Defender la alegría del carnaval

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Las fiestas de carnaval fueron, a lo largo de la historia, cambiando de protagonistas, escenarios y enfrentaron más de una vez diversas prohibiciones. Sin embargo, los sectores populares defendieron siempre su importancia en las calles. Hoy más que nunca es necesario ocupar las plazas, los parques, las avenidas para que los sonidos despierten al pueblo y aturdan a los poderosos. 

El carnaval es la fiesta popular con mayor trascendencia a lo largo de la historia de la humanidad. En sus inicios, eran rituales paganos en tributo a los dioses de Egipto y de la antigua Roma, y desde allí se expandió a toda Europa. Posteriormente, se vació de contenido y se volvió exclusivo de las clases altas, que lo celebraban con majestuosos banquetes e incorporaron las máscaras como símbolo del permiso para “ser otro”, pero se redujo al ámbito privado. Sin embargo, los sectores populares defendieron la continuidad del ánimo festivo en las calles.

Durante la Edad Media fue adoptado por los pueblos cristianos. Según la Iglesia, adopta su nombre a partir del término del latín “carne-levare”, que significa quitar la carne y refiere al ayuno durante el tiempo de cuaresma. De la mano de español invasor, el carnaval a la usanza europea, llegó al Río de la Plata. Aquí también el pueblo ocupó las calles con sus bailes, lo cual no fue bien visto por las clases acomodadas de Buenos Aires, que lo consideraban una “costumbre bárbara”. Y como toda forma de cultura popular que remite a inclusión comenzó una larga historia de interrupciones, casi siempre debido al accionar gubernamental. Ya en España, durante el reinado de los Reyes Católicos, había sufrido la primera prohibición de parte de Carlos I, siendo restaurado de la mano de Felipe IV.

Como toda forma de cultura popular que remite a inclusión comenzó una larga historia de interrupciones, casi siempre debido al accionar gubernamental.

Aquí no correría mejor suerte. En 1770, el por entonces gobernador Juan José Vértiz, establecía pena con azotes a quienes tocaran el tambor u osaran bailar en espacios públicos, extendiendo la veda a todo tipo de manifestación callejera. Años más tarde, el mismo Vértiz devenido en virrey inauguraba La Ranchería, que terminó siendo destinada a los festejos de Carnaval, convirtiéndolo en negocio rentable para pocos. Pero el pueblo seguía desafiando al poder y jugaba en las calles con agua, huevos y harina.

En 1811, movido más por cuestiones higiénicas que libertarias, el Cabildo proclamó que la música de los regimientos se esparciera en los parajes públicos para que el pueblo bailara en vez de recurrir a la costumbre de los “juegos sucios”. En tiempos rosistas, los días festivos eran esperados con gran entusiasmo por parte de la población y con intenso resquemor en la esfera oligárquica. En 1844 volvieron a ser censurados mediante un decreto y se reanudaron recién dos años después de la caída de Rosas. En 1863 se abría el primer registro de comparsas y en 1869 se realizó el primer Corso oficial de Buenos Aires. Ya por 1870 dejaban de ser simples manifestaciones artísticas, para incluir críticas con connotaciones políticas. En los comienzos del siglo XX, cada barrio tenía su murga. La llegada del Peronismo dio un gran impulso a las fiestas de carnaval y cada plaza, esquina o potrero se convirtió en punto de encuentro.

La llegada del Peronismo dio un gran impulso a las fiestas de carnaval y cada plaza, esquina o potrero se convirtió en punto de encuentro.

En 1976, bajo el gobierno de facto de Jorge Rafael Videla, un decreto eliminaba los feriados del calendario sin explicación alguna, mientras que La Ley de Seguridad Nacional y el Estado de Sitio habilitaban a las Fuerzas a reprimir y repeler toda manifestación callejera. Unas pocas murgas se las ingeniaron para sobrevivir, volviéndose “silenciosas” y generando refugios en clubes o reductos, a salvo de la persecución.

Más de treinta años son los que tuvieron que permanecer en las sombras hasta que en 2010, de la mano de Cristina Fernández de Kirchner, se restituían los Carnavales como parte de la recuperación de la identidad, la memoria y la alegría que representan.

Ojalá este año exploten como nunca. Ojalá no haya plaza, esquina o potrero en que no se baile. Ojalá nos sirvan para salvarnos un rato del espanto. Ojalá las murgas suenen hasta despertar al pueblo y aturdir a los poderosos. Ojalá se conviertan en nuestro grito. Ojalá sepan, así, que las calles siguen siendo nuestras. Por y a pesar de ellos.

“Defender la alegría como una trinchera defenderla del escándalo y la rutina, de la miseria y los miserables, de las ausencias transitorias y las definitivas”, dijo Mario Benedetti.

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