Antropoceno e intangibilidad | ¿Cómo preservar lo que se extingue?

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¿Cómo capturar la escala planetaria del Antropoceno? Huracanes, sequías, inundaciones, la pérdida de diversidad humana y no humana son algunas de las múltiples marcas que va dejando el colapso ecológico. En este proceso que abarca sociedades enteras, las historias personales se tejen con las ruinas que deja a su paso. Gisela Heffes propone en este ensayo apelar a la imaginación como forma de resistencia, no para vislumbrar lo que se extingue, sino para retener lo que aún está: construir un futuro hecho de los retazos de este presente.

Ilustración: Florencia Merlo

Publicada en Anfibia

Aunque el término Antropoceno pueda resultar controversial a la hora de definir un momento específico como el actual, manifiesta, a su vez, una urgencia. Una pulsión por darle nombre a lo que es demasiado vasto e ínfimo a la vez, demasiado abstracto y concreto, un fenómeno, un momento, un período, una instancia que no sabemos aún si será pasajera o permanente, si precederá a otras, menos destructivas, o si devendrá esa distopía que tantos escritores, artistas, y documentalistas se lanzaron a imaginar y plasmar, en las últimas décadas, impulsados por una catarata de desastres (no) naturales, una inundación de información, una lluvia de acontecimientos que exigían –y continúan exigiendo– una fundamentación.

Nuestro vocabulario también, en ese intento, está cambiando. No es casual el uso de una terminología hídrica para referirme a estos eventos: catarata, inundación, lluvia. Mi imaginario se encuentra atiborrado de un repertorio acuático. Un expediente visual y lingüístico que internalicé, sospecho, en el verano de 2017 cuando mi casa, mi barrio, mi ciudad sufrió uno de los peores huracanes registrados en la historia. Se estima que Harvey vertió sobre el sur de Texas unos 86 billones de litros de agua. En el condado de Harris, donde se encuentra la ciudad de Houston, cayeron 4.5 billones de litros en sólo cuatro días. Hizo falta sólo cuatro días para que el Antropoceno introdujera en mi existencia memorables postales fluviales. Imborrables momentos, como reza el bolero.

Pero el debate en torno a la relevancia de términos como Antropoceno, Capitaloceno o Plantacionoceno involucra, como sugiere Donna Haraway en “Anthropocene, Capitalocene, Plantationocene, Chthulucene: Making Kin” (2015), cuestiones de escala, la relación entre frecuencia, porcentaje y velocidad, sincronía, y una red de complejidades donde se ponen en juego sinuosos dispositivos de correlaciones y correspondencias. Denominaciones como Capitaloceno o Plantacionoceno entrañan en sí la idea de que la maquinaria capitalista junto a la expansión extractiva son responsables de las transformaciones devastadoras implementadas por la acción humana a través de la creciente producción global de, entre muchos, la ganadería industrial de las macrogranjas, el agronegocio del monocultivo, la sustitución de bosques multiespecies –los cuales sostienen biomas específicos que nutren poblaciones humanas y no humanas– por inmensas plantaciones extractivas y cerradas, basadas en formas laborales ilegales, tipos de explotación que reproducen no sólo condiciones de esclavitud, sino una coyuntura de explotación y alienación que acompaña, a su vez, el desplazamiento forzado de personas, comunidades, pueblos enteros.

Ilustración Florencia Merlo

Algunos críticos, siguiendo a Jairus Grove, prefieren calificar esta era como la del Euroceno, teniendo en cuenta que es en Europa donde se gesta una visión adversa respecto a la naturaleza, y donde surge un sistema económico basado en la expansión geográfica. Euroceno, dado que en el registro geológico se ven las huellas de un ensamblaje de jerarquías, desde la superioridad racial hasta la hegemonía económica y el reasentamiento global que permiten leer y comprender los mecanismos que fueron edificando las bases y dieron lugar a esta instancia. Pero la naturaleza en cautiverio no implica solamente cambio climático. Se configura, también, a partir de la enorme producción y disposición de sustancias químicas, la extracción minera junto al agotamiento de las reservas energéticas y de los lagos y acuíferos subterráneos, como así también la disputa en torno a la soberanía alimentaria. Es la simplificación de ecosistemas, reducción y apropiación de territorios que acompaña grandes genocidios de personas, especies, y ecosistemas. Una simplificación que puede, como sugiere Anna Tsing (“Feral Biologies”, 2015), eliminar la mayor parte de los refugios que sirven de soporte a diversos grupos de especies (humanas y no humanas) y los cuales contribuyen a una recomposición en tanto respuesta a eventos extremos como la desertificación o la deforestación.

