¿Estigmatización o demonización?

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En la actualidad podemos evidenciar situaciones o factores de estigmatización o más bien de “demonización” de personas, situaciones o acciones. En este caso, profundizaremos sobre este nuevo interrogante que hoy surge al margen de situaciones sociales, económicas y políticas. Si bien las mismas, siempre se encuentran a lo largo de la historia; en distintos ámbitos. Se reflexiona e investiga sobre su materialización en la realidad actual. Comúnmente no desconocemos que al hablar de estigmatización; generalmente se asocia a etiquetas o marcas personales de distinta índole. En la mayoría de los casos suele ocurrir en relación a la situación socio-económica, cultural a grandes rasgos. En menor medida por condición física, personal o de aspecto en general.

¿Qué factores o indicios determinan una condición, aspecto o situación aceptable dentro del imaginario social?

Al hablar de la condición cultural; la estigmatización radica en hábitos, patrones y orígenes de cada persona. En ese caso, puede evidenciarse acciones de etiquetas o situaciones de discriminación que abarcan la xenofobia o por orígenes específicos. Podemos citar ejemplos tales como; orígenes propios de la cultura de cada individuo como en el caso de extranjeros, indígenas, sectores sociales.

A decir de Rodolfo Kusch: “El pensamiento desde una perspectiva Geocultural cuestiona filosóficamente la posibilidad de un saber absoluto, pues sostiene que aún este saber que se postula como absoluto esta condicionado por la cultura de su tiempo. Cuál es la incidencia del suelo del pensamiento, se cuestiona el autor.” Respecto a la condición socio-económica; la estigmatización se observa en el caso de orígenes propios o poder adquisitivo. Los “negros”, “cabecitas” , entre otros términos o apodos que suelen ser adjudicados a algunas personas indistintamente del sexo y la edad; responden a patrones socio-culturales que poco tienen que ver con el ideario de igualdad o equidad dentro de una sociedad.

Tomando como referencia a Roberto Grimson y centrándonos en nuestro territorio: “¿Significa esto que la igualdad en el plano cultural fue asumida por la población y excluyó las operaciones racistas? No, significa que las operaciones racistas en Argentina “no admiten fáciles equivalencias con construcciones de negritud propias de otros contextos” (Briones.1998:23). Es el caso de “los cabecitas negras”. Cuando en los años treinta, con el inicio de la industrialización sustitutiva de importaciones, se inicia un gran proceso de migración desde las zonas rurales a las urbanas y desde las provincias hacia Buenos Aires, surge esta fórmula estigmatizante con la cual las clases altas y medias de las ciudades aluden a la masa inmigratoria. Como señalamos, lo “negro” no se asocia en Argentina a cierto rasgo fenotípico referido a África, sino que (a la vez que se afirma que “es un país de negros” en ese sentido) también se tiende a considerar en el lenguaje ordinario a los “pobres” como “negros” o cabecitas negras”.

Cacería judicial o pantalla de humo

Si bien desde diferentes esferas se trabaja y realizan acciones para revertir y atender estas situaciones presentes en el ideario social; se encuentran aun latentes la discriminación por condición social y económica. La pauperización, falta de trabajo, la imposibilidad de acceder a la satisfacción de las necesidades básicas, suelen ser determinantes a la hora de posicionarse o ser vistos frente al entorno circundante.

«(..)La realidad es una construcción externa del sujeto ya que depende del contexto en el que este nació y formó, en este contexto se da la primera etapa de socialización con el otro, donde se construye el núcleo fuerte de la subjetividad del sujeto al futuro. Estudiantes secundarios que viven en una zona urbana, construyen su realidad en base a la educación que les transmite y sus vivencias diarias(..).»

En menor medida, pero en diferentes ámbitos suelen ocurrir la estigmatización por condición física, personal o en apariencia. El limitar o no facilitar el acceso a algunos ámbitos u oportunidades; puede que sea moneda corriente en estos casos. Por “portación de rostro”, condiciones físicas, vestimenta u otros indicios de características personales suelen ser limitantes a la hora de integrarse o incluirse en algunos ámbitos.

Estas situaciones se encuentran presente en diferentes esferas tanto; institucional, formal e informal. Así mismo es dable destacar, que son reconocidas las acciones tanto desde el Estado como de otros ámbitos que trabajan sobre la temática e incorporan prácticas a los fines de evitar o revertir situaciones de discriminación por diferentes motivos. Tales acciones desde políticas públicas, instancias de formación, trabajos mancomunados entre diferentes actores de la sociedad.

