La Corte

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La Corte Suprema clausuró la última posibilidad que existía de obligar al ex presidente Fernando de la Rúa a dar explicaciones ante la Justicia por los muertos y los heridos de la represión del 20 de diciembre de 2001 en la ciudad de Buenos Aires. Sin tratar los recursos, los supremos Ricardo Lorenzetti, Helena Highton de Nolasco y Juan Carlos Maqueda rechazaron por “inadmisibles” los planteos que tanto la fiscalía como la querella habían presentado para revertir el sobreseimiento del ex mandatario en la investigación por la represión que provocó cinco muertos y más de cien heridos sólo en las calles porteñas. 

Resulta muy difícil referirse a un mismo suceso año tras año, ya que, es casi imposible extraer una arista diferente cuando todos los 20 de diciembre regresa, inexorablemente, la jornada de horror y pesadilla que se iniciara el día anterior donde, unidos por el mismo hilo conductor, centenares de miles de personas ganamos las calles para expulsar al tirano, con la diferencia que esta vez no era un brutal uniformado de verde o un déspota intocable. No, esta vez se trataba de un insípido y pusilánime al que millones habíamos votado, en muchos casos por convicción, por doctrina, por indiferencia o tal vez, para obturar el camino de un Carlos Menen que ya nos había despojado de todo.

Desde los más variados rincones de la capital y el conurbano, nos íbamos dando fuerzas y estímulos ya que, al tiempo que buscábamos deshacernos no sólo de las cadenas del sometimiento económico, debíamos rescatar la confianza y la dignidad como ciudadanos.

En tales cruciales momentos, poco importaba marchar al lado de quien no sabíamos nombre, procedencia o ideología, solo bastaba que se uniera a las caravanas. Lo substancial era, portando cualquier cosa que hiciera ruido, alcanzar la mítica Plaza de las Madres, convocante de mil batallas, tanto ganadas como perdidas, teniendo como antecedente inmediato la más cruel y despiadada: la plaza del “55”, donde un grupo de asesinos, custodios de armas para defensa de la patria, viraron en contra de ella dejando innumerables muertos y heridos.

La Corte, tal lo acontecido con los golpes anteriores, no sólo no condenó el alzamiento sino que, por el contrario, ratificó todos y cada uno de ellos, reafirmando que los Cortesanos, con sus veredictos y decisiones están ubicados – no solo figuradamente- un escalón por sobre cualquier mortal. Basta sino retroceder a La Corte de 1930 acordando y validando el golpe de José E Uriburu o su inacción ante el valiente juzgamiento (en 1983) de los genocidas del proceso por parte de un tribunal inferior, sin dar el puntapié inicial en la materia, como así también su contemplación –desde las alturas- del descalabro que desplazó al Dr. R. Alfonsín seis meses antes del término de su mandato.

A partir de allí, mientras la estatua de la Justicia dormitaba (algún Cortesano también) y ladeaba groseramente un platillo hacia el lado de quien la había conformado automáticamente, La Corte toleró pasivamente el desguace del Estado y el hundimiento de millones de personas tratando, con pulcritud y elegancia en sus asépticos despachos, sólo asuntos intangibles, pero casi nunca algo relativo a un ciudadano común de carne y hueso. El caso es que, ese fatídico 20, unidos por la misma amargura y el mismo desencanto, incontables corrientes humanas nos decidimos a resistir, entendiendo la utilidad de nuestra presencia, conscientes que todos y cada uno podíamos torcer el destino de naufragio que se había apoderado del país y fuimos los que, en definitiva, provocamos la huída por los aires de quien había resultado tan abúlico e inexpresivo en su gestión como tan canalla en el uso de las lapiceras de sus ministros y funcionarios, muchos de los cuales han retornado de la mano de un tirano electo por el voto incomprensible del 51% de los ciudadanos.

Y así salió Gustavo Benedetto desde La Tablada, con sus escasos 23 años de edad y sus generosos 190 centímetros de estatura. Ese día, como siempre, dejó su casa, su perro, sus CDS, sus banderines, sus póster de Baroja y enfiló para el súper donde trabajaba, el cual ya estaba al borde del saqueo, cosa que se concretó al mediodía, cuando mercadería e instalaciones fueron arrasadas en minutos. Impotente, marchó a la plaza y se topó con una bala frente a las cámaras del mismo canal que su madre y hermana habían sintonizado en el hogar.

