cuando en 1961 se unió como voluntaria al programa Woman in Space, que pretendía ser el primero en entrenar a mujeres para convertirlas en astronautas. Este proyecto, creado con fondos privados, lo lideró William Randolph Lovelace, médico aeroespacial y presidente del Comité Especial Asesor sobre Ciencias de la Vida de la NASA. Fueron 13 las seleccionadas, la mayor tenía 41 años y ocho hijos, la más joven era Funk, de 21. Se las conoció como las Mercury 13.

Funk sobresalió en todos los exámenes (se calcula que fueron más de cien). La estadounidense se enfrentó a durísimas sesiones de fuerza y resistencia física y psicológica. Tuvo que tragar un metro de manguera de goma, beber medio litro de agua radiactiva e incluso soportar que le inyectaran agua helada en los oídos para inducir el vértigo y le clavaran 18 agujas en la cabeza con el objetivo de registrar sus ondas cerebrales. Jamás se quejó, quería ir al espacio a toda costa. 

Sin embargo, después de pasar con éxito las pruebas, el machismo de la NASA impidió que las Mercury 13 tuvieran la oportunidad de ir al espacio.

Convencida de su preparación, Wally nunca renunció a convertirse en astronauta. Desde el momento en que la NASA permitió que las mujeres subieran a vuelos espaciales, en 1978, lo volvió a intentar. Pero la volvieron a rechazar. Esta vez por no tener título en ingeniería.

En 1983, Wally vio cómo Sally Ride se convertía en la primera mujer estadounidense en viajar al espacio. Y en 1995, se sintió hornada cuando Eileen Collins, pionera en comandar una misión de transbordador, invitó a ella y otras seis miembros de las Mercury 13 al lanzamiento.

Funk tuvo que encontrar su propio camino. Si no podía ir al espacio, entonces seguiría cruzando los cielos del mundo. 

En las nubes

Desde bien chiquita, Wally tenía la mirada puesta en volar. Solía saltar del techo del granero de su casa familiar con una capa de Superman. Le encantaba construir modelos de aviones en miniatura. En 1960 se graduó de la Universidad Estatal de Oklahoma y poco después empezó a abrirse camino en un terreno dominado por hombres. 

“Nunca nada se puso en mi camino. Me decían: ‘Eres una mujer no puedes hacer eso’ y yo decía: ‘Adivina qué, no importa lo que eres. Puedes hacerlo si quieres hacerlo’. Y me gusta hacer cosas que nadie ha hecho antes”, declaró.

Fue la primera instructora de vuelo de una base militar estadounidense, también la primera inspectora de la Administración Federal de Aviación (FAA), la primera investigadora de seguridad aérea con la Junta Nacional de Seguridad en el Transporte y terminó condecorada con el Sello de Oro de la FAA.

Su trayectoria suma 19.600 horas de vuelo y más de 3.000 alumnos a quienes enseñó a volar. Y mientras piloteaba aviones, mantenía su voluntad de convertirse en astronauta. En 2016, con 77 años, pasó una semana de entrenamiento con cosmonautas en Rusia. Y como es experta en vuelos acrobáticos, la centrifugadora y los vuelos en gravedad reducida le resultaron pan comido.

Siempre supo que el momento de explorar el espacio le llegaría. A los 82, Funk tuvo la oportunidad de debutar como astronauta. Y lo hizo con todo el glamour. Arriba de un cohete creado por el hombre más rico del mundo para desarrollar el turismo espacial. 

«No pensé que alguna vez conseguiría ir allá arriba -aseguró- He esperado durante mucho tiempo este momento, entrenándome como astronauta por todo el mundo (Rusia y Estados Unidos) y siempre he superado a los chicos en lo que hacían porque siempre era más fuerte y lo hacía todo por mí misma”.

El viaje cumplió todos los requisitos que Wally había imaginado. Y más. La nave viajó a casi tres veces la velocidad del sonido, alcanzó los 106 kilómetros sobre la superficie terrestre. Los pasajeros experimentaron unos cuatro minutos de ingravidez y pudieron soltarse de sus cinturones de seguridad para flotar. Todo sin escafandras, porque la nave está presurizada como un avión convencional. Pudieron contemplar las vistas de la Tierra desde arriba y las estrellas más allá. 

Una vez que alcanzó el punto máximo, la cápsula empezó a caer en dirección al desierto de Texas. Aterrizó suavemente amortiguado por tres paracaídas y una almohada de aire proporcionada por una ráfaga de retropropulsor.

Wally asegura que fue lo mejor que le pasó en la vida, pero va por más. Apenas se abrió la escotilla del cohete asomó con sonrisa amplia, los brazos en cruz y todavía vestida con su traje azul se apuró a pedir un bis. “Quiero ir de nuevo, ¡y pronto!”.

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Ana Peré Vignau

Ana Peré Vignau es periodista freelance y colabora en distintos medios. Hizo una Maestría en Periodismo (Universidad de San Andrés-Clarín) y una Diplomatura en Marketing Digital (UTN). También fue editora de la revista Lonely Planet.

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