Gobernabilidad, la excusa que mata

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Turbias transas entre gobernadores temerosos de ofender al gran capital y a los funcionarios prefabricados para la mentira permanente. Posturas negociadoras de un presupuesto que, se sabe, elevará las desgracias populares hasta límites jamás conocidos. Discursos vacíos de valor, la ética tirada a la basura, los ciudadanos tratados como moneda de cambio y la pobreza como un simple número estadístico. Así se construye eso que denominan, con cinismo inigualable, “gobernabilidad”.

El actual (des)gobierno nacional ha generado varias epidemias. Por acción y omisión, sumatoria peligrosa si las hay, han reaparecido enfermedades derivadas de la falta de prevenciones elementales. La alimentación, por ejemplo, que ha pasado a ser un lujo entre millones de ninguneados. El aumento de los medicamentos, otro ingrediente fatal de ese “cóctel” de miserias comprimidas contra la población empobrecida, que se completa con hospitales sin presupuestos y tarifas que hacen imposible la protección de las inclemencias climáticas.

Algunos prefieren negar la existencia de esa realidad, pretendiéndose lejanos a los factores que les dan origen. Son aquellos que solo ven atascamientos de tránsitos cuando tropiezan con las protestas de los parias sociales que claman por cosas tan elementales como… la comida. Son los mismos que gritan desaforados contra los limpiavidrios de los semáforos, para que no les toquen sus muestras de poder sobre ruedas. Son quienes atacan con sarcasmos odiosos los valores expresados por consignas populares. Son los seguidores fanatizados de violadores radiales con pretensiones de periodistas.

La muerte de niños por enfermedades derivadas de la desnutrición, no significa nada para los endeudadores seriales, simples daños colaterales que se asumen como necesarios para aumentar la probabilidad de recobro de sus monumentales estafas financieras. Los hospitales quebrados en sus posibilidades de atención decente a la población abandonada, reflejan el lado más perverso de semejante depredación económica.

Pero siempre hay algo peor. Como por ejemplo, esas turbias transas entre gobernadores temerosos de ofender al gran capital y a los funcionarios prefabricados para la mentira permanente. O esas posturas negociadoras de un presupuesto que, se sabe, elevará las desgracias populares hasta límites jamás conocidos. Discursos vacíos de valor, la ética tirada a la basura, los ciudadanos tratados como moneda de cambio y la pobreza como un simple número estadístico. Así se construye eso que denominan, con cinismo inigualable, “gobernabilidad”.

Son los visitantes asiduos de programas televisivos donde desparraman sus verborragias sin sustancia, explicando la realidad que conocemos, diagnosticando la inmediatez evidente, falseando posturas opositoras que no sostienen cuando se enfrentan al Poder al que, en realidad, sirven. Tan miserables como los otros, solo arriman propuestas tan ridículas e inoperantes como sus capacidades cognitivas, que evidencian cuando se les plantan los verdaderos defensores de las causas justas, los honestos representantes de los que nunca tienen voz, solo votos cooptados por ignorancias provocadas para sus propias desgracias.

Se ofenden con altivez cuando se les espetan verdades de a puño, evidencias incontrastables de los sucesos cotidianos, relatos conmovedores de sufrimientos reales de los seres humanos que tanto desprecian. Rápidos de reflejos condicionados por el Poder, saltan periodistas y diagnosticadores seriales con las consabidas palabras que ofician de barreras a las rebeldías populares: institucionalidad y democracia.

Esas mismas palabras que denigran con cada acto, con sus propias vejaciones a sus significados, cómplice manera de ayudar a apabullar al Pueblo con mazazos que los aturdan hasta lograr la repetición electoral de los saqueadores de la Nación. “Hay que esperar que terminen sus mandatos”, dicen sin ponerse colorados. Esperar que mueran más pibes sin alimentación, esperar que exploten más escuelas, esperar que se cierren más hospitales y abran más comedores. Esperar que la parca se regodee entre el pobrerío abandonado, entre los habitantes de las calles y los puentes, entre los “nadies” consumidos por las drogas que ellos trafican con descaro.

Los límites se han difuminado. Las voluntades se aplastan con balas y gases. Los deseos se achican hasta la básica y elemental sobrevivencia. La Justicia, otrora valor inconmovible, se ha transformado en un sistema de persecuciones y desatinos legales. Y la esperanza, ese último reducto de los sueños, es eliminada de cuajo de una sociedad sin un destino mayor, que ser solo un montón de ilusiones perdidas entre hipocresías y promesas tan vacías, como los bolsillos populares.

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