No todo está perdido (Todavía)

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“¿Quién dijo que todo está perdido?, yo vengo a ofrecer mi corazón…” Reflexionar, en tiempos de pandemia, resulta bastante difícil para quienes deben encarar cada día la compleja rutina de la sobrevivencia. Tarea obligatoria del militante pero necesidad desechada por el ciudadano común. Pero será de esa rutina malvada que el gobierno podrá sacarlos con voluntad política y medidas que otorgue derechos reales. Será con el recuerdo de lo virtuoso de un pasado que no se puede olvidar, y será el fundamento de un futuro inmediato.

“¿Quién dijo que todo está perdido?, yo vengo a ofrecer mi corazón…” El gran Fito Páez sintetizó con esta estrofa, una manera de encarar las pérdidas, las derrotas, los desvíos de rumbos. Refiere a lo individual, pero abarca (¿cómo no?) a lo colectivo. La cuestión pasa por el contexto en el cual se intente “ofrecer el corazón”, el medio en el que se transcurra la existencia, el ámbito donde se desarrolle la disputa o el drama al que se deba encarar, la voluntad de quienes son los principales y mayoritarios protagonistas y la capacidad de decisión de aquellos que hayan sido erigidos como conductores del proceso que haya derivado en fracaso.
La construcción perversa de nuestra sociedad, la “fabricación” de individuos desconectados entre sí y alejados de la realidad, no es producto de la incapacidad de los gobernantes (no sólo), sino de la especulativa y precisa maquinaria de un Poder Real que se construyó a sí mismo desde los albores de nuestra existencia como Nación. A lo largo de la historia, se sucedieron hechos y sus consecuentes relatos, que moldearon las conciencias del Pueblo, esa enrevesada trama de individuos y sus complejas interrelaciones, que se fueron convirtiendo cada vez más en masa y cada vez menos en ciudadanos conscientes de sus derechos y capacidades colectivas.
La escuela y sus planes educativos destinados a formar personas atadas a conceptos de sumisión ante los poderosos y la imposibilidad de cambiar nada que a ellos les perjudique, fue el caldo de cultivo de las sucesivas generaciones que asumieron como irreversible el statu quo presentado como de origen casi divino (o sin el casi). Cada avance tecnológico fue aprovechado por los “señores” propietarios de nuestros destinos, para embaucar con mayor profundidad las almas buenas de las mayorías. Cada rebelión popular fue reconducida hacia el fracaso con ardides maquiavélicos que derivaron en años y décadas de retrocesos sociales.
Surgieron (no podían no hacerlo) reacciones a tales procesos odiosos. Aparecieron líderes diferentes a los acostumbrados “patrones de estancia” con los cuales se conducían los destinos del País. La Patria se volvió a parir, ahora con el protagonismo de los olvidados en las trincheras de la miseria, los eternos perdedores de cada contienda social, los expulsados del “paraíso” de los derechos, los fabricantes de todas las cosas que nunca consumían. El “barro” se sublevó y alcanzó a tocar el “cielo” de la justicia. Y cuando parecía que el destino se encaminaba a la permanencia de tales conceptos en las consciencias populares, estalló la represalia de los poderosos, que envolvió también a buena parte de los que, no hacía demasiado, habían sido rescatados de la pobreza a la que los condenaba el sistema anterior a la consagración de tantos derechos.
Muerte, desolación, caminos desandados por la fuerza, pérdidas de valores que habían elevado la calidad de vida, fueron el resultado lastimoso de semejante latrocinio histórico. Y sin embargo, hubo quienes “volvieron a ofrecer el corazón”, se armaron de coraje y pusieron por delante la voluntad de retomar la senda reconstructiva de aquel sueño de esperanzas rotas. Luchas inclaudicables, líderes de honestidades irreversibles, militantes corajudos de corazones ardientes de pasión patriótica, pudieron revertir aquella noche de años de retrocesos. Fue como un estallido momentáneo, una luz que fue cegada casi de inmediato, para dar paso a la más cruel de las enajenaciones de la razón y la justicia, ahora convertidas en informe masa de codicias revanchistas, donde la muerte fue su común denominador y el robo descarado de la Nación el resultado final antes del regreso condicionado de la supuesta “democracia”.
