15 años de impunidad

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Este año se cumplen 15 años de la masacre del gobierno de Fernando de la Rúa en Plaza de Mayo. Como cada 20 de diciembre retorna a nuestras mentes la jornada de horror en que fuimos sumergidos por un gobierno vergonzante y deslegitimado. Desde cada rincón de Argentina fuimos cientos de miles quienes ganamos las calles unidos por un solo pensamiento: debíamos –justificada e imperiosamente- derrocar, ya no a algún patético generalote, sino a un insípido pusilánime que puso en vilo hasta la continuidad misma de la República.

La experiencia indica tomar recaudos en tales concentraciones, puesto que se ignora junto a quien marchamos pero en esa ocasión era distinto. Y lo era porque para muchos, lo único que faltaba perder era la vida. Una vida degradada por tanto injusto padecer.

La consigna era simple: bastaba la rebelión y avanzar, avanzar hacia la Plaza de las Madres, mudo escenario de mil batallas, portando cualquier elemento sonoro.

A la pulcritud ascética de los despachos entreguistas, habitados por los mismos eternos personajes, (muchos retornados) provocando con sus lapiceras más daño que el fusil, debíamos oponerle coraje y convicción.

Así fue que salió Gustavo Benedetto desde La Tablada, con sus exiguos 23 años, oteando las calles atiborradas desde sus espléndidos 190 centímetros de altura. Ese día, como siempre, rutinariamente, caminó hasta el súper donde trabajaba y se encontraba ya al borde del saqueo. Lejos estaba de imaginar que su perro, sus CDS, sus banderines y posters de Baroja no recibirían más a quien en vida fuera su señor. Horas más tarde, un hormiguero humano, famélico y desesperado, arrasó en santiamenes con mercadería e instalaciones. Desencajado, marchó hacia la Plaza y se topó con una bala justo frente a la cámara del canal que su madre y hermana habían sintonizado en el hogar.

Desde Lanús y como pudo, Carlos “Petete” Almirón, de análogos 23 años, vehemente militante de la Correpi, al compás de sus estudios de sociología ya había protagonizado duras batallas contra el hambre, la injusticia y la marginación, habitando uno de los tantos barrios donde se comparten penas frecuentes y pequeñas alegrías. No llegó. Una artera munición lanzada por un miope intelectual se llevó en soplos sus sueños y quimeras.

A Gastón Riva la brutalidad lo sorprendió cabalgando en su moto con el pensamiento puesto en finalizar sus 18 horas de trabajo diario para regresar a la calidez del hogar que había formado con María, enriquecido con tres chiquillos “en escalera”. No pudo ser. Un artero miserable, portando un arma confiada para otros fines, por ejemplo proteger a Gasti, quebró la delgada línea entre vida y muerte y le arrancó la primera para sumirlo en la segunda.

Muy cerca de Gastón, Diego Lamagna, de 26 años cayó aniquilado por un proyectil descerrajado por personal a cargo del comisario Ernesto Weber, hijo de otro comisario que, en épocas de la dictadura portaba el deleznable mote de “220” por su experiencia con la picana eléctrica. El oprimir ese gatillo significó, en décimas, arrebatar una joven vida, torcer el destino de su madre y hermana y acelerar el reencuentro con una tercera recientemente fallecida.

Diego Lamagna, de 26 años, cayó aniquilado por un proyectil descerrajado por personal a cargo del comisario Ernesto Weber, hijo de otro comisario que, en épocas de la dictadura portaba el deleznable mote de “220” por su experiencia con la picana eléctrica.

Desde la localidad de San Martín, junto a su compañera Marta Pinedo, Alberto Márquez, de 58 exultantes años, pasado y presente peronista, decidió ser activo partícipe de la gesta y salió hacia el Obelisco. No sería para Alberto una marcha más; promediando el atardecer, sentado en un banco, en un relámpago experimentó dos ardores, uno, en el pecho y otro en el cuello, los que al instante se tradujeron en rojas tildes indetenibles que esfumaron proyectos, la reconstrucción de su vida y la vida misma.

