Algo nos está pasando y no pinta bien

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No pretendo en estas líneas ir al fondo de las causas de la violencia juvenil, pero no puedo evitar hacer un alto y reflexionar. Algo está pasando cuando se corren los límites y se naturaliza la violencia. Algo está pasando cuando alguien muere como consecuencia de una discusión trivial en un peaje, por reclamarle al vecino que baje la música o cuando once pibes se ensañan con uno hasta provocarle la muerte. Algo tal vez más perverso sucede cuando quien presencia tal escena, instintivamente desenfunda el celular, pero no para llamar al 911, sino para filmarlo todo. Algo nos está pasando y no pinta bien.

Sucedió otra vez. El alcohol como desinhibidor y catalizador de la violencia y la estupidez. En pocos días hemos visto como hordas de pibes de clase media acomodada se rompen la crisma a la salida de una discoteca en nuestras ciudades balnearias. Cualquier nimiedad es proclive a desatar una batalla campal: alguien rozó a alguien, alguien miró a alguien más de lo aceptable o a alguien no le gustó como lo miraron. La mirada como mechero de la violencia acumulada y reprimida. Y entonces, la explosión de puñetazos y patadas alocadas y al boleo, hasta que uno tiene la desdicha de caer al suelo. Es aquí cuando se desata la furia contra el que se cayó. Es en este momento en el que la manada aprovecha para reventar a patadas los órganos vitales o el cráneo de lo que en pocos instantes se convertirá en un bulto inerte. Los que no participan activamente de la orgía de violencia, la ejercen de otras maneras como espectadores y comentaristas, o bien sacando el celular y filmando para capturar el espectáculo y subirlo a las redes. Ninguno pide ayuda, ninguno atina a separar, mucho menos a asistir al caído, nadie se quiere perder un segundo de ese festival de atrocidades, en vivo y en directo.

Las peleas en la juventud han existido siempre. Alguno con más preparación que yo podría atribuirlo a ritos de iniciación, disputas de territorio entre grupos de pertenencia o maneras de intentar demostrar temple o carácter ante propios y extraños, a una edad en la cual estos atributos están aún en construcción. La diferencia notoria entre las peleas de cuando yo era joven y las de ahora, es el ensañamiento y el encono. Es el encarnizamiento que lleva a traspasar ciertos límites simbólicos, ciertos códigos universales vigentes hasta hace algún tiempo, como por ejemplo: no se le pega al que está en el piso. Esto era regla de oro. Yacer en el asfalto era ya bastante humillante y lesivo para el amor propio del caído, mientras que rematar a quien estaba indefenso no solo no estaba bien visto, sino que era considerado un acto de cobardía. Pues bien, algo sucedió en estos años en los que, al parecer, algunas fronteras se han corrido de lugar.

Este nivel de brutalidad sorprende aún para alguien que ha crecido prácticamente frente a una pantalla de televisión, ingiriendo cantidades industriales de violencia simbólica a través de las películas de Hollywood. Quiero decir, no existe una escena en la que John Wayne o Gary Cooper después de sentar de un derechazo a uno de los malos, fuera corriendo a reventarle el cráneo de una patada, o a triturarle la nariz con el tacón de la bota; muy por el contrario, lo que en la mayoría de los casos sucedía, era que si el malhechor no se levantaba, nuestro héroe miraba a su alrededor, se sacudía el polvo, se acomodaba el sombrero y se retiraba del lugar, dando por terminada la faena. Eso lo enaltecía. No hacía falta seguir con la violencia, lo que sea que había que demostrar o “acomodar” había sido acomodado.

En el mismo sentido, recuerdo las campañas de boxeo de los años setenta y ochenta, tiempos en los que el mundo se detenía al sonar la campana del Madison Square Garden de Nueva York o del Caesars Palace en Las Vegas. En lo personal yo lo vivía con emoción, pero respeto a quienes juzgaban estos eventos como el anti-deporte, por considerarlos una exhibición de violencia. Creo relevante traer este ejemplo, porque aún en estos casos, cuando un contrincante caía a la lona, el rival se retiraba a un rincón neutral y el derribado tenía incluso derecho a una cuenta por parte del árbitro, para recuperar el aliento y volver a ponerse en guardia y retornar al combate. Más aún, el boxeador que atinaba seguir aporreando al caído era inmediatamente descalificado, y habría de retirarse al vestuario abucheado por el público. Hoy veo con sorpresa que el boxeo clásico va perdiendo terreno a favor de otras modalidades de combate, las cuales se desarrollan en una “jaula”, y en las que a diferencia de aquél, está permitido arremeter a codazos y rodillazos a quien trastabilló y yace en la lona. El árbitro deja hacer y el público brama extasiado. Aquí lo que importa es la dominación total, la anulación y el sometimiento del otro.

Algo extraño está pasando (o mejor dicho nos está pasando), y no pinta bien. No pretendo en estas líneas ir al fondo de las causas de la violencia juvenil, algo que dejo en manos de especialistas, pero no puedo evitar hacer un alto y reflexionar. Algo está pasando cuando se corren los límites y se naturaliza la violencia. Algo está pasando cuando alguien muere como consecuencia de una discusión trivial en un peaje. Algo está pasando cuando alguien muere por reclamarle al vecino que baje la música. Algo está pasando cuando once pibes se ensañan con uno hasta provocarle la muerte. Algo tal vez más perverso sucede cuando quien presencia tal escena, instintivamente desenfunda el celular, pero no para llamar al 911, sino para filmarlo todo y enviárselo a sus amigos en busca de aprobación, cristalizada en “seguidores” y en “likes”. Algo está pasando también cuando no somos capaces de disfrutar ni de interactuar con los demás, sin estar bajo los efectos de algún estimulante.

Algo está pasando y no se nos puede pasar.

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