Retomado el camino de la urnas, los poderosos planificaron desde entonces (o desde antes, claro que sí), un proceso interminable de manipulaciones de la realidad, donde la verdad transitaba por caminos diferentes a lo que se mostraba, cuando la concentración mediática comenzó a auto-parirse por quienes se fueron convirtiendo en el auténtico Poder en las sombras. La economía, mientras tanto, se encarrilaba por la acción de “los mercados”, esa entelequia maniquea detrás de la cual se esconden las caras de los verdaderos autores de nuestras desgracias permanentes.
En nombre de un nombre consustanciado con el Pueblo como nada ni nadie en nuestra historia, se aplastó al Estado, se lo transformó en herramienta del Poder Real, se atravesó a la sociedad con conceptos degradantes de sus condiciones ciudadanas y se vendió al peor postor cada “joya de la abuela” que había sobrevivido a las décadas de infamias “liberales”. Su “uno a uno” produjo el desfalco más extraordinario de la historia a la Nación, conduciéndola a la más profunda de las crisis y la huida de su último defensor en un helicóptero que dejó atrás sólo muerte y desolación.
La historia volvió a parir, esta vez a una pareja de notables líderes que se pusieron al frente de un desafío: reasumir las banderas primigenias del Movimiento que los originara y los contenía, y domar la bravura maliciosa de los poderosos para modificar la correlación social de profunda inequidad. Otra vez la voluntad ganándole a las especulaciones miserables de sus enemigos ideológicos. Nuevamente el coraje por delante de la acción reparadora de tanto tiempo perdido detrás de las mentiras economicistas de los dueños del Poder. Pero también, otra vez el recrudecimiento de los ataques reaccionarios, la mentira organizada detrás de los escritorios de los que manejan los hilos ocultos de las finanzas. La cultura de la destrucción de la verdad fue ganando terreno aún ante las evidencias palpables de la realidad transformada en logros que parecían perdidos para siempre. La mediatización de los acontecimientos fue la base para maniobrar frente a la voluntad popular, y los avances fueron negados teniéndolos a la vista.
Se impuso el odio ante el corazón ofrecido, tal vez, con demasiada benevolencia. Y surgió una figura repulsiva elevada al rango de líder de una Nación que no le importó nunca a su clase. Destruyó cada hecho favorable al Pueblo. Desarmó cada proceso beneficioso para la elevación de la calidad de vida de los ciudadanos. Acabó con los esfuerzos de desendeudamiento para terminar convocando al enemigo número uno de las economías nacionales, el FMI, y destrozar años de sacrificios de todo un Pueblo para liberarse de sus “recetas” desestabilizantes. Cuando se fue, lo hizo refunfuñando su derrota electoral entre devaluaciones exorbitantes y dejando un campo minado de miserias materiales y de las otras.
Su derrota fue la virtuosa maniobra de la figura que resulta ser el objeto de todos los desvelos del Poder Real y el centro infaltable de los delirios odiadores de los medios hegemónicos y la masa de imbéciles que les siguen. Midiendo sus pasos, caracterizando la situación y sus protagonistas, postergando su propios valores de liderazgo para ceder espacios polítcos, resolvió el teorema de la “imposibilidad del regreso del populismo”. Y trazó un camino que duró hasta la llegada de la pandemia, fruto de la cual se perdieron algunos rumbos y postergaron (mal) procesos de justicia social que imperiosamente necesitaban vastos sectores de la población.