Estas problemáticas, según advierte Haraway, evocan el postulado de Jason Moore de que la naturaleza “barata” está llegando a su fin, y que el abaratamiento de la naturaleza ya no puede sostener por mucho más tiempo la extracción y producción en el/y del mundo contemporáneo, dado que un gran porcentaje de las reservas de la tierra ya han sido extenuadas.

 

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Intangibilidad

A pesar de todas las variantes terminológicas, las categorizaciones y nomenclaturas posibles, hay algo intangible en este fenómeno que provoca tensiones, porosidades, contradicciones. Según el diccionario de la Real Academia Española, intangible es un adjetivo que significa “Que no debe o no puede tocarse”; otro diccionario en línea, del cual nunca escuché, ofrece otra definición de “intangible”: “La palabra intangible está compuesta por los siguientes términos de origen latino: el prefijo de negación “in” y el adjetivo tangibilis a su vez derivado del verbo ‘tangere’ que significa ‘tocar’. Lo intangible es aquello que no podemos tocar por carecer de materia o cuerpo”. Ahora bien ¿son los fenómenos atmosféricos intangibles? ¿Se pueden tocar los cambios en la presión, la humedad o la temperatura del aire que los generan?

En particular, me inquieta cómo lo intangible del Antropoceno puede tornarse tangible. Esto obedece a dos razones diferentes: primero, porque la noción misma de Antropoceno concibe, tal como la acuñaron en el año 2000 Eugene Stoermer y Paul Crutzen, la noción de que los humanos constituyen una fuerza geológica en la Tierra. Si las acciones antropogénicas son capaces de alterar nuestras nociones del tiempo e historia tanto a nivel geológico como evolucionario, ecológico y de nuevo, humano, ¿es posible calibrar, palpar, tocar esa fuerza? Esto me lleva a la segunda razón: si no es posible encontrar lo tangible del Antropoceno luego será aún más difícil darle sentido a las transformaciones que nos afectan e impactan a diario.

Para pensar en esta tensión entre lo tangible e intangible, y en cómo una presencia inaprensible puede generar ausencia, voy a proponer dos ejemplos a partir de los cuales definir la materialidad del Antropoceno.

Imagen del Huracán Harvey

El primer ejemplo es el del huracán Harvey. En esta fotografía se ve su formación a través de una imagen satelital tomada por la NASA. Harvey llegó a finales de agosto de 2017 como un huracán categoría 4. Las dos imágenes siguientes son stills de un video capturado por la NASA.

El video incluye vistas de la Estación Espacial Internacional grabadas el 25 de agosto de 2017 a las 5:15 pm, hora del este (EEUU). Además de lo inédito de este fenómeno, Harvey trajo consigo una serie de imágenes urbanas con las cuales los residentes de Houston y el condado de Harris ya estaban familiarizados. Harvey no era sino una versión más drástica –o menos indulgente– en una secuencia de inundaciones que venía dejando a sus habitantes desalojados. Pero este fenómeno atmosférico que comenzaba a verter enormes chorros de lluvia comenzó, gradualmente, a volverse material a través de la tangibilidad líquida y fluida del agua.

Estas fotos las tomé yo desde una residencia elevada que nos albergó luego de salir a las cuatro de la madrugada con mi familia por temor a quedar atrapados en nuestra casa. Éramos nueve los refugiados. Desde allí podíamos ver a nuestros vecinos navegar en bote, de casa en casa, ofreciendo ayuda a quienes no pudieran salir, incluyendo mascotas. En otros casos, las personas debían ser rescatadas por medio de helicópteros. En estas dos imágenes puede verse otra casa bajo el agua y, a la derecha, mi esposo y un vecino rescatando a una anciana.

La imagen derecha es el still de un video de la televisión española. En este punto el Antropoceno se impuso como una realidad física e inefable. Porque, a pesar de su acuosidad, el agua no sólo puede palparse, sino que además penetra la materia, se filtra por ranuras impensadas, traspasa sustancia tras sustancia hasta ingresar y ascender en ese receptáculo físico que lo contiene y que, para muchos –sino la mayoría– se llama hogar.

El horror pluvial cedió, dando paso a una realidad material diferente.

