Iglesia y aborto: historia de una mentira

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La enorme presión que hoy ejerce la Iglesia Católica sobre los senadores que van a votar la IVE se basa en conclusiones sin sustento tomadas a partir del estudio con microscopios antiguos sobre los embriones. Durante más de 1850 años la Iglesia Católica aceptó el aborto. Lo condenó recién en 1869 basada en la mentira de «los pequeños hombres». Historia de las teorías sobre la vida del embrión.

Estamos en un punto inflexión en la historia argentina. El Senado se apresta a tratar la ley de interrupción voluntaria del embarazo, que ya fue aprobada en la Cámara de diputados, y la Iglesia despliega todo su poder para torcer el voto de los senadores. Su presión pública la hizo la Conferencia Episcopal Argentina (CEA) con un mensaje navideño donde habló de la “febril obsesión por instaurar el aborto en la Argentina“ y se dedicó a listar otros problemas «más urgentes».

La militancia antiderechos está muy activa en todos los rincones del país. Una mezcla de argumentos aniñados con fundamentalismos religiosos y una buena dosis de oportunismo político ofrecen un cóctel que encuentra en la Iglesia su gran columna de apoyo.

En países como Canadá, Estados Unidos, Uruguay, India, los países de la antigua órbita soviética y la mayoría de los países de Europa, el aborto es legal a petición o demanda de la mujer durante cierto período de gestación.

Más del 95 por ciento de las mujeres europeas, en edad reproductiva, viven en países donde las leyes permiten el aborto. Sin embargo, todavía está prohibido o extremadamente restringido en seis países europeos. En los 6, el motivo central es el peso de la Iglesia.

Aunque parezca mentira, la cruzada internacional de la Iglesia católica contra la interrupción voluntaria del embarazo es relativamente reciente. El año clave es 1869, cuando el Papa Pïo IX declaró que el embrión tenía alma, condenó el aborto y llamó a prohibirlo en todo el mundo. Y justamente en 1869, en Argentina, se publicó el Código Civil escrito por Dalmasio Vélez Sarfield en el que se hizo una clara distinción entre un embrión y un niño.

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Es interesante hacer un recorrido histórico para llegar a las posturas de la Iglesia y de sus inspiradores previas a 1869.

Entre los filósofos griegos, Sócrates mantenía que el aborto era “un derecho de las mujeres y los hombres no tenían voz en estos asuntos”. Otro filósofo estoico, Epicteto, en el siglo II d.c., escribió: “es equivocado llamar estatua al cobre en estado de fusión y hombre al feto”. Platón recomendaba el aborto a mujeres mayores de 40 años y decía que las comadronas podían practicarlo si lo veían conveniente. En ese entonces, se podía vender, abandonar o matar a un hijo.

La ciencia ha dicho cosas muy contradictorias al respecto, algunas lindantes con pasos de comedia. En 1694, Nicolas Hartsoeker descubrió «animalúnculos» en el esperma de humanos y otros animales. La escasa resolución de aquellos primeros microscopios hizo parecer que la cabeza del espermatozoide era un hombre completo en miniatura. A raíz de esa observación se desataron las teorías que afirmaban que el esperma era de hecho un «hombre pequeño» (homúnculo) que se ponía dentro de una mujer para que creciese hasta ser un niño. Estos «pensadores» llegarían más tarde a ser conocidos como los espermistas. Se pensaba que ya desde Adán estaba enclaustrada toda la humanidad, que se iría transmitiendo a su descendencia. Sin embargo más tarde se señaló que si el esperma era un homúnculo, idéntico a un adulto en todo salvo en el tamaño, entonces el homúnculo debía tener su propio esperma. Y así nos perdemos en el laberinto espermista sin sacar ninguna luz.

Santo Tomás de Aquino -1225-1274-  en su escrito “Suma Teología”, hizo un seguimiento de los planteos de Aristóteles: “el alma no es infundida antes de la formación del cuerpo”. Sin viajar tanto en el tiempo esta misma idea predominaba en otros pensadores cristianos. San Agustín -354-430 d.C-, obispo de Hipona, era uno de ellos: consideraba que el embrión no tenía alma hasta el día 45 después de la concepción.

