El hoyo, el futuro que está acá

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En este presente con apariencia distópica a partir de la propagación del Covid-19 y sus consecuencias sanitarias, psíquicas y económicas, surge la pregunta alrededor de qué es lo que pasará con el capitalismo. Un capitalismo que en su forma más salvaje, el neoliberalismo, hace explícita la lucha de los más vulnerables para sobrevivir, y como sucede en el film, con el anhelo de estar unos peldaños más arriba sin importar lo que antes vivieron en “pisos” más abajo.

La película española El hoyo (2019) de Galder Gaztelu-Urrutia, muestra en una sola locación la manera en que la sociedad capitalista se desarrolla dinámicamente. El argumento es simple pero no menos ineficaz. En una especie de prisión las celdas se superponen una arriba de la otra. Todas las celdas están atravesadas por un hoyo desde el cual baja una plataforma con una mesa servida de diferentes platos. Sin embargo, el banquete está repleto en la celda uno, quienes habitan la celda número dos reciben lo que no consumieron los de arriba y así sucesivamente la mesa va descendiendo ofreciendo un menú cada vez más pequeño, más asqueroso y en ocasiones vacío de acuerdo desciende al nivel que se aleja del inicio del banquete. Así, Se observa abundancia y egoísmo en los niveles altos, y hambre, violencia y desesperación en los más bajos.

La película funciona con actuaciones sólidas, con personajes bien delineados que esconden una reflexión en su existencia. Lo que plantea el giro de acción es la búsqueda de terminar con esta dinámica.

Ahora bien, en este presente con apariencia distópica a partir de la propagación del Covid-19 y sus consecuencias sanitarias, psíquicas y económicas, surge la pregunta alrededor de qué es lo que pasará con el capitalismo. Un capitalismo que en su forma más salvaje, el neoliberalismo, hace explícita la lucha de los más vulnerables para sobrevivir, y como sucede en el film, con el anhelo de estar unos peldaños más arriba sin importar lo que antes vivieron en “pisos” más abajo.

Alejado de mis deseos, me animo a confirmar que el capitalismo no va desaparecer, aunque sí es la posibilidad que pueda resignificarse. Así como Marx sabía que la revolución burguesa lo que había hecho era establecer nuevas formas de dominación que no eliminaban la explotación, debemos reconocer que todos/as estamos hablados por el capitalismo, y que cambiar un lenguaje es difícil, aunque a partir de nuevas prácticas de uso es más que factible que se puedan agregar nuevas palabras que a partir de su circulación den lugar a nuevos significantes.

En América Latina en general y en Argentina en particular, el itinerario simbólico para la construcción del imaginario social depende de los modos de apropiación y uso de los símbolos, los cuales se refieren a un sentido, no a un objeto sensible. Desde ahí, quienes hablan de populismo desde una derecha conservadora se apropian de construcciones como “justicia”, “honestidad”, “institucionalidad”; mientras que la izquierda (podríamos decir “tradicional”) critica a gobiernos populares señalando las injusticias de un sistema, de un lenguaje al que sólo ataca desde redes sociales. Así, al examinar las tensiones entre las fuerzas sociales, estamos penetrando en el campo de las batallas ideológicas por la conquista de la hegemonía cultural. El concepto de hegemonía, según el filósofo italiano Antonio Gramsci, caracteriza el liderazgo ideológico y cultural de una clase sobre las otras. Es allí donde “fácilmente” la sociedad se permite determinar quiénes son los “buenos” y quiénes son los “malos”.

Es así que los medios vehiculan equivalentes simbólicos de una formación social ya constituida y poseedora de significado relativamente autónomo. Crean un campo específico de representación de las prácticas sociales, intervenido en la realidad con el propósito de interpretarla. La diseminación de contenidos amplía o silencia manifestaciones del real histórico, conforme las directivas del sistema de enunciación, cuya pretensión última es validarse como intérprete del sentido común y traductor de aspiraciones sociales.

Por eso, como en el film mencionado, la cuestión central es apuntar a la admisión de El hoyo (léase al estado) para que busque y encuentre nuevas palabras, nuevos diálogos con una estructura que es perversa, para que, en un futuro no muy lejano los privilegios no sean el lenguaje común. Esto requiere no solamente voluntad, sino prácticas concretas de expresión, de reconocimiento y de manera de pensarnos sin aferrarse al número de celda que se nos fue asignado.

Como se dijo, la patria es el otro, y esto no implica otro identificatorio, sino otro multiforme que ocupa un lugar específico de abecedario capitalista, otro que justamente no es igual ni tiene los mismos intereses, pero con el cual hay que dialogar, con quien hay que inventar nuevas palabras.

De ser así, que fluya el lenguaje, y que ese manera de hablar esté atravesada por el amor, que siempre, más tarde o más temprano, va a derrotar al odio.

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