(Des) Obediencias: Diálectica de Libertad, Igualdad y Fraternidad

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Vivimos una crisis de legitimidad del orden moral y de todas las prácticas y formas institucionales fundadas sobre dicho orden que la pandemia solo ha acabado de desnudar. Eso no significa que los nombres como «libertad», «igualdad», «solidaridad», «cuidado», «armonía» y «sostenibilidad» hayan perdido relevancia sino que todos estos términos están en disputa, y hoy buscan una re-significación. 

Introducción

No podemos hablar de la desobediencia sin hablar de la obediencia. No solo porque lo que distingue a los dos términos es un prefijo de negación en uno de ellos que hace evidente su intrínseca relación, sino porque, por eso mismo, ni la obediencia, ni la desobediencia son nociones absolutas. Obedecer significa, negativamente, desobedecer otras demandas que reclaman autoridad sobre nosotros. De la misma manera, que desobedecer implica rendir nuestra obediencia a otras banderas o principios que pugnan o reclaman igual o superior autoridad sobre nosotros.

Ahora bien, para explicar mi perspectiva sobre este asunto, debo comenzar contextualizándola. De otro modo, mi reflexión será necesariamente superficial. ¿Qué quiero decir con esto? Que, de lo contrario, mi propia reflexión no será otra cosa que una rendición obediente (aunque inarticulada) a ciertas autoridades epistemológicas y normativas que hemos fetichizado, naturalizado.

Lo que quiero decir es que este «desvío» es obligatorio. Si no lo hacemos, no hay mucho que agregar excepto volver sobre los típicos lugares comunes que escuchamos diariamente sobre el tema, que al fin y al cabo se reducen a tratar la cuestión en términos «cuantitativos» o «moralistas»: «A igual derecho – diría Marx – la fuerza (el poder) prevalece». En este marco, desobediencia es la acción del agente que no tiene el poder. Lo cual nos deja desnudos ante la denuncia nietzscheana. El problema gira en torno a la voluntad de poder. El desobediente es aquel que, circunstancialmente, for the time being, no empuña el cetro del poder. En breve, el asunto se reduce a la cantidad de tanques o votos que respaldan a la voluntad del agente.

Por ese motivo, para evitar la perspectiva superficial, me permito articular algunos temas preliminares que considero indispensables para fijar mi posición.

Sobre la comunidad futura

Lo primero es explicitar mi motivación de fondo. Quiero ser claro, incluso si lo que digo a continuación pueda sonar banal. Como vivimos en una época en la que, cuando no pecamos de moralismo y fatalismo (indignación y pesimismo), nos inclinamos de manera recurrente a un esteticismo vacío y autocentrado, debemos ser precavidos. Por ello, comencemos preguntándonos: ¿a qué viene esta discusión sobre la obediencia y la desobediencia en estos momentos? Si acepto el desafío de pensar sobre esta cuestión es porque creo que tiene una estrecha relación con tres interrogantes que ocupan recurrentemente mi preocupación.

Igualdad

¿Cómo avanzar hacia una comunidad planetaria que garantice las condiciones materiales, intelectuales y espirituales para la realización de los individuos humanos y no humanos que la conforman?

Es decir: ¿Qué perspectivas, actitudes y acciones que cultivamos en el presente pueden conducir, en el futuro, a ese tipo de comunidad y, por tanto, debemos esforzarnos en promoverlas e implementarlas? ¿Qué perspectivas, actitudes y acciones nos alejan o ponen en entredicho la viabilidad de una comunidad de este tipo, y por ello, debemos evitarlas?

