Okupas y los ’90. Análisis sobre un contexto histórico

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Todos los procesos históricos, por monstruosos o felices que sean, tienen un correlato en la literatura. Aquella historia del joven estudiante de 23 años que asesinó a una vieja usurera en San Petesburso no surge simplemente de la imaginación de F. M. Dostoievski. Se trata, muy a diferencia de lo que estos literatos de best sellers nos quieren enseñar, de expresiones de la realidad, que primero se internalizan en la mente del artista, luego éste las interpreta y por último las externaliza -de una forma bella u horrible, utilizando las herramientas de lo fantástico o de lo realista, a través de la pintura, de la palabra o del cine.
Okupas, la serie que nació en las postrimerías de los ’90, claramente no es la excepción. Como bien analiza Ernesto Sábato, los contextos históricos que dan forma a la novela, tan solo sirven para enmarcar algo más profundo: el corazón humano. La historia de los cuatro amigos no puede ser analizada fuera del contexto histórico en el que se desarrolla, pero tampoco omitiendo las manifestaciones del corazón humano que en ella se transmiten: la valentía, el amor, la amistad, la desolación, la esperanza. Todo esto es Okupas.
La serie surge luego del largo proceso de desindustrialización del liberalismo económico, luego de la aparición de las villa-miseria y cuando la precarización laboral sumió a la mayoría de los jóvenes en el desempleo y la desesperanza. Quien vea en esta historia a cuatro amigos que pretenden usurpar un conventillo, está omitiendo -posiblemente de una forma deliberada-, todo el contexto histórico. ¿Cuántos argentinos se ven reflejados en aquella escena donde Walter y el Chiqui van a trabajar a una obra en construcción a cambio de… un pavo? Sé que no faltarán los que pregonen: “Es la libertad, estúpido”. Es la libertad de elegir, no lo voy a negar. Pero ¿qué libertad es la que condena al individuo a elegir entre la muerte por inanición y el trabajo esclavo? Este episodio, creo, puede ser catalogado como la mejor alegoría sobre la liberalización de la economía.
No obstante, esta precarización, esta falta de oportunidades, no solo se manifiesta en la carencia de bienes materiales, en la desesperación y en la búsqueda constante de un poco de bienestar. Este infortunio también lleva consigo un correlato espiritual, utilizando los términos de Sábato. Existe una escena que suele pasar desapercibida, en el episodio seis. Luego de abandonar el conventillo, los cuatro amigos van a pasar la noche al teatro San Martín. Se lo ve a Ricardo acostado bocarriba sobre una escultura, con una lágrima sobre la mejilla. Gira fortuitamente la cabeza y ve pasar a dos músicos de traje. “Soy un fracaso”, exclama. “Tengo veinticuatro años y no sé para qué carajo estoy acá”. A lo que el Pollo le responde con voz despreocupada: “Vos no te hagas problema que ya somos cuatro”. Walter y el Chiqui, acostumbrados a esa desesperanza, se ríen. Inmediatamente, Ricardo continúa: “¿Viste los pibes que están ahí? Ahí está la diferencia, ellos saben qué es lo que quieren ser”.
—¿Y qué querés? —remata El Pollo— Julito Cruz fue jardinero, hasta que le tocó jugar en River.
Esta escena, por trivial que parezca, creo que es la que mejor manifiesta la desesperanza en la juventud de la época. No se trata solo del hambre que ocasionó la desindustrialización y la financiarización de la economía. La serie muestra, además, cómo les habían arrebatado a millones de pibas y pibes el futuro. Incluso, creo, se trata de algo peor. Les habían arrebatado la percepción del futuro; la imagen del futuro; la idea del futuro. En otras palabras: la esperanza. Por un lado están los jóvenes privilegiados, los que pueden comprarse violines, trajes y corbatas e ir a tocar al teatro; por el otro, tenemos el infortunio, viéndose cara a cara*. Asimismo, también se había producido una aceptación cultural de esa desdicha. En el comentario de El Pollo ¿Y qué querés? Julito Cruz fue jardinero, hasta que le tocó jugar en River, aparece la llamada “meritocracia”. Esa idea de que cualquier jardinero puede llegar a ser futbolista, solo porque uno de ellos lo había logrado.
Finalmente, tenemos los valores. La marginalidad muchas veces nos lleva a la desesperanza, para luego darnos a conocer lo profundo del corazón humano. Por muy dicotómica que parezca la serie, dividida entre buenos y malos, pienso que en realidad se intentan mostrar las dos caras de la marginalidad: la perversión del alma humana y la prevalencia de los valores. Por un lado (alerta, spoiler), vemos gente capaz de violar a un ser humano por pura maldad. Por otro lado, vemos un grupo de amigos que son capaces de arriesgar su vida por el otro. Cuando se comparten un pancho para dos, o una exigua olla de arroz para cuatro (bueno, perdón, para “cinco, con Severino”), ¿qué se está mostrando sino el valor de la vida, de la amistad, del amor? Ahora me hago otra pregunta: ¿por qué es en las situaciones de extrema miseria cuando surge lo peor y lo mejor del ser humano? Pienso que cuando los disfraces de la sociedad, las obligaciones pecuniarias y los compromisos superfluos desaparecen, quedan al descubierto los verdaderos dilemas del individuo, como el amor, la tristeza, la esperanza. Es entonces que nos enfrentamos a la muerte, porque la conciencia nos recuerda que debemos morir. Como sostiene Miguel de Unamuno “Pensamos para olvidar que debemos morir”. Pues bien, podríamos decir del mismo modo que trabajamos para olvidar que debemos morir, organizamos reuniones sociales para olvidar que debemos morir, formamos familias para olvidar que debemos morir. Por lo tanto, cuando todo esto desaparece, cuando el sistema nos arrebata todas estas trivialidades, nos enfrentamos a la muerte, y es en esa cavilación sobre la muerte que nos preguntamos para qué vivimos, qué somos y por qué estamos acá. Y es inevitable, en esta encrucijada sin salida, preguntarnos por los demás. Solo así el otro adquiere algún tipo de entidad, ya sea para el bien, como para el mal.

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