La cultura de la mentira

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En un mundo de ciegos, la mentira florece y se multiplica hasta convertirse en una flora endémica que amenaza la biodiversidad. Cuando hablamos de «justicia corrupta», «periodismo de guerra», «farsa publicitaria» y «marketing político», no estamos hablando de otra cosa sino de una crisis de las verdades, fruto de nuestro olvido y nuestra falta de pasión por volver a encontrarnos con lo real.

Vivimos en una época en la cual la verdad está acorralada bajo el fuego cruzado de la publicidad (ese monstruo amable), las campañas partidistas que sirven variados intereses de clase, y los hábitos en las relaciones interpersonales que la asimilación de los modelos del mercado y la política imponen a los comportamientos individuales.

Contrariamente a lo que se cree, la verdad es poderosa y contundente. Lo real se impone siempre con una pasmosa evidencia. Nuestros cuerpos no mienten: nacen, se unen y se separan unos de otros, envejecen, enferman y mueren. Nuestras mentes tampoco pueden mentir: nuestras apuestas morales producen irreversiblemente consecuencias análogas en nuestra vida interior. La crueldad no puede esculpir personalidades bondadosas, y el amarrete y codicioso jamás gozará como quien, en la efímera experiencia de la belleza o del amor, encuentra su pasión más profunda.

Sin embargo, la evidencia exige videncia, y en un mundo de ciegos, la mentira florece y se multiplica hasta convertirse en una flora endémica que amenaza la biodiversidad. Aquí la biodiversidad se refiere a los puntos de vista y a las variadas perspectivas a través de las cuales los humanos expresamos el misterioso contacto que individualmente tenemos con lo real de suyo.

Por supuesto, no existe una verdad absoluta. Incluso el ojo de Dios es diverso, trinitario, plural. Sin embargo, existen verdades relativas, cuyas hermenéuticas no por ello son menos sustantivas, aunque reflejen en expresión una relación dialógica, amorosa o conflictiva. El reconocimiento y el desacuerdo gozan ambos de su cuota de verdad, siempre que al articularse respondan a lo que genuinamente ocurre en el inasible contacto donde nacen las apariencias que somos.

No obstante, este relativismo perspectivista y pragmático no debe confundirse con el «todo vale» del cual algunos se valen para dominar y explotar.

En la verdad parcial que expresa un punto de vista es posible constatar lo real de suyo en el espejo de la consciencia y en la palabra articulada, como el reflejo de un rostro o una fotografía retrata siempre parcial e imperfectamente a un sujeto en la circunstancialidad de su aprehensión.

En la mentira, en cambio, no hay un rostro reflejado en el espejo, ni imagen capturada en el ojo de la cámara. No hay perspectiva ni opinión, sino solo fabricación.

Podemos discutir sobre perspectivas encontradas, puntos de vista parciales, ideas contrarias, pero no podemos, ni debemos discutir sobre fabricaciones.

El problema que tenemos, por lo tanto, es asumir que una parte de la población se ha vuelto invidente, que vivimos en medio de un sonambulismo extendido, en un planeta de zombis. Da la impresión que la mayoría no puede o no quiere distinguir entre las mentiras y las genuinas opiniones que merecen participar del foro en el cual la cultura debate el alcance y relevancia de las verdades en disputa.

El mentiroso, instalado en la relatividad incuestionable de todas las verdades, introduce prepotentemente su mentira contra toda evidencia, y la impone haciéndola pasar como opinión genuina y respetable.

La pregunta es entonces, ¿por qué el mentiroso logra su cometido de engañarnos? Tal vez porque hemos perdido la pasión por la verdad. Esa pasión es la que garantiza que las opiniones deban enfrentarse al rasero de lo real antes de encontrar cabida en las discusiones en las que decidimos nuestro destino.

Cuando hablamos de «justicia corrupta», «periodismo de guerra», «farsa publicitaria» y «marketing político», no estamos hablando de otra cosa sino de una crisis de las verdades, fruto de nuestro olvido y nuestra falta de pasión por volver a encontrarnos con lo real.

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