El escondido

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La admiración al extranjero poderoso es proporcional al odio hacia el indígena empobrecido. Y no existe mejor lugar para comprobarlo, que la Patagonia, donde su inmensidad ha sido repartida entre los invasores foráneos, bendecidos por la oligarquía nativa. Con la justicia avasallada,  cooptados funcionarios de gobiernos locales, Joe Lewis tiene, además, la frutilla del postre de la indignidad: se ha robado un lago.

Nunca existen límites para el poder. No los consideran posibles. Se piensan eternos dueños de todo y de todos. Hacen y deshacen a su antojo y conveniencias, trasponiendo cualquier extremo, aún el que parezca imposible. Y lo hacen porque los valores éticos son, para ellos, una rémora del pasado de intentos populares por contener tanto desprecio hacia la condición humana de los otros. No es que no comprendan el sentido de sus maléficos actos; gozan al hacerlos realidad, disfrutan con los resultados mortales de tantas desvergüenzas e inmoralidades consumadas, además, con la repugnante colaboración de cómplices extraídos de las filas de los propios sometidos.

Por estos tiempos de vientos oligárquicos soplando como huracanes, arrancando de cuajo los brotes de felicidad que se habían logrado germinar, se dan lujos desfachatados, aprisionan la realidad en las pantallas del periodismo sicario, matan la verdad a fuerza de carpetas y sentencias, decretan porvenires de deudas impagables, pero pagadas; diseminan rencores y desprecios que profundizan la proverbial idiosincracia xenofóbica del ciudadano argentino.

La admiración al extranjero poderoso es proporcional al odio hacia el indígena empobrecido por la injusta violación de sus derechos ancestrales. Y no existe mejor lugar para comprobarlo, que la Patagonia, donde su inmensidad ha sido repartida entre los invasores foráneos, bendecidos por la oligarquía nativa, siempre proclive a inclinar sus testas ante la “rubia albión” y sus delegados imperiales.

Por esos lares se ha establecido un personaje proveniente de aquel desvencijado ex-imperio, de riquezas inmensas sospechadas, todas, provenientes de la especulación financiera y el lavado de dinero, acusaciones que, por supuesto, jamás podrán ser probadas, dada su vinculación estrecha con el saltimbanqui que oficia por estos días de presidente de lo que fuera, hasta no hace mucho, una Nación soberana.

Con la justicia avasallada hasta el punto de apartar jueces que le molesten, cooptados los funcionarios de los gobiernos locales que le abren el camino a emprendimientos inmobiliarios utilizando territorios prohibidos para eso, tiene, ademas, la frutilla del postre de la indignidad: se ha robado un lago.

Lewis, tal su sencillo apellido, ha logrado lo que ningún mago, ni el propio Copperfield: ha hecho desaparecer un inmenso lago del territorio transitable de nuestra República. Sabedor de su poderío e influencias, impide el tránsito hacia ese espejo de agua natural, secuestrado tras las montañas de las cuales también se apoderó. Refugiado en su fortaleza armada, repele con su ejército privado a quienes se atrevan a ejercer el derecho de acceder a cuaquier rincón de un territorio legalmente protegido como parque nacional.

Con la “justicia” de su lado, con la gendarmería protegiendo sus intereses, con los gobiernos otorgando supremacías ante el resto de la sociedad a este magnicida territorial, transitamos, paradójicamente, por la cornisa de este noveno círculo del Dante, a punto de sumergirnos en un final que no debió suceder nunca, si la conciencia hubiera prevalecido, si la razón no hubiese sido aplastada por la antipatria mediatizada y los traidores se habrían descubierto a tiempo.
Ocultar, disimular, tapar, encubrir, encerrar, silenciar, callar, son los verbos preferidos de estos escondedores de riquezas mal habidas, vulgares carteristas de los pueblos, vendedores de humos de inversiones malolientes. Es hora de acabar con esta raza de cobardes asesinos de territorios y habitantes, de aguas y subsuelos, de sueños y certezas. Es tiempo de correr de nuestras tierras a tantos ladrones de esperanzas, haciendo que el Escondido se transforme en el símbolo del final de esta historia malversada, para convertirse en refugio protector de la Patria recuperada.

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