Ahora bien, tras argumentar sobre la estigmatización; ¿Qué podemos decir respecto a la demonización?

Si mal no interpreto, cuando hablamos de demonización; hacemos referencia a la acción desmedida de generar odio o rechazo hacia personas, pensamientos, políticas y posicionamientos. Este tipo de odio, rechazo o desavenencia suele producirse a través de instalación de patrones sociales y culturales, ya sea desde algunos ámbitos específicos o más bien desde los mismos medios de comunicación. Estos últimos son una gran herramienta dentro de la sociedad; tanto para estar informados, comunicados o generar este tipo de situaciones. Mayormente desde los grupos de poder en detrimento de otros sectores.

Tras breve argumentación voy a retomar tal palabra y su significación como un término muy presente en el periodo que vivimos actualmente. A lo largo de la historia se han producido hechos de “demonización” de parte de unos hacia otros. Circunstancias de enfrentamientos, disidencias y confrontación que llevan a la estigmatización a grandes rasgos desde personas, grupos y sistemas de mayor poder hacia otros en desventaja.

Remontándonos hacia la historia; podemos hacer referencia a la demonización de ciertos sistemas políticos y económicos como el representado por Cuba. El mismo demonizado desde el poder determinante de Estados Unidos. Varios factores influyen en tal caso. Diferencias políticas, económicas y culturales; sumando cuasi enfrentamientos de los cuales ambos fueron parte como la Guerra Fría.

Ahora retomando lo que nos atañe, aquello más presente y cotidiano; podemos hablar de la demonización de personas y algunos sectores por origen social, económico y principalmente, ideológico; algo muy latente hoy.

Teniendo en cuenta algunas salvedades; se encuentran presentes la idea de limitar oportunidades y creer la posibilidad de que algunas personas solo están para determinadas cosas o más bien, para cumplir un determinado rol dentro de la comunidad. Se desvanece la posibilidad de superación o de promover grandes acciones por el solo hecho de pertenecer a un determinado estrato social o por no contar con el poder adquisitivo suficiente.

En cuanto a lo ideológico; existen algunas situaciones que marcan la diferencia de pensamientos y provocan la demonización de algunos sectores por un determinado posicionamiento político.

En la actualidad, de acuerdo a la nueva situación política y económica vivenciada; las acciones y políticas llevadas a cabo, influyen en demasía sobre el status quo actual. Tales determinaciones y lineamientos de acción que se toman a gran escala; no son medidas en cuanto a su impacto en lo social. A través de ciertas políticas y acciones de determinados medios de información; genera este tipo de situaciones hacia personas y sectores de la sociedad.

La “demonización” hacia algunos grupos políticos y de posicionamiento ideológico que, por no contar con el poder del Estado, llevan al enfrentamiento mismo dentro de un territorio, en este caso el nuestro. Respecto a algunos indicios, rasgos o patrones en relación; se produce una desestimación o desvalorización generalizada, provocando la segmentación social o más bien; profundizando la llamada “grieta social”.  

Tales hechos se evidencian en casos donde aquellos que se encuentran estigmatizados por dicha razón, deben sobrellevar este tipo de accionar. Ocurriendo en diferentes ámbitos; sociales, políticos, institucionales o laborales. De manera directa o indirecta; desde la palabra y con el cuerpo.

¿Cómo sobrevivir o apaciguar estas situaciones de “demonización”’?

Es aquí donde confluyen lo ético, objetivo y subjetivo. Se analizan también la coherencia entre la palabra y la acción y, por sobre todo el estado de situación o estructura que envuelve este tipo de circunstancias.

En cuanto a lo ético; no desconocemos que las acciones diarias y a largo plazo, se encuentran signadas por el valor humano, respeto por la dignidad de la persona y lo que debería ser “políticamente correcto”. En variadas ocasiones, estos valores se desdibujan a la hora de relacionarnos en diferentes ámbitos. Desde ya, es dable destacar que tales acciones se encuentran condicionadas por el ámbito en el cual se llevan a cabo en el complejo entramado social.

En la mayoría de los casos, se realizan acciones en cuanto a lo políticamente correcto. En este caso, interviene el rol de actitudes o acciones que pueden rozar el margen de la hipocresía. Con ello me refiero a que, se pueden encontrar presentes el rol de lo humano y respeto por el otro, más allá de las diferencias y condiciones sociales, políticas, culturales. Pero no se desconoce a tales acciones, como solo un mero acto de actuar de acuerdo a ciertos patrones socialmente reconocidos y, no como algo que surge espontáneamente de cada persona o ser humano.