Desde Lanús y como pudo, Carlos “Petete” Almirón, también de 23 años, activo militante de la Correpi, estudiante de sociología y participante de tantas ofensivas populares, partió hacia la capital impregnado de un fuerte sentimiento de rabia ante lo desatado y allí, arteramente, una bala en el tórax lo encontró en su camino.

A Gastón Riva, la represión lo sorprendió trabajando en su moto –como siempre- 18 horas por día para solventar un hogar en donde todas las noches –también como siempre-, al regresar, lo esperaban su María y los tres niños. Esa vez no pudo ser. Un anónimo incalificable, segó, miserablemente los destinos de cinco preciosas almas. Muy cerca de Gastón, Diego Lamagna, de 26 años cayó fulminado, abatido desde el lugar en que, otro cobarde desconocido, oprimió un gatillo y descerrajó un proyectil que arrastró en un segundo su vida, torció la de su madre y hermana y lo hizo partir al reencuentro de una tercera recientemente fallecida.

El mismo día 20, desde San Martín, Alberto Márquez junto a su compañera Marta Pinedo, robusto productor de seguros y ferviente militante peronista, también sintió que sus 58 años no lo podían sorprender pasivamente en un sillón y marchó. Promediando el atardecer, muy cerca del porteño Obelisco, sentado en un banco junto a Marta, en un soplo experimentó dos ardores, uno en el pecho y otro en el cuello los que, de inmediato se tradujeron en tildes rojas que manaban y arrastraban con ellas sus nuevos proyectos, la reconstrucción de su vida y la vida misma.

Muy cerca de Alberto, observando las dantescas escenas se encontraba Paula Simonetti, Martín Galli y El Toba un héroe anónimo de mil cruzadas, reciente e injustamente fallecido. Hasta ese momento, ninguno sabía nada del otro pero, la sapiencia del tercero le hizo sospechar de la inocencia de los tres vehículos que, en perfecta formación se plantaron frente al grupo, de los hombres que de ellos descendieron, que extrajeron sus armas y pretendieron llevarse en un instante también la vida de Paula y Martín, cosa que, gracias a Dios y al Toba no se concretó ya que en el caso de nuestro hijo, vivo y bien, salvó su existencia, como así también Paula conservó la suya.

Después de casi tres lustros de indefinición de una abultada causa, que gracias a los oficios de la Dra. R S de Cubría y del Dr. Claudio Bonadío acumuló sobre sí tanto polvo como desidia, frente al Tribunal Oral 6, el ominoso banquillo de los acusados sólo encontró sentado en él al Dr. E. Mathov, ex Secretario de Seguridad, puesto que la biología se ocupó de R. Mestre, ex Ministro del Interior, vaya a saberse qué fue de la vida del comisario Rubén Santos y del Doctor Fernando de la Rúa, único, directo e imperdonable responsable por el simple hecho de ejercer la Primera Magistratura se ocupó muy recientemente la Corte Suprema de Justicia de la Nación liberándolo, por lo menos de sus culpabilidades terrenales.

Mientras las víctimas fatales conocidas y los centenares de heridos sin rostro aguardaron durante años alguna migaja de la torta en que se reparte la justicia, los lúgubres pobladores del cuarto piso de Comodoro Py, los Supremos (en ese momento) doctores R Lorenzetti, J C Maqueda, la doctora E H de Nolasco y el espíritu del doctor Carlos S Fayt decretaron que el Presidente (que no fue) sólo sea tenido como testigo de su obra. Total, qué pueden sentir los Ministros en sus poltronas si nunca repusieron provisiones en una góndola vacía del súper de Gustavo; no se encaramaron en la bravía moto de Gastón canjeando kilómetros por bienestar; no pusieron jamás el pecho partido por un balazo como Petete en una protesta; no estuvieron nunca el día, la hora y en el lugar en que sí –fatalmente- estaba Diego y no habrán vendido jamás una póliza, ocupación habitual de Alberto.

Seguro que no, esos son cuestiones emprendidas por personas comunes que se afanan arduamente a diario, que sufren con naturalidad y gozan por excepción, que se esfuerzan a cada momento para conservar su trabajo, que no evaden impuestos, que se someten a revisiones periódicas de salud, que sí rinden cuentas de su idoneidad, que no disponen de prebendas y que no ostentan el Real título de Supremos. Concluyendo, todas esas gentes, sus familias, amigos, compañeros, conocidos, todas, absolutamente pasan. Las CORTES, y sus CORTESANOS, naturalmente, quedan.

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