Crónica de la desaparición de Adriana Celihueta

Compartir

La noche del 15 de enero de 1987 Adriana Celihueta salió de su casa en Necochea y nunca más volvió. El intento de distintos medios de encuadrarlo en un primer momento como un supuesto crimen pasional, hoy se podría traducir en un claro ejemplo de violencia de género. Un supuesto crimen pasional hoy atinado y devenido en un supuesto femicidio, donde se cruzan nombres recurrentes de la policía y la «vieja» política.

El cuerpo del delito

-Cuando desaparece Adriana tenía 50 y hoy tengo 82 años.

Desempolva de su memoria Ivis «Mimi» Vaio, en el teléfono al sudeste de la Provincia de Buenos Aires y en una de las más recónditas localidades de la costa atlántica, Necochea, con una voz que tiembla y desgarra las tripas de quien escuche.

Carlos falleció hace dos años- responde Mimí.

Carlos Celihueta se disparó en la sien hace dos años, su salud deteriorada, y la convivencia diaria con la ausencia de su primer hija, le sacaron las ganas de seguir viviendo.

La noche del 15 de enero de 1987 Adriana Celihueta, hija de Carlos e Ivis, hermana de Silvia, salió de su casa por una duda sobre cómo se escribía el apellido de soltera de su suegra. Sus últimas palabras fueron: «Deja los platos mami, que los lavo cuando vuelvo», frase que repetiría la madre de Adriana frente a la cámara en una entrevista de Enrique Sdrech, en blanco y negro, con anteojos de sol redondos y un saco de terciopelo a rayas, ochentoso.

Adriana esa noche subió al Dodge Polara de su padre y partió de su casa en la calle 64, una casa típica de clase media, con una fachada de piedras grises y negras, diminutas, que brillan al sol y que está ubicada frente a los dos supermercados más grandes de la ciudad, inexistentes para la época. Una casa con cuatro ventanas de frente reflejan la calle, gris, sucia por el agua de los desagües y las ocres montañas de hojas. El viento desnuda ramas de los árboles, que se confunden con los cables de teléfono, en una de sus ventanas una bandera argentina sobre las cortinas, debajo de ella un continuo cantero, sin flores, con tierra seca. Desde ahí salió la Adriana.

Era una joven médica veterinaria de 29 años practicante en la veterinaria «La Chacra» de Reinaldo «Ricky» Costa, ubicada en Quequén, localidad vecina de la ciudad de Necochea.

Carlos esa misma madrugada se levantó de su cama atónito, miró hacía la entrada y vio la luz encendida, pensando que su hija la había olvidado prendida, fue hacia su cuarto, ella no estaba. Desde allí supo que algo le había pasado a su hija. En la Comisaría Primera de la ciudad el procedimiento de denuncia aún constaba de 48 horas desde la desaparición para establecer una búsqueda. La edad de Adriana hacía suponer al oficial en servicio que ya iba a regresar. 31 años y no regresó. Más tarde el padre, recurrente usuario de armas y habitúe del Tiro Federal, no encontraría un arma calibre 22 de su propiedad.

El limbo judicial

Para el año 1987 Necochea no contaba con una sede del Poder Judicial Federal, por lo tanto todas las causas eran remitidas hacia Mar del Plata, 130 kilómetros. Cinco jueces intervinieron en la causa Celihueta: Primero fue el Dr. Pedro Cornelio Hooft, uno de los jueces que aparece en la lista de operadores judiciales de la CONADEP, que trabajaban en conjunto con las Fuerzas Armadas a lo largo de la última dictadura militar argentina, quien se excusó con el argumento de no saber si la joven había desaparecido el 15 o el 16 de enero, día en que empezaban sus vacaciones. Lo siguió Jorge García Collins, hoy destituido por corrupción y vinculaciones con las redes de prostitución, y con Margarita Di Tullio, “Pepita” la pistolera. Continuó Armando Martinelli, juez al que la familia casi forzó a investigar una presunta falsificación de pericias sobre el Dodge Polara, pericia que nunca se hizo: el mismo Carlos retiró el vehículo del lugar que fue encontrado, y días más tarde tuvo que devolverlo al mismo lugar para realizar las pericias correspondientes, que definieron que no existían rastros de huellas digitales en el vehículo, ni siquiera las de Carlos, quien retiró y repuso el vehículo en el lugar en días distintos.

