No se vuelve

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No interesa si son dirigentes sociales, sindicales, políticos, o referentes de espacios con una ideología opuesta. Si su reclamo es justo o no. Lo que realmente importa es imponer una cultura dominante que implica estigmatizar, criminalizar, y reprimir a quien sea un obstáculo. Mejor dicho, quien emerja como cultura contra-hegemónica.

¿Qué tienen en común los docentes que intentaron instalar una carpa frente al Congreso, los pibes de un comedor en Lanús, inundados en Pergamino, una murga en la villa de emergencia 1-11-14, los trabajadores de Cresta Roja, municipales del partido de La Plata, los Mapuches o, entre otros, Milagro Sala? Un mismo mecanismo de adoctrinamiento: la represión por parte de las fuerzas estatales en virtud de establecer el “orden público”. Sin embargo, no es la única similitud.

Los heterogéneos casos nombrados anteriormente comparten, además, una curiosa particularidad. A medida que se conocen, en algunos sectores de la sociedad el umbral de indignación empieza a reconocer un límite. El domingo, muchos encontraron el suyo: “De pegarle a los maestros no se vuelve”. Ahora bien, dicha frase hecha es, al menos, objetable.

El verbo “volver” da por sentado que se estuvo en un sitio y ya no. Al mismo tiempo, presupone una división de la que, originalmente, formaba parte. Entonces, se recae en un error común ya que, al afirmar que a partir de la represión se trascendió una frontera, se parte de una premisa falsa. En definitiva, el análisis del “no se vuelve” es una reacción tardía.

Asimismo ¿quién define el límite cultural? Lo cierto es que es una zona de conflicto donde se contraponen intereses. La puja está allí. No son los docentes, los trabajadores, los pibes del comedor y la murga, o los pueblos originarios. No si se los toma en lo particular. Es todo aquel o aquello que se interponga y se atreva a discutir las decisiones del gobierno. En otras palabras, quién le de batalla. Y no es cualquiera, sino que atraviesa todas las esferas públicas – política, económica y social –. Una batalla por un nuevo-viejo paradigma cultural.

No son los docentes, los trabajadores, los pibes del comedor y la murga, o los pueblos originarios. Es todo aquel o aquello que se interponga y se atreva a discutir las decisiones del gobierno. En otras palabras, quién le de batalla. Y no es cualquiera, sino que atraviesa todas las esferas públicas. Una batalla por un nuevo-viejo paradigma cultural.

Por otro lado ¿por qué conjeturar libremente que el macrismo pretende resolver los reclamos que le generan inconvenientes de cierta manera si sus antecedentes no marcan lo mismo? O acaso los dirigentes de Cambiemos son paracaidistas. En 2013, cuando el presidente era jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, la metropolitana reprimió indiscriminadamente a los pacientes del hospital neuropsiquiátrico Borda. O en 2014, hizo la vista gorda en el incendio intencional de Iron Mountain en Barracas en el que murieron ocho bomberos y dos rescatistas, por citar dos ejemplos.

Entonces resulta que son políticos que nunca ocuparon cargos con anterioridad y la persona que debe dar las garantías de integridad a cada ciudadano es la ministra de Seguridad, Patricia Bullrich. Por si falla la memoria, nunca está de más hacer un paréntesis y refrescar que fue ministra de Trabajo del gobierno de la Alianza y le quitó dignidad a los jubilados disponiendo de un recorte del 13 por ciento. Si se atrevió a semejante medida por qué ahora no acataría la orden del presidente de no querer “tibios”.

A su vez, en la semana en la que se produjo el primer paro nacional en contra del rumbo político y económico del macrismo, el Fondo Monetario Internacional (FMI) reiteró sus elogios al primer ministro argentino. Otra pata de la cuestión: la flexibilización laboral que implica bajar el poder adquisitivo y como expresó Macri, con su característico y nostálgico look noventoso portador de bigote, “los salarios son un costo más”.

En resumen, la lectura política va más allá de una paritaria nacional docente. No interesa si son dirigentes sociales, sindicales, políticos, o referentes de espacios con una ideología opuesta. Si su reclamo es justo o no. Lo que realmente importa es imponer una cultura dominante que implica estigmatizar, criminalizar, y reprimir a quien sea un obstáculo. Mejor dicho, quien emerja como cultura contra-hegemónica.

Finalmente, volviendo a la teoría planteada en un principio, puede que algo de razón tengan quienes replican el “no se vuelve”. En definitiva, no se puede regresar a un lugar en el que nunca se estuvo, ni pretendió estarlo.

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