CABA

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Durante los últimos tiempos he debido concurrir a la CABA, riquísima, privilegiada, expulsiva y desigual metrópoli a la que durante los primeros diez años de mi vida aprendí a estimar por haber visto la luz en Floresta, uno de sus populares y bulliciosos barrios. Sin embargo, el transitar por sus estaciones de trenes, subtes, tomar un colectivo o meramente caminar por alguna de sus arterias, se ha convertido en los últimos tiempos en una actividad de lo más desapacible.

Por diversas circunstancias, durante los últimos tiempos he debido concurrir a la CABA, riquísima, privilegiada, expulsiva y desigual metrópoli a la que durante los primeros diez años de mi vida aprendí muy económicamente a estimar por haber visto la luz en Floresta, uno de sus populares y bulliciosos barrios.

Pero hete aquí que desde el momento en que millones de sus habitantes desataron la quinta peste amarilla que la misma soportara, al margen de las de 1852, 1858, 1870 y 1871, y desencadenaran la septicemia que luego se expandió al resto del país, el transitar por sus estaciones de trenes, subtes, tomar un colectivo o meramente caminar por alguna de sus arterias, me resulta particularmente desapacible.

Esta valoración no tiene nada que ver con hacer cargos personales hacia ese 55%,(o antiguamente el cincuenta y pico dispensado a Avelina Carrió) que por buena fe, por tradición, por intereses o simplemente porque así lo decidieron, se inclinaron nuevamente por aquellos que desde hace doce años rigen los destinos de esa inmensa unidad de negocios en que transformaron a quien supo ser “La Reina del Plata” para convertirla en “La Reina de la Plata” (con el martirizante Megaestadio Movistar Arena incluido).

Descartada mi llegada por alguna de sus espurias autopistas, puesto que me manejo desde el oeste con el ferrocarril Sarmiento, al arribar se me ensamblan una serie de impresiones personales dentro de las cuales, -ni mínimamente-, pretendo involucrar a quienes pudieran llegar estas líneas y se sintieran tocados por la pertenencia a los lugares que habitan.

Comenzando con un tránsito feroz y desordenado, conductores que respetan alguna señal sólo por el temor que las recaudatorias multas amarillas inspiran, motociclistas que avanzan y avanzan a como sea, zigzagueando, en contramano, por las veredas o por donde les resulte más cómodo, continuando con la horrible sensación de estar incluido en un “Gran Hermano” no buscado ni querido a raíz de la red de cientos de cámaras que –expresan- son para “seguridad” pero que yo olfateo como un palpable entremetimiento a la intimidad de las personas, al margen de su utilización ante insurrecciones populares, para concluir mencionando actitudes policiales patoteriles que llegan hasta el límite que esos hombres y mujeres disfrazados de Robocoop lo deseen, al considerarse ciertamente los dueños del territorio, razón por la cual solo anhelo culminar con mi diligencia y abandonarla.

Me resulta hostil con los desvalidos, me indigna la cantidad de personas en situación de calle, a las simbolizo en la abuela que dormita sobre harapos en Bartolomé Mitre y Pueyrredón, dentro de la estación Once, o un joven insano que pide algo delante de Havanna en Acoyte y Rivadavia, me compadezco de todos aquellos que nutren sus pobres vidas del cartoneo, a los cuales el pusilánime regente de la ciudad, cuyo tío abuelo -igual nombre y apellido-, avaló en 1930, en sólo seis horas, como Procurador General de la Nación, el derrocamiento de Hipólito Yrigoyen les disputa la recolección de dicho material, no concibo el enorme volumen de comida que desperdician restaurantes y pizzerías y que podrían tener un destino más solidario, me exaspera la circulación de grúas “Caza coches/Caza bobos” con permisos vencidos, me duelen los añosos edificios que la piqueta demuele en nombre del progreso, maldigo la mierda canina que piso por la desaprensión de los paseadores , no creo en las “playas secas”, bici sendas, falsos metro buses, me parece inmerecido el mamarracho en que han convertido a la avenida Corrientes, ni en nada que provenga de este régimen mercader y recaudatorio.

Sin ninguna duda – a esta altura de la nota se habrán percatado- mi animadversión y antipatía es total y absolutamente ideológica; reconozco algunas bondades y virtudes que la ciudad (me) ofrece, del trabajo honesto y esforzado que llevan adelante miles y miles de personas por día, tanto locales como “forasteros”, que consumen, gastan y aportan en y para ella y que no siempre son debidamente atendidos o recompensados, registro el hechizo que desarrolla sobre miles y miles de turistas y me gratifico, muy esporádicamente, con los espectáculos que brindan sus cines y teatros.

Tal vez llegue (o no) a pisar más habitualmente sus veredas relucientes tras veinte cambios (Cristina dixtit) en otros momentos políticos y en otras condiciones, tal vez vuelva a sentarme en las mesas de Guerrin o La Americana a saborear una porción de pizza o una empanada, tal vez me seduzca un “Tour de la Ciudad” experimentando ser un visitante foráneo, tal vez concurra nuevamente a la Bombonera, al haber emigrado la conducción nociva e intoxicante bajo la desfachatada tarea de ese Eterno Barón en las Sombras y brutal operador político y judicial apodado “el Tano” Angelici, y tal vez, visite en sus casas a mis queridos amigos Daniel y Miguel.

Mientras tanto, mientras esté en estas manos que todo lo corrompen, todo lo venden, todo lo prostituyen y todo lo traducen a divisas, solo continuare con mis trámites.-

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