La mujer «Hiena»- De cómo me enteré de la muerte de Nestor Kirchner-

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Aquella mañana me había levantado con una energía especial. Había podido saldar las horas de sueño que le debía a mi maltrecho organismo, lo cual me aportó una vitalidad adicional que me llevó a salir a dar una vuelta, luego del desayuno y antes de que viniera el censista. Comencé mi caminata sin rumbo fijo, metiéndome por cualquier calle en donde el sol me diera en la frente. Hay algo especial en el aire a esa hora de la mañana; como si fuera más denso y llenara más los pulmones.

Mis pasos me llevaron a una pequeña plaza, hacia la cual me zambullí, como un bañista que avanza, acelerando el paso, hacia las frescas aguas del océano. Necesitaba conectar con la naturaleza de alguna manera, de modo que me ubiqué en un banco un poco apartado del resto, donde daba suavemente el sol. Acomodé allí mis huesos y mis sentidos. Cerré los ojos y entré en sintonía con las calandrias, los zorzales y dos o tres chicharras que zumbaban secuencialmente. Me sorprendí por la exactitud y rigurosidad de las repeticiones en cuanto al tono y al tempo, como si alguien las hubiera programado especialmente…la naturaleza no deja de sorprenderme, me dije mientras el sol acariciaba mi frente. Permanecí en ese estado durante un lapso indefinido de tiempo. Me dejé llevar por mi respiración y el canto de los pájaros, hasta que el jadeo cercano de un perro babeante me distrajo, obligándome a volver en mí. Miré el reloj. Eran cerca de las diez. Había pasado media hora levitando por aquel lugar y decidí retomar mi caminata hacia casa, a esperar al censista.

Al levantarme veo que una mujer se dirige sonriente hacia el banco que yo había desocupado. Había algo anormal en ella. Estaba exultante, feliz. Dirigía su mirada hacia todos lados, como buscando alguien con quien compartir su alegría. En eso, nuestras miradas se cruzan y me regala una sonrisa gigante, brillante, luminosa…
-Te lo dejé todo para vos!- dije yo titubeante señalando el banco, y como para devolverle algo a cambio de aquella inmensa sonrisa.
-Síiiii bueniiisssimo!-replicó ella, casi riendo.
Como me seguía mirando fijamente con aquella sonrisa todavía fresca en sus labios entreabiertos, palpitando una vitalidad y algarabía pocas veces vista, contagiado por esa energía me animé a decirle:
-¡Qué contenta que estás!
-Siiiiiií, me responde ella agitando la cabeza como un pura sangre a punto de echarse a correr por el prado; y de pronto agrega algo más, -Se murioooó!!!!- dijo al borde de la carcajada.
-¿Cómo?- repliqué yo sin entender lo que me quería decir.
-KIRCHNERR, SE MURIOOOÓ!!!! – voceó a cuatro vientos.

Mi cara sonriente de pronto se congeló y mutó en una mueca de desconcierto y horror. Desconcierto por enterarme de semejante noticia y horror al entender finalmente lo que me estaba queriendo transmitir aquella mujer. Ese estado de euforia y regocijo se debía a que había muerto Néstor Kirchner. Pero lo peor todavía estaba por llegar…

Aquella mujer, al notar mi evidente estado de confusión y perplejidad y entender que no había encontrado en mí terreno fértil para sembrar la complicidad que ella estaba buscando, remató:
-Ahhhh, peroooo…vos qué sossss?

Para cuando terminó la frase, yo ya estaba cruzando la calle espantado, en dirección a casa, intentando dar crédito a lo que había pasado. En el camino, efectivamente confirmé la fatal noticia de la muerte del ex presidente y advertí, como es natural, el desconcierto de la gente a mi paso. El florista, los encargados de los edificios, la gente en los garages, en el café de la esquina, incluso un pequeño grupo que se había reunido alrededor del quiosco de revistas, que tenía prendida la radio; la noticia corría como un reguero de pólvora.

Llegué a casa sorprendido, triste y sobre todo preocupado por la incertidumbre de lo que vendría, en términos políticos, al desaparecer una figura tan fuerte dentro del gobierno. Recordé las imágenes de archivo de los funerales de Eva y Juan Perón y también lo que fue el de Alfonsín, hacía poco. No había duda de que la noticia me había impactado, pero creo que me impactó más el modo en que me enteré; de la boca de aquella mujer eufórica y sonriente de Barrio Norte. ¿Cómo se puede ser tan miserable? ¿Cómo se puede ser tan cínico? ¿Cómo se puede uno alegrar así de la muerte de alguien? Más aún de una persona que, ideologías aparte, se trata de una figura nacional y popular (demostrado esto categóricamente en lo que fueron las exequias, horas después).

Me embargó una profunda tristeza ya no por la muerte de Néstor Kirchner, sino por haberme percatado del odio más rancio que aún malvive en  los rincones más profundos de ciertos sectores de la sociedad en la que vivo. De manera involuntaria me topé de frente, cara a cara con el rencor y el resentimiento en su estado más puro.

Quizás sea porque me agarró desprevenido y con la guardia baja, pero lo cierto es que por más que lo intente, no puedo borrar de mi mente la imagen de esa mujer-hiena en la plaza…sonriente, alborozada, radiante, ufana, henchida de alegría, sentenciándome aquella fatídica frase:
-Ahhh, peroooo…vos qué sossss?
-Humano, soy un ser humano…es lo que debí haberle contestado.

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