La historia de la mujer o la mujer en la historia

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La Historia, escrita por los hombres, se ha contextualizado, desde tiempos inmemoriales en que comenzó su redacción, a través de categorías que diseñan, explican y justifican la labor masculina. Así, el devenir de la Historia es la narración de las sucesivas guerras, las interminables conquistas, los impresionantes viajes alrededor del mundo, secuencias bien delimitadas y transmitidas como epopeyas. Todas estas actividades definidas como realizadas exclusivamente por los hombres y dentro de las cuales no le cupo ni se concibió realización alguna efectuada por mujeres.

La historia de la Mujer o la Mujer en la Historia
¿Y si Dios fuera mujer? pregunta Juan sin inmutarse,
vaya, vaya si Dios fuera mujer es posible que agnósticos y ateos
no dijéramos no con la cabeza y dijéramos sí con las entrañas.
Mario Benedetti

La Historia, escrita por los hombres, se ha contextualizado, desde tiempos inmemoriales en que comenzó su redacción, a través de categorías que diseñan, explican y justifican la labor masculina. Así, el devenir de la Historia es la narración de las sucesivas guerras, las interminables conquistas, los impresionantes viajes alrededor del mundo, secuencias bien delimitadas y transmitidas como epopeyas. Todas estas actividades definidas como realizadas exclusivamente por los hombres y dentro de las cuales no le cupo ni se concibió realización alguna efectuada por mujeres.

Las mujeres han sido de esa manera, invisibles en la Historia. Sólo mencionadas en su rol político, cuando les ha tocada ser reinas, tal el caso de la reina Victoria o heroínas como Juana de Arco, por poner sólo dos ejemplos o en caso de adjudicarles un Don especial desde el punto de vista religioso, como santas o mártires, de las cuales existen innumerables casos. En ambas alternativas, se procura la elevación a una consideración mayor a una mujer determinada, sin que en ninguno de los casos se haya valorado taxativamente o estimado el rol que les cupo a las mujeres en general.

Por lo demás, todo el marco descriptivo como siglos transcurridos que cuentan el crecimiento de las civilizaciones, la desaparición o nacimiento de ciudades, el descubrimiento de nuevos mundos, se han narrado sin la participación de las mujeres. Como si ellas no hubieran aportado con su esfuerzo a la gestación de los pueblos, al trabajo en el campo, al nacimiento de los niños como parteras, a la sanación de los enfermos como enfermeras y médicas. A un sin número, en fin, de actividades de índoles cultural y económica.

Es que hasta bien entrado el Siglo XX, las categorías que explicaban y describían la Historia no comprendían a las mujeres. No las incluían.

Ni en la antigüedad, ni en la Edad Media la mujer tuvo un valor considerable. Eran entregadas en matrimonio apenas superaban los catorce años a un hombre que en general la doblaba en edad. Eran confinadas a las tareas hogareñas, intramuros, sin elección ni capacidad de opinión. Eran dependientes del padre de familia hasta que se casaban y desde ese momento pasaban a ser posesión de su esposo.

En la Edad Moderna no varió la consideración de género. El mundo vivió profundas transformaciones: el descubrimiento de América, el progreso de las Artes y las Ciencias, la Universidad. Las mujeres no estaban incluidas tampoco dentro del desarrollo de las Universidades. Las Altas Casas de Estudio, fueron diseñadas también para los hombres, porque el estudio de la historia estaba resumido en la interpretación de los grandes hechos humanos que modificaran patrones de conducta y realidades coyunturales. En esas actividades estaban excluidas las mujeres. Las mujeres participaron escasamente en la actividad productiva de las ciudades. Las que lo hacían, eran destinadas a labores de servicio, como sirvientas, a través de lo cual frecuentemente eran objeto de explotación sexual de parte de sus patrones.

Por ello, cuando se estudia seria y reflexivamente la historia de la humanidad, debería incluirse la investigación del ámbito privado, como verdadero apéndice de interpretación del cambio social. Dentro de ese análisis, que contiene una auténtica introspección reflexiva, se podrá analizar el cambio de actitudes y voluntades necesarias para una transformación superior de índole social. Cambios que se precipitan desde el interior de las familias, ámbito peculiar, significativo e irreemplazable, en el cual las mujeres desarrollan la gran mayoría de sus potencialidades, promoviendo ejes de transformación de pensamiento y cambios de patrones de conducta.

