Evita siempre

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Cada vez que llega el 26 de julio, los corazones populares sienten el llamado inexorable del recuerdo inevitable de quien, desde ese día de 1952, se convirtió en Pueblo para siempre. Cuando su último aliento salió de su cuerpo exánime, su trascendencia derramó sobre los hombros de sus “queridos descamisados” la responsabilidad de hacer realidad su sueño de felicidades eternamente postergadas. Su voluntad infinita se dividió en millones, pero no logró multiplicar sus fuerzas lo suficiente como para evitar el devenir de una historia marcada por retrocesos, muerte y destrucción.

Convertida en bandera de lucha, sus palabras siguen retumbando en los oídos atentos de los más despiertos, continúan azuzando al enemigo maldito que tanto la odiaba, elevan a las consciencias de los oprimidos de ayer y de siempre, el sentido de Patria Justa, Libre y Soberana. Pero no termina de acabar con las traiciones, las genuflexiones, las manipulaciones y los individualismos. Sus causas nobles y sus certezas ineludibles, son “cajoneadas” en algún oscuro lugar de la historia por quienes se manifiestan seguidores de sus postulados, pero esgrimen con sus actos la misma espada que somete a los más débiles al escarnio de la indignidad de la pobreza.
Tal como se hiciera con nuestros héroes del siglo XIX, los patriotas de verdad que se jugaron sus vidas por una libertad que terminó siendo arrastrada al agujero negro de la traición, su figura trató de ser convertida en estatua, en hoja muerta de un libro que debe seguir escribiéndose en base a sus extraordinarios aportes al sentido común. El duro bronce y el frio mármol donde acaban los recuerdos congelados de quienes se atrevieron a ser y hacer mucho más que los comunes mortales, intenta ser también una tumba de los recuerdos de lo más importante, de lo trascendente, de su pensamiento vivo encarnado en las necesidades nunca satisfechas de las generaciones que le sucedieron.
Tal vez las dos palabras que marcan con mayor exactitud el pensamiento vivo de este ser prodigioso, sean solidaridad y soberanía. Creadora de una manera de hacer política social diferente, donde la dádiva dejó paso a la mano tendida de un Estado obligado a generar Justicia, sumó además el concepto permanente de un sentimiento patriótico que hiciera trascender la coyuntura de necesidades insatisfechas, para convertirse en la disputa por empoderar al Pueblo del sentido soberano de su tierra convertida en Nación. Su pelea sin cuartel contra la oligarquía vendepatria y genocida, tenía ese carácter épico de las luchas de liberación que nunca se terminaron de forjar, destinadas a construir una Independencia real, lejos de la manipulación del imperio de turno que intentara someternos.
No faltan, en cada aniversario de su paso a la inmortalidad, las falsas lágrimas de cocodrilos, los discursos vacíos de pasión patriótica, los recuerdos congelados de algunas palabras o frases famosas, intentando apoderarse de su figura para sus propios beneficios. Oquedad de oquedades, esas palabras son hojas muertas de antemano, son falsos tributos hacia quien nunca honran con los actos, maniobras distractivas para que el Pueblo no vuelva sobre sus pasos y se sacuda la modorra de la parsimonia de la espera, hasta convertirla en rebelión liberadora.
Eso fue esta mujer inexplicable para sus enemigos. Ese huracán de derechos consumados por la fuerza de una voluntad más poderosa que los poderosos de siempre. Ese amor convertido en eje de una lucha que consumió sus pocos años al servicio de una idea suprema, la de la Justicia Social. Ese corazón que sigue latiendo en quienes no se dejan arrastrar por los cantos de sirena de los sometedores ni por la discursiva falsificadora de la historia de sus espurios biógrafos.
Estamos obligados a rendirle un homenaje distinto, permanente, profundo. Estamos sentenciados a ser mejores hombres y mujeres, siguiendo la ruta marcada por su mirada buena y determinada. Este Pueblo tiene una deuda con esa mujer imprescindible, que debe saldar con prontitud, acabando con la miseria, construyendo solidaridad, ejerciendo soberanía y consumando la liberación postergada por dos siglos. Y lo debe hacer trayendo a nuestros días su pensamiento nunca muerto, su voluntad de acero y su ira contra los enemigos más indignos. Esos que, todavía hoy, siguen vivando su cáncer.

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