Los verdaderos héroes nunca se olvidan

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Esa guerra inventada sigue siendo una herida abierta por el solo hecho de no surgir de la dignidad de un pueblo y de la profunda conciencia del ser ciudadano. No duele la guerra no ganada, nadie esperaba ganarla, duele haber hecho el juego absurdo a una minoría perversa y duelen los miles que entregaron poco o mucho para hacer realidad un sueño imposible. Duelen las vidas, las muertes y la perdonable vehemencia de los jóvenes así como duele la insensatez de los adultos.

Lejos, muy al sur, en aguas frías y tierras calmas, en un lugar propio y desconocido. Lejos de lo que hace a lo diario y a los amores, lejos de todo y con una pregunta a punto de salir todos los días. Nos dejamos llevar por la intención de otros, otros que pregonaban que era el momento de la justicia histórica, del patriotismo olvidado y de la hazaña memorable. Fue una lucha nueva, inventada y recién estrenada en una tierra sin guerras dignas de pertenecer al siglo de las guerras.

Aquí abajo, el mar parecía nuestro, pero las islas seguían siendo ajenas. Pedazos de tierra sin turistas y sin ciudadanos propios, como una cárcel sin rejas, con un idioma diferente y con voces que relataban historias extranjeras. Sin embargo, siempre supimos que eran nuestras, por historia, por aprendizaje, por necesidad de cercanía. La larga leyenda del avasallamiento nos comprometió la vida en algo que parecía olvidado. Las Malvinas eran nuestras por legado no por compromiso, menos por el compromiso de unos pocos que alegaron al patriotismo la necesidad de sortear intereses personales.

Y allá fuimos, sin bandera y sin respaldo, entregando chicos que no sabían las preguntas pero si sabían las respuestas. Las Malvinas debían ser recuperadas, sin entender jamás la paradoja de tratar de recuperar lo propio y sin ver los intereses que no cederían en el campo de batalla lo que no cedían en los papeles y en los vericuetos diplomáticos. Una bandería absurda de todos, no solo de ellos. Ellos solo fueron los delincuentes que se hicieron de testigos y aliados para ser juzgados como nobles en una guerra perdida, que solo ganaba la vanagloria de un grupo de déspotas delirantes.

Esa pequeña guerra inventada sigue siendo esta herida abierta por el solo hecho de no surgir de la dignidad de un pueblo y de la profunda conciencia del ser ciudadano. El sentimiento de todos es haberle confiado el todo a la nada, y es eso lo que duele. No duele la guerra no ganada, nadie esperaba ganarla, duele haber hecho el juego absurdo a una minoría perversa, duele la indignidad de no haber reconocido el engaño y duelen los miles que entregaron poco o mucho para hacer realidad un sueño imposible. Y duelen las vidas, las muertes y la perdonable vehemencia de los jóvenes, como duele la insensatez de los adultos.

El honor entonces queda en manos de los leales, de los sinceros pioneros de la primera guerra cierta que vio este suelo, aun cuando no surgiera de la realidad política sino de la petulancia. Un escenario incierto pero creíble, que mostró su cara más oscura cuando la mentira tapó una verdad que no existió nunca.

Por esas muertes inútiles vale la pena seguir conmemorando este día, por esos corazones creyentes engañados, por esos pocos que salieron a “defender” a muchos, por ese simbólico pero sincero acto de patriotismo en un campo de lucha desconocido. Por ese arrebato de locura que parece inútil pero no lo es, porque todavía el despropósito irresponsable le sigue perteneciendo a los ideólogos del absurdo, pero la gloria y el compromiso le siguen perteneciendo al inocente grupo de pibes y no tanto, que fueron más fieles a la nobleza de muchos que a la mentira y a la ignorancia de unos pocos.

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