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Esta postura fue la que adoptó la Iglesiaen 1312, en el Concilio de Vienne convocado por el Papa Clemente V. Sin embargo, en 1869 cuando el Papa Pío IX con el  “Apostolicae Sedis” determinó que los embriones poseen un alma a todos los efectos desde el momento de la concepción justificándose con “pruebas” presentadas en los primeros microscopios de la época. Los científicos de entonces creyeron ver en el embrión a personas humanas diminutas, por lo cual la práctica del aborto era equivalente al homicidio. Claro que la resolución de esos microscopios convierte a esas conclusiones en algo totalmente arbitrario. Es decir, que en más de 1850 años de historia, la iglesia no condenó al aborto. Y cuando lo hizo, se basó en conclusiones sin sustento real.

Lo que condenó siempre la Iglesia Católica, más que el aborto, fue la fornicación, tener sexo sin el objetivo central de la procreación. En un excelente trabajo de investigación y reflexión, la filósofa, Laura Klein, en el libro Fornicar y matar desarrolla estas tesis: “Es fundamental subrayar que ningún Código Penal, por represivo que sea respecto del aborto, lo tipifica como a el homicidio. Y esto porque ningún Código Civil equipara persona nacida con persona por nacer”. Por eso cita el ARTICULO 74 .-“Si muriesen antes de estar completamente separados del seno materno, serán considerados como si no hubiesen existido”.

Reprimir el sexo explica el por qué «no a la Educación sexual», «no a los preservativos», «no a las pastillas», «no a los métodos anticonceptivos», y en un ponto el «no al aborto». Incluso el «no a la homosexualidad» en tanto es “no al sexo por mero placer”. Ni siquiera en el reducido al ámbito del matrimonio se permite el sexo en forma indiscriminada. Es el control social. No hay cruzada contra el aborto, hay cruzada contra la legalización. Atrapados en una concepción familiar que ya no es la forma exclusiva en la que los humanos nos relacionamos.

En el libro del Génesis podemos leer la concepción esgrimida por un dios enojado con Adán y Eva por comer la manzana prohibida y le dice a ella: «Multiplicaré tus dolores en tus preñeces, con dolor parirás tus hijos y estarás bajo la potestad de tu marido y él te dominará». El tema es fornicar. El problema de la mujer deseante es que no cumple con la norma de ser simplemente una madre.

En 1900 la ilegalidad del aborto ya se había extendido a casi todo el mundo, aunque se autorizaba en casos donde la madre corría peligro de muerte. Aun así, las mujeres continuaban abortando a puertas cerradas.

El 18 de noviembre de 1920 la Unión Soviética se convirtió en el primer país en despenalizarlo y luego se extendió a todo el bloque soviético: Checoslovaquia, Hungría y Polonia (que ahora mismo está en una lucha frontal por el tema).

El decreto de legalización de la interrupción del embarazo en la URSS tiene cien años y sin embargo parece escrito ayer: «La legislación de todos los países combate este mal mediante el castigo a las mujeres que deciden abortar y a los médicos que llevan a cabo la operación. Sin haber obtenido resultados favorables, este método de combatir el aborto condujo estas operaciones a la clandestinidad y convirtió a la mujer en una víctima de mercenarios, a menudo ignorantes, que hacen de las operaciones secretas su profesión«, se leía en el preámbulo del decreto. Y continua: “I. El aborto, la interrupción del embarazo, (…), se llevará a cabo gratuitamente en los hospitales del estado, donde las mujeres gocen de la máxima seguridad en la operación”. («Decreto del Comisariato del Pueblo para la Salud y el Bienestar Social y del Comisariato del Pueblo para la Justicia en la Rusia Soviética”, La Internacional Comunista de las Mujeres, abril de 1921). En nuestro continente fue Cuba, en 1965, el primero en despenalizarlo.

En Estados Unidos hay un indicio en 1973, por la sentencia de la la Corte Suprema en el caso «Roe vs Wade», que fue favorable al aborto, pero recién en 1975 se promulgó la Ley Veil, que autorizaba el aborto libre y gratuito.

La decisión de Estados Unidos sembró el germen de legislaciones que permiten el aborto en Francia, Austria y Suecia en 1975, Alemania Occidental y Dinamarca al año siguiente, Luxemburgo en 1978, Holanda en 1981, Portugal en 1984, España en 1985, Grecia en 1986 y Bélgica en 1990.

En México el aborto es legal en sus 32 estados para los casos de embarazo por violación. El único estado en el que el aborto es legal para cualquier mujer es la Ciudad de México, que en 2007 reformó su Código Penal.

