Cóndor I – Cóndor II

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Hoy tenemos la oportunidad de analizar el conflicto y a los militares del Plan Cóndor y Malvinas, desde la perspectiva del Plan Cóndor II, en ciernes. La embriaguez de ese sentimiento de omnipotencia e impunidad, que el imperio sabe transmitir a sus representantes lejanos, está empujando también a los autores del Plan Cóndor II a tomar importantes riesgos en una sumatoria de conductas que parecen jurídicamente punibles. Les convendría recordar que la Argentina tiene aguerridos organismos de DDHH y los delitos de lesa humanidad no prescriben jamás.

Escribo estas líneas el 2 de abril. Qué decir de Malvinas que ya no hayamos dicho. Soy de la clase 62 y no estuve allí. Aun así, llevo las marcas de ese día en el cuerpo junto con tantas personas de mi generación y mi extracción cultural e ideológica. Todo suceso histórico es, per se, inmodificable (condición inherente al pasado). La perspectiva de observación de ese pasado, no obstante, es cambiante. Varía según el observador, la singularidad de cada momento histórico. Y hoy, tenemos la oportunidad de mirar a los militares del Plan Cóndor y Malvinas, desde la perspectiva del Plan Cóndor II, en ciernes.

Sorprenden los caracteres en común. Galtieri, se sentía intocable por el rol estratégico que la dictadura argentina desempeñaba en función de los intereses continentales de los EEUU. Torpemente, creía que por estar aliado (subsumido) a los norteamericanos, los ingleses no podrían responder y nos embarcó en la locura de emprender una agresión armada contra una potencia nuclear.

Rogelio García Lupo cuenta en “Malvinas – Diplomacia secreta y rendición incondicional” que los militares le dejaron saber a La Embajada que estaban planificando el desembarco y La Embajada, no emitió observación alguna. Galtieri interpretó aquel silencio como luz verde pero el silencio de La Embajada, no era ingenuo. Le dejaron creer que contaba con inmunidad para que cometiera el error de tomar las Malvinas. Y por supuesto, no era intocable. Los yanquis no lo blindaron entonces ni después.

Inglaterra nos batió en pocos meses pudiendo así fortalecer la posesión de Malvinas a partir del furcio estúpido de Galtieri que justificó, con una guerra absurda, el emplazamiento de la gigantesca base de la OTAN que permanece en las islas hasta el día de hoy, para satisfacción de los intereses estratégicos de los EEUU. Y a la hora de responder por sus crímenes contra la humanidad, Norteamérica, tampoco supo, pudo (ni quiso) tender ningún manto de olvido para Galtieri. Murió preso.

La embriaguez de ese sentimiento de omnipotencia e impunidad, que el imperio sabe transmitir a sus representantes lejanos, está empujando también a los autores del Plan Cóndor II a tomar importantes riesgos en una sumatoria de conductas que parecen jurídicamente punibles. De lesa humanidad incluso. Y es imaginable que no haya inmunidad para los ejecutores locales del Plan Cóndor II, como tampoco la hubo para los ejecutores del Cóndor I. Los delitos de lesa humanidad no prescriben, la Argentina tiene aguerridos organismos de DDHH y cuando hayan pasado uno, dos períodos de gobierno, el poder de Cambiemos se habrá evaporado. Y Patricia Bullrich y Pablo Noceti deberán responder ante la justicia por la desaparición seguida de muerte de Santiago Maldonado. Gerardo Morales por la prisión política de Milagro Sala. Y los demás actores responsables deberán explicar cómo es que tuvo lugar la proliferación de presos políticos de este período. Con prisiones dictadas en causas-mamarracho según el patrón de un plan estatal organizado.

Creo también que, en función de su supervivencia, de su destino como elite, hay una analogía entre el error estratégico de la corporación militar de entonces y el que comete la corporación judicial de hoy. Ambas tienen en común una cierta configuración endogámica, un carácter de gueto en el que sobreviven en forma anacrónica, en un siglo, caracteres culturales de otro. Después que la sociedad revisara su accionar durante la última dictadura, ya nada volvió a ser como antes para nuestro antiguo ejército, para nuestras fuerzas armadas. Licuaron su capital simbólico y nunca recuperaron la jerarquía que la sociedad argentina supo otorgarles en el pasado. Una sola generación, con su incompetencia sin límites, terminó con los privilegios de clase de toda una casta. 50 generales, en 6 años, despilfarraron la alcurnia de un siglo de aristocracia militar. Se jugaron a la marchanta los títulos, el lugar de influencia política y cultural que las fuerzas armadas ostentaban, y la holgura económica que la sociedad les rendía en pleitesía.

En el contexto análogo de erigirse como fuerza de choque de los EEUU, la actual corporación judicial parece estar emprendiendo el mismo camino sin retorno. La causa en trámite en la Ciudad de Dolores, atendida por el juez Ramos Padilla adonde se investiga el aparato ilegal de espionaje político, judicial y periodístico, la manipulación política de causas, la extorsión, chantaje para apropiarse de las empresas de los acusados, para manipular sus declaraciones como testigos y varios otros etcéteras, destapó la olla de aquello que todos intuíamos y está salpicando sus enchastres por doquier. Desnuda prácticas judiciales de siempre que hoy afloran, tras el error corporativo de haber transgredido todos los límites de lo tolerable.

En todo caso, el affaire D´Alessio que amenaza con convertirse en una mega causa, le ofrece al poder judicial la oportunidad de auto-depurarse. O más temprano que tarde, la sociedad argentina deberá poner orden sobre ese desaguisado emprendiendo una reforma que hace tiempo posterga. Y cuando lo haya hecho, es posible que ya nada vuelva a ser como antes para la “familia judicial”. Tendremos un poder judicial más eficiente, más moderno. Un juez, siempre goza de una importante jerarquía social. Pero Sus Señorías no van recuperar aquel glamour carcamán de gerontes célebres. La dolce far niente ni los autos de alta gama, la libertad para obrar a toda discrecionalidad ni la organización en dinastías controlando la sucesión hereditaria de los cargos. A los fines de preservar su status quo, más les hubiera valido, no llamar mucho la atención sobre ellos.

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