La gesta

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La sociedad suele manifestarse mayoritariamente en favor de los ex “chicos de la guerra”, aunque haya sido esa misma sociedad quien le dio vuelta la cara en el regreso de la derrota, aislándolos como parias, obligándolos a rehacer sus vidas ocultos de lo que parecía una culpa propia, cuando era, en realidad, una gloria no reconocida por haber intentado lo imposible en base al valor individual de cada uno de ellos, demostrando que el “amor a la Patria” era algo más que algún recitado escolar.

Una gesta es un hecho cargado de proezas trascendentes realizada por auténticos héroes. En ese sentido, Malvinas lo es, considerando lo realizado por sus protagonistas en el campo de batalla. Pero también se trata de un estigma, por la crueldad con la que se llevó al combate a jóvenes inexpertos, casi desarmados, en medio de un clima imposible de soportar, con el oscuro fin de darle continuidad al repugnante “proceso”, ese que ya había matado y desaparecido a miles de los mejores de nuestros compatriotas, además de destruir la economía y empoderar aún más a los grandes “ganadores” de siempre, los que ahora mismo intentan hacer negocios a costa, incluso, de la muerte pandémica.

La sociedad suele manifestarse mayoritariamente en favor de los ex “chicos de la guerra”, aunque haya sido esa misma sociedad quien le dio vuelta la cara en el regreso de la derrota, aislándolos como parias, obligándolos a rehacer sus vidas ocultos de lo que parecía una culpa propia, cuando era, en realidad, una gloria no reconocida por haber intentado lo imposible en base al valor individual de cada uno de ellos, demostrando que el “amor a la Patria” era algo más que algún recitado escolar.

Hacerse cargo no parece una actitud cotidiana para muchos argentinos, que suelen mirar para otro lado con tal de no percibir la verdad que se manifiesta prístinamente ante sus ojos. Así ha sucedido con otros temas, no tan mortales (en apariencia) pero tan dañosos para la Nación como aquellos hechos guerrerísticos. Así fue durante los tiempos del devaneo neoliberal, en los cuales se negaban a escuchar las advertencias de los ciudadanos más despiertos y se abroquelaban alrededor de sus propios enemigos, con tal de no dejar paso al “populacho”, el mismo sector social de donde saliera la mayoría de los héroes de Malvinas que tenían el descaro de aparentar su reivindicación.

Resulta difícil encontrar por esta época cargada de falsas meritocracias y miserias individualistas, algo que se parezca a esa entrega sin igual de aquellos héroes anónimos que pusieron su cuerpo para defender lo que solo pareció siempre un lejano paraje, casi ajeno. La hazaña no se pudo concretar, tal como era lógico frente a un enemigo de semejante dimensión militar, aunque no lo asistiera la razón ni la historia. Quedaron sus valentías y sus huesos esparcidos por allí, en esa turba nunca redimida, en esos campos habitados por ovejas e invasores, alimentando la infertilidad de un suelo que, a pesar de todo el esfuerzo imperial y sus cómplices locales, sigue siendo indiscutiblemente nuestro.

Estamos transitando otra vez ahora, un camino reivindicativo del valor de la unidad como base para el desarrollo virtuoso de la Nación. Se está haciendo no sin el permanente entorpecimiento y las provocaciones del Poder, dispuesto siempre a matar a cuantas personas “hagan falta” para aumentar sus fortunas, tan sucias como sus mentes desalmadas, tan miserables como cuando participaban del horror vejatorio de la dictadura, un verdadero festín financiero para ellos, con el que pretendieron concretar su viejo sueño de enterrar para siempre a su odiado “populismo”.

Pero no les fue ni les será posible nunca hacerlo. Porque quedan en la sociedad los resabios imperecederos de los héroes de todos los tiempos, los del principio de nuestra nacionalidad y los del final de esa guerra fabricada entre gallos y medianoche por algún borracho de poder. Es con el recuerdo permanente de aquellos “chicos de la guerra”, pero más con su reivindicación consciente y real, que se logrará vencer a los malditos fabricantes de todas nuestras desgracias, para que emerjan otra vez ante quienes quieran verlas, esas islas que nos arrebataron por la fuerza y la sinrazón. Para completar, por fin, el nuevo mapa de la soberanía popular.

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