¿Cuál es el legado que, en tanto especie, generamos a través de procesos geomórficos y biomórficos? En un momento –mejor dicho, una era– de extremos, desde la desmesurada y sistemática extracción de hidrocarburos, a los violentos cambios de temperatura, y la desproporcionada disparidad económica, estos remanentes no sólo visualizan la escala espacial del Antropoceno sino también devienen indicios tangibles de las interacciones desiguales que ejercen las fuerzas económicas, sociales y materiales. Tomé estas fotografías con el fin de documentar los rastros que Harvey iba generando a su paso. Estas imágenes, que se reproducían por toda la ciudad de Houston, normalizaban un paisaje confeccionado por desechos creando una suerte de archivo –o antiarchivo– colectivo.

¿Pero, por qué prestarle atención a estos detritos cuando el Antropoceno invita a un pensamiento de escala planetaria, que atraviese temporalidades, eras y capas geológicas? La intangibilidad del Antropoceno, lo que no se puede tocar porque carece de materia o cuerpo, se corporiza en estos artefactos residuales y, como sugiere Neil MacGregor en A History of the World in 100 (2010), sirven para narrar una historia que habla tanto de sociedades enteras como de procesos complejos, más que de eventos individuales. Son historias personales que se tejen con las ruinas que va dejando el Antropoceno a su paso.

 

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Lingüicidio

El segundo ejemplo está centrado en la disputa y gira en torno a la apropiación del manantial de agua en la comunidad Ayutla Mixe en Oaxaca. La acción se remonta a la mañana del 5 de junio de 2017, cuando un grupo de paramilitares armados atacó en la zona de El Manantial a comuneros de San Pedro y San Pablo Ayutla. Durante el ataque, un hombre murió, seis más resultaron heridos y cuatro mujeres fueron secuestradas. Según las noticias, varios de los atacantes eran comuneros de Tierra Blanca, Tamazulapam, los mismos que habían despojado el 18 de mayo a 23 personas de Ayutla de 150 hectáreas de parcelas colindantes con El Manantial, con retroexcavadoras, volteos y armamento pesado.

En una recopilación publicada muy recientemente, El lugar del agua. Palabras para Ayutla, los editores, Saúl Hernández Vargas y Juan Pablo Ruiz Núñez, señalan cómo, “tras la Revolución Mexicana, el Estado resultante impulsó un violento proceso desindigenizador por medio de la castellanización forzada, vía el sistema de educación pública —la lengua nacional como emblema—, y la cultura única como paradigma del gobierno posrevolucionario en todo el país”. Pero en los años siguientes, sostienen, se fueron sumando otros proyectos e iniciativas “que implicaron tanto el despojo de territorios como la devastación ambiental en nombre de la patria, la modernidad, el progreso”. En efecto, impulsados por el Estado o protegidos por éste, en tanto “garante” de los intereses del capital privado, estos planes de despojo se fueron reproduciendo con –y sucediendo en– el tiempo. No es coincidencia, por lo tanto, que estos fenómenos se correspondan con otras formas de palpar el Antropoceno: cambios irreversibles como la pérdida y desertificación de grandes extensiones de tierras agrícolas que dan, y seguirán dando, lugar a las “guerras climáticas”.

Según Harald Welzer y Jared Diamond un número importante de conflictos y guerras a lo largo de la historia estuvieron vinculados al cambio climático, desde sequías, desertización e inundaciones, hasta la sobreexplotación de recursos. Más aún, la amenaza del calentamiento global irá, gradualmente, configurando las políticas y regulaciones inmigratorias ya que, conforme el sur global continúe siendo explotado y vaciado de sus recursos, se incrementará el número de migrantes climáticos o refugiados ambientales que buscarán asilo en el norte global.

La lingüista Yásnaya Elena Aguilar Gil, en un texto breve, escrito en mixe, y que leyó el 26 de febrero de 2019 en la Cámara de Diputados, vincula esta forma de expropiación territorial y de usurpación de recursos naturales con el genocidio lingüístico sufrido por los pueblos indígenas en México. El texto parte de una pregunta simple: ¿Por qué se están muriendo las lenguas? Si en el presente se hablan aproximadamente seis mil lenguas en el mundo, en promedio cada tres meses muere una lengua y, según la UNESCO “en cien años se habrán extinguido al menos la mitad de las lenguas del planeta”. Según Yásnaya Aguilar “Nunca en la historia […] habían muerto tantas lenguas”. Y ¿por qué “ahora”? Las divisiones territoriales, junto al establecimiento de fronteras y una homogeneidad internas, la constitución de los estados nacionales con una lengua única, esto es, la lengua nacional, transformó las lenguas indígenas en minoritarias: “¿Cómo lograron minorizarlas? ¿O es que de pronto decidimos abandonar nuestras lenguas? […] Para lograr la desaparición de nuestras lenguas, nuestros antepasados recibieron golpes, regaños y discriminación […] ‘Tu lengua no vale’, les dijeron repetidamente”.