La conformación heterogénea del gobierno, los arreglos cupulares, los manejos egoístas de determinados sectores institucionales del Estado por parte de cada grupo de los que se establecieron como alianza electoral, fue minando la relación con las bases militantes y degradando la confianza de las mayorías que habían expresado su esperanza con los votos. La guerra mediática y judicial continuó (no cabía otra posibilidad), contra la cual nada se resolvió hacer, más que contestar cada brutalidad con temerosas respuestas de ocasión. La voluntad reparadora y justiciera, aparecía devastada por las formalidades inconducentes. Los medios de comunicación del Estado fueron entregados a figuras cuyas voluntades políticas en nada se corresponden con las que se votara en 2019. Las expresiones gubernamentales se redujeron a visitas a los medios enemigos del Pueblo, alimentando la maquinaria de odio fabricada para acabar (una vez más) con su experiencia soberana.
Sólo la voz contundente de la única líder capaz de trazar estrategias políticas, actuó como advertencia de los posibles daños al camino que se debía estar recorriendo. Pero no fue suficiente para modificar las taras propias de una estructura abroquelada en grupos de influencia que determinan cada paso en relación más con sus intereses, que en las necesidades populares a las que se deben. Así fueron elegidos los candidatos, más como un “toma y daca” entre los sectores que conforman el espacio unitario, que como resultado de un auténtico análisis de las capacidades y probabilidades de cada quien. Escuchar, una vez más, se convirtió en el verbo menos utilizado por dirigentes que tienen el mando, pero no conducen.
Ahora, como es lógico, llega la etapa de los reproches. Los habrá de los honestos y también de quienes buscan sólo ventajas personales. En todo caso, eso no le importará demasiado al común del electorado, mucho más preocupado por resolver sus angustias existenciales (materiales y espirituales) que en atender las especulaciones políticas dirigenciales. Esta desidia popular, también es el fruto amargo de la construcción de una idiosincracia donde prevalece la salvación individual por sobre la colectiva. Un armado de subjetividades para el que también se utilizó el bestial poder mediático hegemónico de los “Clarines” y “Naciones”, logrando el éxito innegable frente a la nada misma de las imprescindibles respuestas gubernamentales en ese ámbito.
Reflexionar, en tiempos de pandemia virósica (y política), resulta bastante difícil para quienes deben encarar cada día la compleja rutina de la sobrevivencia. Aunque es una tarea obligatoriamente elemental del militante, es una necesidad, en general, desechada por el ciudadano común. Pero será de esa rutina malvada que el gobierno podrá sacarlos con voluntad política y aplicación de medidas que otorgue derechos reales, que les haga sentir que son parte del objetivo y no simple masa conducida hacia uno u otro lado. Será con el recuerdo de lo virtuoso de un pasado que no se puede olvidar, pero que no puede convertirse en la única oferta electoral, sino el fundamento de un futuro inmediato, que se vislumbre con claridad, explicando el cómo y el cuándo de cada propuesta, que genere certezas creíbles y palpables para las mayorías postergadas y los sectores populares afines a los mismos intereses.
Es regresando a la verdad mil veces recitada pero muy pocas veces implementada de la Justicia Social, que el Pueblo auténtico, el tantas veces degradado y olvidado, podrá extraer la simple conclusión de sentirse protagonista de los destinos que, hasta ahora, se pergeñan entre las cuatro paredes de un poder político que no luce como tal, sino como apéndice del otro, del Real, del que nos viene aplastando a lo largo de la historia que, encima nos la contaron tergiversada, para que no entendiéramos nuestros verdaderos orígenes, nuestros arraigos a esta Patria malversada en los libros, pero latente en los corazones de cada argentino y argentina que sólo necesita el pequeño empujón de la voluntad de sus líderes.
Pero sólo de aquellos que vengan a ofrecer el corazón sin pedir nada a cambio, para que no se pierdan para siempre los sueños sencillos y perdurables de soberanía e independencia, las bases ineludibles para una auténtica vida con justicia social.

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