Al hablar de lo “objetivo y subjetivo”; abordamos dichos términos desde una perspectiva relacionada a las relaciones humanas que conforman el entramado social y, sus redes de comunicación. Si bien lo objetivo y lo subjetivo generalmente se utilizan para evaluar, calificar y estudiar algunas variables y factores en momentos de investigación de casos, situaciones, entre otros. Los mismos, influyen constantemente en las relaciones interpersonales. De acuerdo al ámbito en el cual se desarrollan las mismas, juega siempre un papel importante la objetividad.

Con el objeto de evaluar o calificar determinadas situaciones cotidianas o más bien de la práctica colectiva, se apunta a cierta objetividad. Pero, no podemos dejar de evidenciar que en tales casos siempre confluye lo que “debe ser”, con lo que “debería ser” en relación a nuestras apreciaciones personales. En este caso, la subjetividad determina aspectos y características de personas y situaciones que creemos serian las correctas. Al intervenir la subjetividad; nuestras acciones y lenguaje, responden a parámetros más bien propios y no a un análisis o visión más plural.

Podemos decir que en toda sociedad existe ese “otro”, y es necesaria la existencia de un “otro” para generar la identidad de un “yo” particular. La identidad nace, y principalmente se reproduce, frente un “otro” diferente. Ese sujeto externo a mí, que se rige con autonomía, altera y modifica la subjetividad. Donde hay otro, hay un mío, la otredad se entiende como el conjunto de seres humanos o elementos de la cultura que no pertenecen a lo mío. Un “otro” proporciona al sujeto un punto de apoyo para la construcción de sus propios discursos. El “otro” es esa instancia por la cual se establece una anterioridad fundadora desde donde es posible tanto un orden temporal, como una exterioridad.

La otredad será un sentimiento que habite al hombre tarde o temprano y es precisamente porque siempre se llegará inexorablemente al momento en que registremos nuestra individualidad. Existen otros que no somos nosotros: “La otredad es ante todo percepción simultanea de que somos otros sin dejar de ser lo que somos y que, sin cesar de estar en donde estamos, nuestro verdadero ser esta en otra parte. Somos otra parte…”

En este sentido, hago referencia a que si bien en determinadas circunstancias y acciones a corto plazo intervienen parámetros de objetividad en cuanto a factores y variables que tienen que ver con indicadores de investigación científica y profundización de temas y problemáticas abordadas. En tal caso, la subjetividad tiene que ver más bien con nuestras acciones cotidianas, objetivos, proyecciones que en fin, son movidas e instadas por el pensamiento, emociones y, patrones culturalmente heredados. En este caso, tanto a nivel individual y socio-colectivo; la cultura hace lo propio en cuanto a generar nuevas percepciones o perspectivas.

A decir de Rodolfo Kusch: “…todo espacio geográfico está siempre habitado por el pensamiento de un grupo, pero éste a su vez está condicionado por el lugar en el que habita. Así, Geografía y cultura conforman entonces una unidad geocultural...”

No desconocemos que existen patrones culturales que van reproduciéndose de generación en generación, indistintamente del lugar o espacio circundante. Depende de las sociedades y de las personas, reinventar hábitos, acciones, pensamientos y nuevas perspectivas. Aquí intervienen factores de índole histórica y perspectivas de momento actual que aportan a generar nuevas visiones respecto a lo vivido de manera habitual y lineamientos de acción hacia el futuro.

En síntesis, son diferentes los patrones que influyen al reconstruirnos, individualmente o en conjunto. Resignificando la “otredad”, nos reconocemos como un yo individual y, sin desconocer que existe un “otro” externo.

Es aquí donde debemos repensarnos como sociedad; indistintamente de las acciones, rasgos, orígenes, pensamientos y hábitos culturales. Transformando actitudes, acciones culturales y sociales que eviten radicar o decaer en situaciones de discriminación, demonización o estigmatización. Las cuales, indistintamente del ámbito a suceder, exceden los límites del respeto hacia la individualidad vista desde el conjunto, la eticidad profesional o simplemente como seres humanos. Aquellas acciones que pueden rozar el valor de lo humano y, principalmente la “dignidad humana”.

*Prof. en Ciencia Política

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