A la hora de pensar una comunidad futura inspirada en el principio de igual dignidad para todas y todos, un elemento clave que hemos de tener en cuenta es la finitud. En primer lugar, la finitud del propio orden social (incluso si lográramos realizar una sociedad de ese tipo en algún momento de la historia, nada nos garantiza que las generaciones siguientes no se rebelarán contra dicho orden y lo trastocarán enteramente convirtiéndolo en un orden de desigualdad e injusticia). En segundo lugar, la finitud de cada uno de sus miembros, su vulnerabilidad y contingencia intrínseca. La finitud pone en evidencia el carácter transitorio de toda experiencia colectiva y, por tanto, su irreductibilidad a la historia como totalidad, y la irreductibilidad de los individuos al todo social.

Libertad

La finitud, en ambos casos, nos invita entonces a reflexionar sobre el principio de la libertad. Pero, ¿qué es la libertad? Negativamente, se reduce a no ser coaccionado a hacer lo que uno no desea, o ser impedido a hacer lo que uno desea. Sin embargo, el deseo no ocurre en el vacío, sino que forma parte de una red de pulsiones: otros deseos, aversiones, anhelos, expectativas, temores, etc. El deseo y la aversión, se manifiestan en un horizonte u orden de sentido en el cual pugnan por su autoridad diferentes objetos de deseo y aversión no siempre visibles para el agente.

Por ese motivo, si no queremos que nuestra visión de la libertad sea superficial, debemos introducir su dimensión positiva: no se trata de hacer lo que uno quiere, sino de hacer lo que uno «verdaderamente» quiere. La finitud exige el ejercicio de la libertad.

Ahora bien, ¿qué puede querer decir «verdaderamente» en la frase anterior? Aquí lo verdadero está relacionado con lo auténtico, con lo genuino, en contraposición a lo inauténtico y falsificado.

Esto conlleva reconocer una escisión en el agente, quien debe descubrir qué es lo que verdaderamente quiere, más allá de la pulsión inmediata que se manifiesta en la dimensión de la libertad negativa, y decidir como responde a ese deseo privilegiado por la verdad. Lo cual, a su vez, exige que el agente decida qué hacer con los deseos sacrificados, como responder a la frustración que ese sacrificio supone, etc. Todo esto pone en evidencia el carácter contradictorio del propio estatuto del sujeto, y con ello, la ambigüedad de la obediencia y la desobediencia misma, como veremos.

Más allá de la libertad y la igualdad

La tensión entre igualdad y libertad es inherente a nuestra condición humana. Somos animales lingüísticos, y por ello, animales sociales, políticos. Sin embargo, en nuestras sociedades contemporáneas, la tensión entre igualdad y libertad parece haberse tornado irresoluble. Una libertad absoluta solo sería concebible para un ser absoluto cuya voluntad no tuviera que enfrentarse a exterioridad o alteridad alguna, lo cual, entre otras cosas, convierte en incomprensible la noción misma de voluntad para la cual la exterioridad y la alteridad es constitutiva. Sin un otro que nos enfrente, ni alternativas entre las que elegir, la noción de voluntad se vuelve vacua.

De igual modo, una igualdad absoluta resulta incomprensible, porque solo en la diferencia pueden establecerse criterios de analogía o identidad. Por lo tanto, solo los seres lingüísticos, finitos y vulnerables, como nosotros, debemos negociar «libertad» e «igualdad», porque la libertad y la igualdad nos definen como seres lingüísticos, finitos y vulnerables.

Fraternidad

Ahora bien, las sociedades contemporáneas oscilan pendularmente entre modelos de relaciones sociales que priorizan alternativamente uno de estos principios en detrimento del otro.

En este contexto, mi punto es el siguiente: el carácter aparentemente irreconciliable de estos principios, más allá de la retórica complaciente que imponen las democracias liberales, que establecen como antídoto una abstracta «igualdad de derechos» que la economía de mercado convierte en simulacro, es el fruto de la ontología subyacente, en su mayor parte tácita, que informa el orden moral de nuestras sociedades contemporáneas.

