La nueva justicia

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Un fallo del Tribunal Oral en lo Criminal Federal N° 6 determinó otorgar prisión domiciliaria a Miguel Osvaldo Etchecolatz. El represor que revistó en la Policía de la Provincia de Buenos Aires -y fue jefe de esa policía durante la última dictadura- dejó consignado el domicilio de la calle Nuevo Boulevard del Bosque, entre Guaraníes y Tobas, Bosque Peralta Ramos, ciudad de Mar del Plata, Provincia de Buenos Aires . La noticia fue un balde de tierra. Una sorpresa, no se esperaba, pero da cuenta de uno de los tantos cambios de la nueva época. Un cambio de paradigma que impregna a la justicia. Queda tener presente que, cuando llegue el momento, cambiemos.

No me lo esperaba, aunque ahora que lo pienso no debió haber sido una sorpresa. La noticia me sobresaltó como lo hacen esas cosas que te tocan, o las que te empujan.

Chusmeaba el diario en el teléfono cuando algo me sacudió, posiblemente antes de razonar lo que leía. Unas pocas palabras y el clima de época apuraron la sensación. Antes de terminar de masticar la oración que llevaba la noticia por título, después de sobresaltarme, me empezó a brotar del estómago una mezcla de bronca, incredulidad e impotencia, en ese orden.

«Le conceden la prisión domiciliaria a Etchecolatz», decía claramente el portal de noticias. Releí palabra por palabra. Hasta ahí llegó la sorpresa, el resto era puro bla bla, y letra conocida. Tribunal Federal, domiciliaria, justicia, represor, beneficio, 88 años y la erupción ya era incontenible. Algunas palabras juntas avivaban el fuego, como «director, Investigaciones, Policía Bonaerense, dictadura».

El factor Etchecolatz

El caso debe ser de los más obscenamente impunes porque Etchecolatz no fue un soldadito, un «obediencia debida» cualquiera. El beneficio que recibe este viejo hoy es otro claro ejemplo de un cambio de paradigma. En otro tiempo, unos 20 años después de haber demostrado quién era con la policía, andaba libre por los estudios de televisión. Es muy recordada, no por eso menos impactante, la aparición en el programa de Grondona en la que le endilgaba al ya fallecido dirigente socialista Alfredo Bravo haberlo curado de una afección (a picanazos) y haberlo liberado de un centro clandestino. Bravo, quien había sido torturado por este capo de la bonaerense, no podía responder de las barbaridades que escuchaba en la democrática televisión de fines de los 90.

Una década después Etchecolatz era protagonista de uno de los primeros juicios por delitos de lesa humanidad, por genocidio, después de la declaración de inconstitucionalidad de las leyes de obediencia debida y punto final.

Por cuestiones de la vida, allá cerca del 2005 me tocó pasar por la puerta de su casa en un escondido barrio de Mar del Plata como es el bosque Peralta Ramos. Me alegró verla toda manchada por un reciente escrache. El ex jefe policial ya no vivía ahí porque estaba preso por su primera condena a reclusión perpetua, pero la casa atraía con el miedo de las casas embrujada en la que se asoman fantasmas.

Me sigue ardiendo la boca del estómago mientras revuelvo realidades y recuerdos, y trago la noticia. Elijo el silencio, y la crónica recorre ahora mi sistema digestivo, porque a mi alrededor, en la calle, en el trabajo, a nadie parece importarle la suerte de este viejo «hijo de puta» como le llamó su propia hija, que tuvo que cambiarse el nombre. «Un asesino serial», lo llamó Jorge Julio López cuando declaraba por su primera desaparición.

La noticia fue un balde de tierra. Una sorpresa, no se esperaba, pero da cuenta de uno de los tantos cambios de la nueva época. Un cambio de paradigma que impregna a la justicia. Queda tener presente que, cuando llegue el momento, cambiemos.

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