La causa llegó a la Cámara de Apelaciones, producto de la falsificación de la pericia, siguió en las manos de Reinaldo Fortunato, hombre que aparece investigado en una nómina de funcionarios, secretarios y fiscales judiciales por su accionar en los meses de julio, septiembre y noviembre de 1977. Para 1999 un nuevo organigrama judicial hizo que el caso llegará al Juzgado de Transición del Dr. Alberto Peralta, último en proceder hasta el presente de la causa que figura como archivada.

No callen al mensajero

Oscar Gollnitz está sentado en su auto, mira uno de sus dos celulares, esperando en la esquina de la calle 79 y 26, plena zona residencial de la playa de Necochea. Dice que vive en Sierra de la Ventana y su actividad política lo trae a la ciudad seguido. Tiene pelo largo y canoso, sostenido por una colita, de piel enrojecida del frío y una voz aguda pero áspera.

Lleva un buzo de lana, que simula ser artesanal, una alianza en su dedo resplandece cada vez que el sol se escapa de las nubes que cubren la ciudad. Oscar es periodista, fue redactor del Ecos Diarios desde 1983, único diario en papel de la ciudad, a cargo de la sección de policiales hasta que las presiones del caso y la de un diario tradicional apareado con el sistema político local vaticinó su renuncia.

Exactamente 22 años después de la desaparición de Adriana Celihueta él mismo terminó de imprimir el libro titulado, Adriana, una causa que nunca muere, que retomó el recorrido del periodista en la investigación, testimonios y recurrentes pruebas que circulaban en torno al hecho.

-Desapareció Adriana y…empezó el padre a hacer ruido, porque la policía no le daba bola, le dijeron que tenía que esperar 48 horas para hacer la denuncia. Yo me enteré al instante, porque esa chica era de mi promoción, yo iba al magisterio y ella al nacional, la conocía de verla. A partir de ahí quedé enganchado, buscando información.

Oscar maneja su Fiat Idea, nuevo, negro y percudido por la tierra. Reconstruye el recorrido que habría hecho Ricky Costa, el único sospechoso de la desaparición de la hija mayor de los Celihueta.

Según los testimonios de Bombino, un personaje local con capacidades diferentes, retomado por Oscar en su libro, quien declaró en la causa como uno de los contratados por Costa para desenterrar y mover con una rústica logística el cadáver.

El asfalto repentinamente pasa a ser tierra pálida confundida con la arena. El viento escupe sobre los pinos del parque Miguel Lillo y golpea los médanos levantando arena sobre el parabrisas.

-Originalmente esto era una sola calle, seguía y bajaba, había como una «olla» acá, donde apareció el auto. Oscar señala una parte del camino. Para su auto en medio de la calle y mira, dibuja en el aire con su dedo, exactamente los puntos donde apareció el coche, cómo estaba dispuesto, cómo había empezado todo. Un sedán verde oscuro hoy está guardado en la vieja tornería de Carlos, cubierto de polvo, detenido.

Empieza a lloviznar en la continuación de la avenida 2 en la villa balnearia de Necochea, el periodista señala exactamente los lugares donde se realizaron los rastrillajes, y el lugar determinado donde se encontró el Dodge Polara, con las puertas abiertas de para en par, de cara al mar, con todos sus papeles esparcidos en la playa, con el arma de Carlos en su interior. Una breve colina de arena, con rejas de un balneario exclusivo para conductores de 4×4 a la izquierda y una empachada vista de árboles, pinos y cipreses, separa un mar gigante, bramando y escupiendo espuma helada en la orilla.

Oscar señala la altura donde un taxista declaró haber reconocido a Costa manejando una camioneta blanca por la avenida en dirección contraria al «Lago de los cisnes»– un tradicional espacio recreativo donde hasta hace algunos pocos años nadaban cisnes, y hoy solo quedan algunos botes despintados-. Después de declarar fue asesinado de un disparo en el pecho en la localidad de Quequén.