El caso en Chile el 14 de septiembre de 2017 la entonces presidenta, Michelle Bachelet, promulgó una histórica ley que despenaliza el aborto voluntario en tres casos: cuando exista riesgo de vida para la madre, inviabilidad del feto, o violación. Desde 1931 estuvo vigente en el país una ley de aborto terapéutico que la dictadura militar de Augusto Pinochet (1973-1990) derogó pocos meses antes del término de su régimen. Hasta la sanción de la ley en 2017, el aborto en cualquier circunstancia era castigado con penas de prisión. La interrupción voluntaria del embarazo fue legalizada en 2012. La ley le quitó responsabilidad penal a la mujer que recurra a un aborto en las primeras doce semanas de embarazo.

Nadie cree realmente que se trate de un asesinato, nunca fue así en nuestro Código civil ni en el Código penal. Tampoco se trata de una vieja tradición de la Iglesia. Es una recurrente chicana en el debate que ha obligado a la clandestinidad y muerte a miles de mujeres; y a llevar a término millones de embarazos no deseados.

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Recordaremos esto con extrañeza, como cuando pensamos que las mujeres no podían votar, o los matrimonios no se podían divorciar. Pero ahora, es indispensable llevar esta lucha hasta terminar con una pesada aberración de las leyes argentinas.

Durante demasiadas décadas las mujeres fueron obligadas a llevar a término embarazos no deseados, obligadas a practicarse abortos en forma clandestina, conducidas a morir fuera de todo cuidado digno. Hay optimismo entre las impulsoras del proyecto, creen que el número de senadores necesarios para aprobar el proyecto está garantizado, pero extreman el cuidado y no se confían. Las versiones acerca de una posible modificación del proyecto, que haría que se extiendan los plazos, ya fueron descartada por el oficialismo. Todo se definirá este martes. Pero el factor Iglesia a la hora del voto de algunos representantes de las provincias no está despejado.

Hasta hace una semana, la paridad parecía total y se especuló con la posibilidad de un empate que abriría la puerta a una definición con el voto de la vicepresidenta, Cristina Fernandez. Esa imagen, sin duda épica, y casi como una revancha histórica del voto no positivo de Julio Cobos en 2008, parece estar alejándose. Se afirma la idea de una leve, pero suficiente ventaja de los pañuelos verdes. A diferencia de lo que ocurrió hace dos años, la voluntad del Poder Ejecutivo está sirviendo para empujar voluntades y como escudo ante tantas presiones corporativas con la Iglesia católica a la cabeza. En 2018, el gobierno de Macri había allanado el debate, pero luego jugó todas sus fichas para que el proyecto de ley sea rechazado.

La discusión, como durante todo el año desde que se declaró la pandemia por coronavirus, volverá a ser a través de videoconferencia y sólo se permitirá a poco más de una docena de legisladores en el recinto: cuatro por cada uno de los dos bloques mayoritarios (el Frente de Todos y Juntos por el Cambio) y seis por las demás bancadas.

El proyecto que se tratará, fue girado al Senado luego de haber sido aprobado en Diputados el 11 de diciembre, por 131 votos a favor, 117 en contra y seis abstenciones: un margen más amplio del que había obtenido cuando fue aprobado en 2018. Aquella vez, el expediente chocó con la negativa del Senado, que lo rechazó por 38 a 31, con dos abstenciones y una ausente. En las misma sesión, como sucedió en la Cámara de Diputados, el oficialismo pondrá a consideración el denominado Plan de los 1.000 Días, para la atención y el cuidado de la salud durante el embarazo y la primera Infancia.  A diferencia de la legalización de aborto, se espera que el texto sea aprobado por unanimidad por la Cámara alta ya que, durante su discusión en comisiones, obtuvo el apoyo de todos los bloques parlamentarios.

El proyecto establece una nueva asignación por Cuidado de Salud Integral, que consiste en el pago de una Asignación Universal por Hijo (AUH) a concretarse una vez por año para ayudar al cuidado de cada niño o niña menor de tres años. Al mismo tiempo, extiende la Asignación Universal por Embarazo (AUE), que pasará de tener seis mensualidades a nueve, para abarcar la totalidad de la gestación.

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Sergio Wischñevsky

Sergio Wischñevsky

Historiador, periodista y docente de la UBA. Columnista en Radio del Plata en el programa Siempre es hoy. en Radio Nacional en el programa Gente de a Pie y en La Liga de la Ciencia.

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