Próximos a Alberto, observando las espeluznantes escenas, se encontraban Martín Galli, Paula Simonetti y Héctor García, “El Toba”, héroe anónimo fallecido en 2014. Tanto Martín como El Toba ignoraban hasta ese momento sus existencias pero Dios los hizo converger en tiempo y espacio, ya que a riesgo de la suya, El Toba arrancó de las fauces de la muerte al joven barbado herido groseramente en la cabeza por un perdigón de plomo. En tanto Paula padecía lo suyo al recibir un disparo por la espalda que, por centímetros no atravesó su vena aorta, gravísima herida de la cual se recuperó.

El círculo no cerró

El lunes 23 de mayo de 2016, esto es quince años, cinco meses y veintitrés días después, el TOF número 6, integrado por su presidente, Dr. José Martínez Sobrino y los vocales Drs. Rodrigo Giménez Uriburu y Javier Anzoátegui (luego Adrián Martín) se expidieron sobre los principales acusados de la represión: el ex comisario Rubén Santos, jefe de la PFA y el Dr. Enrique Mathov, a la sazón Secretario de Seguridad. El Señor Celestial se apiadó del alma de Ramón Mestre, ex Ministro del Interior y los señores terrenales de la del Dr. F de la Rúa, insólitamente absuelto.

Separados por un grueso blíndex, fuimos ingresando a la sala de audiencia víctimas y victimarios. Los primeros rodeados por hoscos gendarmes y expuestos a la prensa en tanto los segundos, escoltados por colegas activos que, más que custodia parecían brindar fraternal protección; distendidos y presuntuosos, recibiendo palmadas, expresiones de aliento y hasta augurios de suerte expresado por un uniformado.

Resultó notorio escuchar qué extraños códigos manejan estos individuos, ya que para ellos ser condenado o no por homicidio es una cuestión de “suerte”. Otro evidente contraste se evidenció en las defensas de los acusados: abogados oficiales para unos y la Dra. Valeria Corbacho (probada defensora de represores) elegante, con llamativo y brilloso atavío, tacones altísimos, como quien concurre a una fiesta, para los demás.

La lectura monocorde de las sentencias a cargo del Dr. José Martínez Sobrino frustraron las expectativas de deudos y lesionados presentes, puesto que, tanto el atildado ex comisario Santos como el Dr. Mathov, de impecable atuendo y prolija barba, no pagarán en demasía por sus responsabilidades.

La lectura monocorde de las sentencias a cargo del Dr. José Martínez Sobrino frustraron las expectativas de deudos y lesionados. Tanto el atildado ex comisario Santos como el Dr. Mathov no pagarán por sus responsabilidades.

Leídas las condenas, y tras la lógica desazón y descontento, se estuvo en condiciones de extraer algunas conclusiones: Se resaltaba como un logro el haber “juzgado a un político”, pero si invirtiéramos la cuestión debiéramos preguntarnos por qué no, ya que nadie debe eludir a la justicia (aún esta tan venal y putrefacta devenida en Corporación Judicial, defensora de sus propios intereses). Ningún gobierno, ni aún el que la instala, puede sentirse a resguardo ya que, mientras los regímenes pasan la Corporación queda.

El juicio -por ahora- concluyó, y concluyó porque Sus Señorías, desde sus tronos nunca repusieron –ni lo harán- provisiones en las góndolas vacías del súper saqueado de Gustavo; no se empinarán en la cerril moto de Gastón trocando kilómetros por ventura para los suyos; salvo un hecho remoto y fortuito, sus pechos jamás bloquearán proyectiles; de seguro no estarán el día, hora y lugar en que sí –fatalmente- estaba Diego, ni gestionarán una póliza automotor como le era habitual hacerlo a Alberto.

Esas son tareas reservadas a gentes comunes como nuestros parientes inmolados que cometieron el delito de salir a manifestar contra un régimen falaz y entreguista.

Independientemente del dolor y la bronca por la imposición de estas exiguas condenas, los familiares debemos agradecer el haber dejado atrás un mundo sórdido de armas, uniformes, represión y muerte, mundo al que nos vimos compelidos muy a nuestro pesar.
En lo moral, Comodoro Py es el Palacio de la Impunidad, y el círculo, no cerró. No fue Justicia.

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