Quequén es una localidad con poco más de 10.000 habitantes anexada por la última dictadura militar argentina al Partido de Necochea. Se trata de una localidad con perspectiva más industrial, con grandes galpones, camiones que van y vienen de la avenida principal, grandes estructuras de gris metal. Mientras el auto cruza la avenida que muestra una escultura faraónica con esqueletos de tanques, artillería, cañones y minas marinas en el césped de una plazoleta, Oscar mira fijo, retoma anécdotas, y se detiene en su pensamiento de las hipótesis sobre qué podría haberle sucedido a Adriana.

Política, desapariciones y excavaciones

La familia de Adriana, confirmó desde un primer momento el affaire que sostuvo su hija con Ricky Costa, su jefe. «Bueno, vos tarde o temprano vas a terminar acostándote conmigo. Yo a mi mujer la quiero mucho, pero cuando le quiero hacer algo se lo hago»; dijo Silvia, la hermana, en una declaración televisiva sobre los comentario que Adriana le contaba en secreto sobre Costa.

Costa para el año 1987 cumplía funciones como delegado municipal en Quequén, bajo la tutela del intendente justicialista, José Domingo “Coco” Taraborelli, primer intendente de la democracia. Además de su labor como veterinario y dueño de la veterinaria “La Chacra”, Costa era el candidato a concejal que encabezaba la lista para la elecciones municipales de 1987. No fue hasta que una radio de Montevideo, deslizó el nombre de Reynaldo Costa como el principal sospechoso que la opinión pública local se hizo eco de lo sostenido.

-Fue terrible, Necochea era todo…viste, lo que pasa es que “Coco”, la verdad era un dirigente de lujo, un conductor y no sólo un conductor del Partido Justicialista, era un dirigente de toda la ciudad, y de la Provincia de Buenos Aires- relata Maria Collado, desde el living de su casa.

Maria trabajó dentro de la Secretaría Privada de la municipalidad de Necochea entre 1983 y 1988, es militante justicialista local, y algunos la definen como el “Encarta” peronista de la ciudad. Su voz está afiebrada, y pide disculpas de tener que atender con una tos que parece gratinada. Con una polera rayada de pijama, que hace juego con su joggin y unas pantuflas melenudas, abre la puerta y una reja negra. Arrastra sus pies en un sonido lijado hasta la mesa del living, y desde la entrada se puede ver el cuadro del abrazo de Perón y Evita, sobre una bandera argentina, las paredes verdes y un tender junto a un calefactor, portaretratos que miran a un ventanal que da a un pasillo en el que sale y entra gente. Hay platos en las paredes con pinturas, y arriba del televisor que en silencio muestra a Oscar Ruggeri , hay un pañuelo verde.

-Costa era un chico que estaba en Quequén, de un perfil bajo, pero igual a Coco le preocupaba que había desaparecido una chica joven, de 29 años, y lo sentía mucho por los padres, pero lo bajó rapidísimo – contesta “Mary” al describir cómo se sintió el caso Celihueta en la ciudad, y cómo desde un primer momento, según ella, el intendente habría decidido bajar a “Ricky” de la lista de concejales.

“Yo lo conocí porque lo puso Taraborelli, yo militar con él, nunca”, agrega. La ex-secretaria duda sobre la posible autoría de un posible crimen por parte del veterinario.

-Yo pienso por ahí, otra cosa, pero Costa matar, no creo, porque yo lo conocí e iba con su mujer, me acuerdo, venía con sus chiquitos, y tampoco decía la gente de Quequén. Yo tenía amigos, como Esteban Charles, que decían… pero ahora que conozco lo del anillo, no sé, ¿y por qué se paró la causa?

