El mal ¿es estúpido y banal?

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Hablar de corazón implica tenerlo ardiente, encendido por la integridad y la confianza, incluyendo las certezas que ha recogido el pueblo fiel, a través de su experiencia histórica. Nuestra identidad se simboliza en ese abrazo fraterno que nos une en la calle, esa manifestación que anhelamos repetir en cada encuentro callejero y multitudinario. Es en el abrazo donde se siente el palpitar del otro, construido recíprocamente por voluntades abonadas con tantas tristezas y ausencias, pero también con infaltables y resonantes alegrías. Nos aguarda un largo camino, incomprensible para muchos, que transitaremos con esperanza emocionada, sabiendo claramente que al final del trayecto nos espera el definitivo encuentro con la patria amada.

Foto: MA.F.I.A

En “La travesía del abismo”, Ricardo Forster ha transcripto de E. López Castellón lo siguiente: “ese mal que capta Baudelaire no es el mal estúpido y banal, sino el más refinado, exquisito, satánico, el que exige creatividad y “amor” al artificio, el mal que halla su máximo deleite en el terror y en la crueldad, como forma de dominio supremo sobre el otro […]”.

Charles Baudelaire impregnó sus obras de una permanente visión sobre el mal; tienen para la Argentina de hoy una frescura coyuntural que no han perdido luego de 160 años.

Sabe el lector de la dedicación al mal que practican determinados factores de poder, entre ellos los mediáticos. Ha sido claro «el silencio» de ciertas estructuras institucionales de los partidos políticos en acontecimientos recientes. Hay que comprender la infranqueable valla que limita la formulación de cualquier opinión sensata de sus dirigentes atento a su pasmosa miseria de pensamiento, salvo honrosas excepciones.

Por otra parte el pueblo eligió a un presidente de la Nación cuyo balbuceo y su escasa o nula formación lo convierte, sin que ni siquiera llegue él a darse cuenta, en sirviente de la energía operativa externa que actúa, a modo de “perpetuum mobile”, sobre el panorama político argentino. ¿Cómo podrían plantearse otras libertades si tiene conculcada -por propia voluntad- su misma independencia?

Nadie puede negar “la ferocidad que se oculta en medio de esta civilización” dijo Baudelaire, ferocidad que es signo distintivo de un contraproyecto vacío de valores que como imperativo categórico se nos quiere imponer en este momento crucial de la historia, donde ya “el mundo no nos es ni ancho ni ajeno”, nos hubiera reconvenido Ciro Alegría. A la impuesta «rebelión de los códigos vacíos» no se la percibe más allá; el camuflaje de esta barbarie permanece escondida y se agranda detrás de aparentes fachadas legales, que ofrecen los lisos medios masivos de comunicación social.

Dentro del proyecto nacional y popular sabemos bien que el diálogo –y no el silencio- representa mucho más que una comunicación humana. Los adherentes al diálogo lo practican en todos los campos y bajo diversas formas. Valen como ejemplo la seriedad y el compromiso asumido por tantas agrupaciones juveniles. El diálogo –y no el silencio- se realiza por la manifiesta voluntad de mujeres y hombres deseosos de comunicarse por medio de la palabra. Es un bien que reside en la interioridad de las personas, que mutuamente se dan en el diálogo, «se apalabran». No significa esto obligada igualdad de opiniones, pero sí, en cambio, lleva implícito sin distinciones el amor por la verdad.

Hablar de corazón implica tenerlo ardiente, encendido por la integridad y la confianza, incluyendo las certezas que ha recogido el pueblo fiel, a través de su experiencia histórica. Nuestra identidad se simboliza en ese abrazo fraterno que nos une en la calle, esa manifestación que anhelamos repetir en cada encuentro callejero y multitudinario. Es en el abrazo donde se siente el palpitar del otro, construido recíprocamente por voluntades abonadas con tantas tristezas y ausencias, pero también con infaltables y resonantes alegrías. Nos aguarda un largo camino, incomprensible para muchos, que transitaremos con esperanza emocionada, sabiendo claramente que al final del trayecto nos espera el definitivo encuentro con la patria amada.

Por ahora, solo por ahora, nos encontramos el 24 de marzo en la Plaza. ¡Ahí nos uniremos, corazón a corazón!

Publicado en www.revistalabarraca.com.ar

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