Roma no paga traidores

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Las conductas humanas pueden resultar más o menos reprochables, Judas no fue el primero ni el último, pero quién se atrevería a celebrar la infamia, quién tendría la osadía de ensalzar el proceder aleve, contrario no sólo a la lealtad peronista sino a la confianza del Pueblo todo.Debería recordar el senador Pichetto, si sólo su interés individual y mezquino es lo que se somete a consideración, aquellas palabras que el cónsul romano diera como recompensa a los que él mismo había convencido de matar a Viriato: «Roma no paga traidores».

Resulta absolutamente execrable para un espíritu de buena voluntad el escenario de justificación de la traición que montó el senador Miguel Ángel Pichetto en un restaurant porteño. Constituye un panegírico obsceno de la transgresión del valor fundamental sobre el que debe cimentarse toda relación de la clase política con el electorado. Es la política del disvalor, la propuesta sin ambages de un futuro inmoral y absurdo.

Las conductas humanas pueden resultar más o menos reprochables, Judas no fue el primero ni el último, pero quién se atrevería a celebrar la infamia, quién tendría la osadía de ensalzar el proceder aleve, contrario no sólo a la lealtad peronista sino a la confianza del Pueblo todo, al que se le pretende instruir ahora que la simiente del futuro está en la deslealtad.

Conjuntamente con la proclama de la deshonestidad traen en carpeta un proyecto de mayor empobrecimiento y castigo a los sectores más vulnerables. Reforma laboral y jubilatoria son los dos grandes «negocios» que pretenderán concretar para transformar a la Argentina en una verdadera ganga para los capitales foráneos. A lomos de la infamia esgrimen inmisericordes las espadas de la miseria.

Habrá que ver cuán dispuestos estamos a tolerar semejante impudicia, la de proponer la traición como un valor constructivo digno de ser practicado. Las urnas no sólo proclamarán vencedores, también serán el claro indicador de nuestra estatura ética.

Debiera recordar el senador, y todos debiéramos tener presente que lo peor es corrupción de lo mejor, y que quienes ocupan posiciones influyentes ya no toman decisiones individuales sino de trascendencia colectiva, siendo su ejemplo un horizonte para el proceder de las mayorías.

También debiera recordar el senador, si sólo su interés individual y mezquino es lo que se somete a consideración, aquellas palabras que el cónsul romano diera como recompensa a los que él mismo había convencido de matar a Viriato: «Roma no paga traidores».

Foto: «La muerte de Viriato», José de Madrazo y Agudo, 1807.

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