La relación entre tierra y lengua, decisiva para pueblos indígenas como el mixe, es garantía de continuidad familiar y comunitaria. Despojarlos de sus tierras no es meramente un terricidio sino, igualmente, un linguicidio. Esa lenta extinción que no se puede palpar, es intangible, se manifiesta en la pérdida de diversidad; en el cercenamiento cultural que funciona como correlato del cercenamiento de la naturaleza. Con la extinción de lenguas vernáculas se pierde, a su vez, una visión del mundo única, irrecuperable, que se fue cultivando a lo largo de los años, como sugiere David Harrison, co-fundador de Living Tongues Institute for Endangered Languages. Otra extinción eludible. Como las del guacamayo de Spix, el Kamao o el Delfín Baiji, entre otros mamíferos, aves y reptiles, que desaparecieron gracias a la deforestación, la sobrepesca, la caza (legal e ilegal), el deterioro del hábitat natural y la introducción de especies invasoras. Extinciones antropogénicas porque, como concluye Yasnana Aguilar, “Nuestras lenguas no se mueren, las matan. A nuestras lenguas también las matan cuando no se respetan nuestros territorios, cuando los venden y concesionan, cuando asesinan a quienes los defienden”. Reproducido en El lugar del agua, este texto se suma a otros proyectos colectivos y ciudadanos para amplificar las demandas del pueblo de San Pedro y San Pablo Ayutla que lucha (aún) por recuperar su manantial.

Retazos del presente

¿Cómo capturar la escala planetaria y las huellas que va dejando el Antropoceno tanto en el espacio como en el tiempo? Las marcas que se alojan en la tierra son a su vez huellas tangibles que cuestionan la incorporeidad del colapso ecológico. Son “paisajes residuales”, según los definió el fotógrafo canadiense Edward Burtynsky. Vestigios que organizan nódulos visuales, lingüísticos o hápticos de maneras no lineal. Constelaciones que se disparan en direcciones múltiples. Si el Antropoceno es una fuerza irreversible, un fenómeno ubicuo e imposible de aprehender dado que ocurre de forma sincrónica en una pluralidad de espacios y latitudes, involucra, asimismo, especies humanas y no humanas, cuerpos orgánicos e inorgánicos.

¿Es posible frenar la incesante violación a territorios y hábitats que protegen humanos y no humanos, las expropiaciones de tierras y recursos, las desapariciones de activistas ambientales, mártires, como los llamó Rob Nixon? ¿Es posible abandonar una economía basada en la combustión del carbón que, como bien sabemos, es una de las mayores causas de la contaminación atmosférica? Si la inminente extinción masiva amenaza eliminar al menos la mitad de las especies vivientes en el planeta, ¿cómo organizar nuestros anhelos por preservar lo que se escurre? Organismos microscópicos que restauran el suelo y que, si bien intangibles, proveen una labor fundamental para los ciclos de restauración, nutrición y recomposición de la tierra. Ensamblajes de organismos humanos y no humanos que se deshacen, se desintegran y evaporan para regresar luego bajo nuevas y sorprendentes modalidades.

Propongo, como forma de resistir la sobrecogedora presencia del Antropoceno, su intangibilidad amenazante, apelar a la imaginación, no para vislumbrar lo que se extingue, sino para retener lo que aún está. Lo que queda. Concebir un futuro hecho de los retazos que van quedando de este presente. Imaginar, desacatar, e interrumpir el flujo voraz del capitalismo extractivo. Visualizar un planeta que no se extingue, sin terricidios ni lingüicidios, sin especidios ni ecocidios, sin expropiaciones territoriales e inequidad ecológica. Erigir un planeta sin temor a lo intangible: a lo que nos rodea, nos define y determina, pero no somos capaces de asir.

En la contingencia del presente descansa la potencialidad de lo inminente.

 

*Este texto está basado en la conferencia magistral ofrecida en la 5ta Conferencia de Escuelas de Posgrado de Chicago sobre Estudios Hispánicos, Luso-brasileños y Latinxs, Naturaleza en cautiverio o veredas hacia la libertad (abril 15, 2021).

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