En los años ´90, bajo la tutela del juez Fortunato, se realizaron excavaciones dentro del predio de la veterinaria en la que trabajaba Adriana. En un principio, Costa había declarado una cantidad determinada de pozos ciegos que existían en el patio trasero de la veterinaria, el cuerpo de investigadores encontró un pozo más, en el se hallaron algunos huesos que un médico llegó a describir como restos animales y un anillo de bronce, que Mimi reconoció como un anillo de Adriana. Dijo que su hija lo había comprado en las ferias artesanales de la playa un verano, porque hacía juego con una pulsera de bronce. Hoy los atesora. El anillo mismo fue parte de un conjunto de pruebas enviadas a analizar a La Plata y que desaparecieron en las oficinas judiciales. Años más tarde lograron recuperar sólo el anillo. Oscar aclara que Mimi ni loca lo hubiera devuelto, es lo único que le queda para recordarla.

La veterinaria ubicada en la Avenida Lobería al 900 hoy es una rotisería, que irónicamente, se llama “La Chacra”. La pintura es la misma de los recortes audiovisuales de la época de los rastrillajes. Ubicada en un pequeño barranco, con un verde pálido, los yuyos enredados entre la reja negra que deja mirar el patio. La calle casi vacía y el silbido del viento contra el puente colgante, una parodia al Golden Gate; algunos fierros oxidados se acuestan entre el pasto largo. Las cortinas están abiertas, un mostrador de almacén con empanadas, tartas, bandejas de plástico con comida, cajas de pizza apiladas contra la pared. Nadie contesta, son muy serias las horas de la siesta.

-Me acuerdo un día a la mañana, que él traía a los chicos al colegio y ocho menos diez, apareció y me dijo: “Como me tiene esto, me tiene muy preocupado lo de esta chica”, y enseguida lo hizo desaparecer (de la lista) a este chico, enseguida-destaca Mary mientras describe que el intendente solamente ponía a gente de su confianza, retomando el relato de un funcionario que dispuso y más tarde lo despidió por estar relacionado con la última dictadura militar.

Antígona, sepultada y viva

El remis con sus asientos recubiertos de un plástico transparente sale desde la playa hasta el centro cívico de Necochea. Son esos días de invierno en donde el sol golpea los ojos. Desde la radio, un sonido familiar: “Vámonos, salgamos de esta habitación, escondámoslo, en algún lugar seguro, así está bien, ni la CIA, ni la KGB, ni el FBI, no esta vez, no podrán encontrar, el cuerpo del delito”, como un soundtrack de los ochenta, Soda Stereo, suena en las radios locales.

“Estoy llegando, disculpame”, dice un mensaje de texto de Guadalupe Oyola, miembro y militante de la ONG Antígona. Un casa blanca, parada sobre un nivel de metro y medio de tierra como jardín delantero, y con dos pinos tambaleándose en la entrada de baldosas rojas. Son las oficinas de Antígona. Hay una mesa redonda rodeada de computadoras e impresoras que se van encendiendo a medida que Guadalupe prende las luces de la casa, las paredes cubiertas con viejos paneles de madera oscura y un aparador de mimbre con archivos ordenados alfabéticamente. La ONG cuenta con un cuerpo psicológico, su principal función es atender y prevenir sobre violencia de género y machista.

“Es un caso de violencia de género, enmarcado en la responsabilidad del Estado. No hubiera sido posible sin la complicidad del aparato judicial, policial y político”, dice Guadalupe.

Con una postura protocolar. Entró y no se quitó ni su campera, sus rulos en su cabellera se remarcan aún más con la luz encendida, tanto como sus anteojos perfectamente cuadrados sorprenden sus ojos, dice que si bien nunca apareció el cuerpo, todo el recorrido que tuvieron que hacer los padres luego de 31 años, muestra lo que fue, desde las burlas de los policías sobre la edad de Adriana, las pericias que no se hicieron en el auto, una muestra de la realidad de encubrir lo que había pasado.

“Por los testimonios que se dieron en ese momento, evidentemente había una relación, una desigualdad de poder entre él y ella. Nadie sabe bien lo que pasó, pero sí era indicado como uno de los sospechosos”, describe.

