Muertos que no paran de morir

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Un nuevo abril y volvemos a matarlos. Un presidente que ya dio, nuevamente, su “ausente con aviso”. Como si todas esas muertes hubieran sido pocas, los asesinamos una y otra vez. En la rendición que parecimos no perdonarles a juzgar por el recibimiento que no les dimos. En las sepulturas postergadas. En las madres que soportaron solas el dolor de sus úteros desgarrados de ausencia. En la indiferencia y el desprecio a los sobrevivientes, a los que esquivamos en vagones y en esquinas. En el silencio del que nos hicimos cómplices cuando «desmalvinizar» pareció ser la consigna.

La primera vez que los matamos fue en 1982, cuando llenamos una Plaza para vitorear a los infames que decidían una guerra como manotazo de náufrago hacia el último salvavidas posible en medio de tanto océano. Paradójicamente esa Plaza en la que, meses antes, habíamos soportado sobre nuestros lomos los palos de esos mismos salvajes, a los que pretendíamos echar después de seis años de dictadura atroz.

Tan efectivos fueron sus slogans de nacionalismo barato que allí nos encontró aquel abril, agitando banderas para endiosar a los uniformados que reivindicaban sus galones al resguardo de un balcón, mientras mandaban a nuestros pibes al campo de batalla, en un rincón tan extremo de nuestro suelo, que tuvimos que revisar el mapa para recordar dónde quedaba.

Tan efectivos fueron sus slogans de nacionalismo barato que allí nos encontró aquel abril, agitando banderas para endiosar a los uniformados que reivindicaban sus galones al resguardo de un balcón, mientras mandaban a nuestros pibes al campo de batalla.

Volvimos a matarlos cuando, cómodos y calentitos, encendíamos la TV y dábamos crédito a todo aquello que desde allí nos contaban. Ya por esos tiempos nos volvimos serviles al relato mediático. Entonces, le creímos a una Pinky que hacía pantallas maratónicas para recaudar «fondos patrióticos» en pos de provisión de armas. Dejamos piantar lagrimones de emoción cuando una Legrand y otras tantas de su clase, cual damas de Mayo modernas, se despojaban de sus joyas y pieles en cámara. Elevamos a sagrada e incuestionable la palabra de un Neustad que arengaba el conflicto armado desde su pacato y autoritario Tiempo Nuevo, al que alimentamos de rating durante años. Y coleccionamos las tapas de los diarios que aseveraban un triunfo rotundo como figuritas del Mundial de Fútbol con el que, años antes, nuestros gritos de gol tapaban otros gritos. Los del horror absoluto.

La siguiente muerte fue más sutil pero no menos efectiva. La corrupción que hemos sabido acunar y perpetuar desde los años más tempranos de nuestra Patria, nos hizo chocar en quioscos y almacenes con los alimentos que supusimos enviar para limpiar nuestras conciencias. Tan manchadas, que apenas nos sorprendimos cuando tiempo después de terminada la guerra, desenvolvíamos un chocolate recién comprado y dábamos con las cartas escritas a aquellos soldados que, en el mejor de los casos, confesaron haber pasado menos hambre en cautiverio británico que en sus propias filas.

Los asesinamos una y otra vez en los años posteriores.En las sepulturas postergadas. En la indiferencia y el desprecio a los sobrevivientes, a los que esquivamos en vagones y en esquinas. En el silencio del que nos hicimos cómplices cuando «desmalvinizar» pareció ser la consigna.

Como si todas esas muertes hubieran sido pocas, los asesinamos una y otra vez en los años posteriores. En la rendición que parecimos no perdonarles a juzgar por el recibimiento que no les dimos. En las sepulturas postergadas. En las madres que soportaron solas el dolor de sus úteros desgarrados de ausencia. En la indiferencia y el desprecio a los sobrevivientes, a los que esquivamos en vagones y en esquinas. En el silencio del que nos hicimos cómplices cuando «desmalvinizar» pareció ser la consigna. En un nuevo Mundial que se llevaba nuestro chauvinismo a pasear por España, lejos de fusiles y trincheras olvidadas. En el número de decesos por suicidios, del cual ignoramos que llegó a ser superior que el de los caídos en combate.

El pasado año los matamos otra vez, cuando con total sumisión, aceptamos que por primera vez un presidente en ejercicio se ausentara al homenaje por el aniversario de la guerra y se encontrara de visita, precisamente, en el país que más contribuyó con la masacre en las islas, Estados Unidos. Y nos poníamos remeras con la bandera británica para desbordar el estadio Único de La Plata al ritmo de Coldplay, que no tenía por qué recordar a nuestros pibes, si al empresario argento que programó su gira por nuestro suelo, poco le importó el respeto por la fecha.

Un nuevo abril y volvemos a matarlos. Un presidente que ya dio, nuevamente, su “ausente con aviso”. La mirada con desdén a la casilla roja que cae en domingo, porque nos suprime la escapadita de la rutina. Es que los feriados suelen interesarnos más por la posibilidad de éxodo que por revisionismo. Con una cuota de suerte, colgaremos alguna gastada bandera de los balcones, aprovechando la esperanza depositada en las complicadas eliminatorias. Después de todo, ya nos hemos cobrado algunas de sus muertes con aquellos épicos goles de Maradona. Quizás esta vez sea Messi quien, si logra amnistía para su puteada, nos deposite en Rusia con nuestra argentinidad bien al palo y renovemos crédito para seguir matando a nuestros muertos de Malvinas sin culpa.

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