Esta ontología, incluso en su versión más rudimentaria, como imaginario social, nos conduce a una auto-comprensión de nosotros mismos como entidades absolutas, autosuficientes, independientes. Lo cual da lugar a una demanda moral de autonomía que, o bien fetichiza la libertad negativa, convirtiendo sus imperativos en absolutos – lo cual conduce a una frustración e insatisfacción lacerante que solo puede ocultarse detrás de prácticas sociales marcadas por la aceleración y alienación que acaban banalizando a la libertad misma; o a una exaltación de la libertad positiva que conduce a diversas formas de autoritarismo, xenofobia, racismo o chauvinismo, a través de las cuales se intenta cancelar la exterioridad o la diferencia que amenaza la libertad.

A esta encrucijada entre la libertad y la igualdad respondo con mi interpretación del principio «fraternidad», cuya importancia no se encuentra en la imposición de una exigencia normativa de caridad o solidaridad compensatoria que suavice el hiper-individualismo, la atomización social, la desigualdad y la violencia ejercida contra los de abajo a través de mecanismos jurídico-administrativos de inspiración progresista comprometidos con asistencialismo, o el mero reconocimiento de las diferencias.

Aquí la fraternidad, cuando la asumimos en su significación profunda, cumple el rol último de refutación de la distorsión a la que nos conduce la libertad absolutista, con su exigencia de autonomía radical. Y lo hace promoviendo un concepto de interdependencia a partir del cual, la suerte de uno es, en última instancia, la suerte de todos.

A las puertas de una crisis de legitimidad

Sin embargo, permítanme justificar esta primera caracterización del problema echando un vistazo a la aparente crisis de legitimidad que viven las sociedades modernas capitalistas actuales.

Lo primero que hay que aclarar es que esa crisis de legitimidad precede la crisis sanitaria producida por la pandemia y la crisis socioeconómica aparentemente derivada de ella.

Se trata, en realidad, de una crisis de legitimidad del orden moral y de todas las prácticas y formas institucionales fundadas sobre dicho orden que la pandemia solo ha acabado de desnudar. Eso no significa que los nombres como «libertad», «igualdad», «solidaridad», «cuidado», «armonía» y «sostenibilidad» hayan perdido relevancia. Lo que significa es que todos estos términos son «nombres en disputa», que hoy buscan una re-significación. Es decir, que los agentes sociales continúan evocándolos para expresar sus ideales, valores y principios, pero se los utiliza de una manera diferente a la instituida en tiempos «normales», convirtiéndolos, en ocasiones, en portadores de un sentido «explosivo» y altamente «inestable» en su significación.

Ahora bien, (1) la creciente y endémica violencia que afecta las mentes, los cuerpos y el tejido social; (2) la miseria lacerante que ahonda la desigualdad y la experiencia de injusticia; y (3) el deterioro medioambiental que amenaza incluso con una extinción de la especie; son los signos de una profunda crisis, cuyas fuentes deben rastrearse en el orden moral de la modernidad capitalista, y en los imaginarios a los que ha dado lugar. En ese contexto quisiera analizar la cuestión de la obediencia y la desobediencia para la cual se me ha convocado.

Para ello dividiré mi análisis en tres partes: (1) comenzaré hablando del orden de representación en la dimensión epistemológica y ontológica; (2) Continuaré traduciendo dicho fundamento en el orden ético-político; y (3) concluiré haciendo referencia a la dimensión del sentido, donde encuentran su justificación, tanto el orden moral vigente, como una alternativa transmoderna y transcapitalista.

En este contexto, toda forma de desobediencia que se articule sobre el trasfondo de sentido que legitima el orden epistémico y ético-político actual, es una desobediencia superficial, y por ello mismo, solo puede aspirar a una resolución cuantitativa, basada en la voluntad de poder (tanques o votos, como decía más arriba).