Para Guadalupe el intento de distintos medios locales y nacionales en encuadrarlo en un primer momento como un supuesto crimen pasional, la relación de Adriana con el ex-candidato a concejal hoy se podría traducir en un claro ejemplo de violencia de género. Uno de los móviles que se establecieron en ese momento fue el de un supuesto crimen pasional hoy atinado y devenido en un supuesto femicidio. Cómo en todo misterio recaen versiones míticas, desde un ajuste de cuentas hasta una asociación ilícita relacionada a las carreras de caballos y el dopaje ilegal con alto riesgo de equinos de alto valor comercial, que competían en Estados Unidos, allí se cruzan nombres recurrentes de la política y el viejo peronismo bonaerense.

“Creo que lo que ha cambiado en los últimos 30 años, es la visibilización de este tipo de violencias y el enmarcar las muertes de mujeres en lo que son femicidios, el caso de Adriana se puede relacionar con otros tipos desapariciones de mujeres por redes con fines de explotación sexual”, específica Oyola.

Por eso, compara la resignificación del caso de Adriana, hoy en la ciudad: “Nosotros siempre estamos en contacto con la mamá de Adriana, lo que cuenta es que cada vez que se reunía con un político nuevo, una nueva gestión de gobierno, como a nivel municipal o nacional, ella les creía que iban a investigar, a hacer todo lo posible. Y al poco tiempo empezaban a retroceder, a notar resistencia a recibirla, como que rápidamente cuando tomaban conocimiento de las características del caso, algo había que hacía que no se siguiera investigando”, relata Guadalupe.

Cuenta las anécdotas de Mimi y cómo lo que se resalta desde la organización una de las patas más resistentes de un Estado con reticencias machistas, como lo es el aparato judicial. Incluso es anecdótico pensar que el subcomisario Ricardo Trinches, encargado de toda la jurisdicción de la playa de la ciudad en 1987 aparece como uno de los principales cuestionados en el accionar policial durante el caso Natalia Melmann, ya que él mismo era comisario mayor y jefe de la DDI de seguridad de Mar del Plata, único responsable de la fuga del “Gallo” Fernandez, entregador de la adolescente.

El entierro

Tres enanos de cerámica de jardín, un barco encallado y recuperado, un hostel conocido de las costas de la playa de Quequén, en la antesala de la playa una cordillera de acantilados amputados por el mar que empuja, toma carrera, y vuelve a empujar. El viento grita.

-Por este sector se supone que la enterraron, vos pasas acá, y no te ve ni el loro. Si vos te pones acá detrás de estos montículos, de noche, y si pasas para allá menos.

Oscar, desde su auto señala con sus manos, dando vueltas en su asiento, en el sector de “Bahía de los Vientos” en Quequén, lugar donde Bombino había señalado que habrían llevado junto a Costa el cadáver de Adriana. Había marcado un territorio que se identifica por el barco encallado, la casa de los enanos, y que había visto una luz que pasaba por arriba de su cabeza, esa luz, el faro del puerto. Un recorrido en línea de más de 2km, en el que no hay puntos exactos, no hay testigos, ni arrepentidos. A lo largo, donde llegue la vista, ya que el mar sigue regurgitando restos de tierra y agua sobre la vista, una seguidilla de casas que algunos definen como mediterráneas pero que parecen salidas de algún desierto de la Guerra de las Galaxias.

“Adriana fue a una cita, quizás no se encontró con una sola persona, a mi me costó mucho entender todo esto, para fatalidad también creo que pudo haber sido un accidente, lo malo es lo que hicieron después, porque ojalá hubieran dejado el cuerpo”, dice Mimi otra vez en el archivo del periodista porteño. Lo único que queda para ver cómo era Adriana Celihueta, una foto en blanco y negro mirando al horizonte, con sus ojos como vitrales y su pelo congelado en el movimiento del viento. Los deseos de Mimi llegan siempre en boca de otros, el no tener un lugar donde dejarle una flor a su hija.

Comentarios

Comentarios

Mi Voz

Los artículos de nuestros lectores. Porque Nuestras Voces no es un medio, es una comunidad. Para escribir tu artículo ingresá al menú Mi Voz, opción Escribí tu nota.

Apoyan Nuestras Voces

NuestrasVoces.com.ar - 26/01/2022 - Todos los derechos reservados
Contacto