Pero para tener real conciencia de lo expuesto, habría que analizar la historia con perspectiva de género. Repensar la labor y la presencia de las mujeres como transformadoras desde su rol cotidiano. Si por el contrario resumimos la narrativa de la historia a la incalculable sucesión de guerras o hambrunas, sin ponderar la evolución del trabajo, del vestido y de la alimentación, el rol de la mujer seguirá fuera de la memoria colectiva.

El Siglo XIX será de profundas transformaciones. Se trata de la Era Industrial, la Revolución que lo inundó todo: lo ideológico, lo cultural y lo económico. Este acontecimiento incidirá en la vida de las mujeres, lanzándolas a las fábricas como mano de obra barata junto a la de los niños, envueltas en jornadas de dieciséis horas de trabajo sin seguridad social y hacinamiento. Las mujeres de clases acomodadas utilizarán cuantiosas criadas por salario miserable y las pobres más jóvenes se lanzarán a las calles como carne de prostitución.

Vivimos, edificamos y naturalizamos, una sociedad de hombres. Desde el comienzo de las investigaciones sobre el origen del mundo se narra con categorías masculinas. El comienzo de la vida racional en el planeta Tierra se describe como la historia del Hombre y de las pinturas rupestres se interpretan jornadas de cacería o figuras de Dioses, todos caracterizados por su masculinidad.

El rol de la mujer, configurado como las actividades subalternas, de escasa importancia o de nula preponderancia para la consolidación del devenir diario, transformó a las actividades femeninas en acciones fácilmente reemplazables. Sin observar que hasta en las sociedades primitivas la realización y horneado de cuencos de arcilla para la actividad diaria o la confección de textilería para el aprovisionamiento de abrigo, no sólo mejoraba la vida de los congéneres sino que definía a la actividad como indispensable para el desenvolvimiento de la vida cotidiana. Las mujeres fueron hábiles tejedoras, transformando la ruda lana en el más fino hilo; improvisadas parteras, acompañando y asistiendo a otra mujer que sin ella a su lado hubiera dado a luz en soledad; adoradas hechiceras disecando y mezclando raíces y hojas curativas.

La imagen de la mujer dentro de la sociedad fue simplificada hasta definirse como un mero objeto decorativo. Pero sin embargo, era esa mujer quien se quedaba sola con sus hijos cuando el hombre partía a la guerra y era ella quien heredaba además todas las obligaciones de manutención y crianza, en el caso de que su compañero no regresara.

La historia de las mujeres o las mujeres en la Historia, ha comenzado por el análisis de su rol trascendental en la familia, como madres y esposas y ha continuado a través del tiempo en la esfera pública y su papel dentro de todas las formas del poder. El mundo y nosotros en nuestro país hemos tenido y mantenemos representación femenina en los tres poderes del Estado. La mujer ha ido ganando espacio en estas actividades de manera merecida y a través de amplios consensos y reconocimientos. La Historia está a favor de la mujer, porque la evolución de su consideración social así lo representa. No son pocas las mujeres que han quedado marcadas a fuego en la consideración de multitudes y en especial en nuestro país poseemos ejemplos elocuentes.

En esta oportunidad, sin embargo, no quiero mencionar a ninguna de ellas como ejemplo, a diferencia de la nota sobre las mujeres de nuestro país recordando los nombres de quienes en el mes de mayo de 1810 aportaron con su acción a la causa emancipadora, en esta oportunidad no mencionaremos a ninguna y reservaremos para cada uno de los lectores la memoria de esa decisión. El recuerdo de la mujer argentina que por su carácter y su acción nos enorgullezca como ejemplo de voluntad y heroísmo.

Este año, que se cumplirán los primeros 200 de nuestra Independencia Patria, deseemos poner el acento en el vuelco oportuno y propiciatorio que ha merecido la labor femenina de nuestro país. Actualmente, la mujer argentina llena las Universidades y es fuertemente competitiva en varias áreas laborales, tanto científico-técnicas como de servicio. Pero el mundo también siente a la mujer en paridad con el hombre y es justo y necesario que así suceda.

Es dable suponer que la Historia tome referencias al respecto y comience a justipreciar a las mujeres, dándole el lugar y la trascendencia que merecen y han ganado después de una lucha salvaje y meritoria de tantos años.

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