Representación epistemológica

Comencemos con la primera cuestión. En el orden del conocimiento, la modernidad se caracteriza por haber impuesto una escisión aparentemente irremediable entre el sujeto y el objeto, entre la mente y el mundo. Dicha escisión facilitó la multiplicación y pluralización del orden de la representación. Cuanto más distante e inconquistable es la realidad (cuanto más relativa se vuelve la verdad en relación con lo real), mayor es la tendencia a quedar prisioneros en la «jaula de representaciones».

«Una figura nos mantuvo cautivos», decía Wittgenstein en sus Investigaciones filosóficas. Esa figura nos ha convencido de que no tenemos acceso a lo real, sino tan solo a las mediaciones manufacturadas que se nos ofrece de ellas.

La apoteosis de la epistemología moderna la encontramos en el mundo tecnológico que habitamos, un mundo que fabrica para nosotros una realidad alternativa que nos disculpa de lidiar con el mundo en el cual nuestro cuerpo, nuestra mente y nuestro entorno existen de manera carnavalesca, sudorosa y embriagadora.

En este contexto, el capital impone en el mercado, caracterizado por la competencia desenfadada de representaciones en las que los individuos invierten su libertad, su panteón politeísta. Obedientes a dicho orden, nuestras banales desobediencias no afectan el fundamento del orden de relaciones sociales. Nuestra experiencia alienada se convierte en alimento del capital.

Representación política

Existe una muy estrecha relación entre epistemología, filosofía de la mente, teorías del sujeto, por un lado, y la filosofía política. En Sócrates, Platón y Aristóteles, esa vinculación es explicita, en los pensadores modernos, como Hobbes, Locke o Hegel, también resulta patente, hasta el punto que, en ocasiones, para entender un fragmento epistemológico, debemos recurrir a la filosofía política, y viceversa.

De igual manera, existe una vinculación entre las teorías del conocimiento y la filosofía política contemporánea. Von Mises, Popper o Hayek son ejemplares prominentes de esta vinculación, también Foucault, Habermas o Taylor. El feminismo y el ecologismo son, además de filosofías políticas, epistemologías profundas. En Marx encontramos explicitada esta relación.

En este marco, el fetiche es el individuo y sus derechos inalienables, su representación abstracta en el marco westfaliano o cosmopolita. Mientras nos movamos en ese marco, el llamado «derecho a decidir», junto a la noción misma de «desobediencia» se convierten en un fetiche que, como decíamos más arriba, solo encuentra justificaciones moralistas o cuantitativas para defenderse.

Sin una crítica real al orden de la representación política, sin la deconstrucción de la fetichización del individuo y la totalidad jurisdiccional donde define su identidad, la desobediencia se convierte en un fenómeno compensatorio que obstaculiza el verdadero cambio.

Más allá de la modernidad y del capitalismo

«Capitalismo» y «democracia» (en su versión liberal) son los nombres que los «desobedientes al uso» articulan con esmero en estos días, pese a la vocación de transformación radical que dicen representar, los «progresistas neoliberales», como los llama Nancy Fraser, se afanan por convencernos que todo puede ser justo, aunque el esquema de relaciones sociales y el constructo jurídico e institucional siga siendo el mismo.

Obedientes al orden vigente de las representaciones, las «desobediencias» acaban convirtiéndose en otra seña de identidad sin mayores consecuencias, atrapada en la jaula de hierro que impide el contacto directo con la realidad que nos interpela.

En este marco, la «verdadera» desobediencia es negarle a la representación epistemológica y política la última palabra. Y eso significa devolver a lo real el rol de «tribunal supremo» de la realidad.

Pero, ¿qué es lo real? Lo real es «el otro» que, al interpelarnos con la injusticia a la que se ve sometido, pone en jaque la totalidad del orden vigente que habitamos.

Lo real es «lo otro», la naturaleza sangrante, en la cual saciamos nuestros deseos.

Los rostros de lo real son innumerables. En todos los casos, esos rostros acusan a la «democracia realmente existente», la democracia subsumida a las prerrogativas del capital, de las mayores atrocidades, ocultas bajo su descarada decencia.

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