Como si fuera ayer

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Esta es la tercera entrega de crónicas de la psicodeflación de Franco ‘Bifo’ Berardi. Diarios de la pandemia. Relatos de la vida cotidiana y el capitalismo en crisis.  «Al final de esta historia se buscará culpar a algún funcionario o dirigente», dice. «La izquierda culpará a la derecha y la derecha culpará a la izquierda. No caigamos en la trampa. Será preciso ser mucho más radicales».

[Traducción: Emilio Sadier para sangrre.com.ar]

26 de marzo

Nieve.

A las diez de la mañana me despierto, miro afuera, el techo está blanco y la nieve cae densa. Las sorpresas nunca terminan.

Un artículo de Farhad Manjoo habla de un asunto inquietante, casi incomprensible: la falta de material sanitario, como barbijos y ventiladores, que está obsesionando a los trabajadores de la salud tanto estadounidenses como italianos.

¿Cómo es posible, se pregunta Manjoo, que generalmente escribe artículos sobre cuestiones tecnológicas? ¿Cómo es posible que en un país ultramoderno, en el país más poderoso del mundo que produce aviones invisibles que pueden volar a velocidades supersónicas y atacar sin ser vistos por las defensas antiaéreas enemigas, no se pueda distribuir barbijos a todo el personal médico y paramédico que está comprometido en tareas sanitarias masivas para salvar a la mayor cantidad posible de personas de la muerte?

La respuesta de Manjoo es sencilla y escalofriante:

«La razón por la que estamos desprovistos de material de protección implica un conjunto de patologías del capitalismo, específicamente estadounidense: la atracción irresistible por el bajo costo laboral de países extranjeros, y el error estratégico provocado por la incapacidad de considerar las vulnerabilidades que a partir de esto se suceden en cascada.»

En síntesis, el hecho es que el 80% de los barbijos es producido en China. En los países que profesan la teología del mercado y de la competencia, no se producen barbijos. ¿Para qué hacerlo si podemos invertir en productos que generan grandes ganancias? Los objetos de bajo costo los hacemos producir en países donde el costo laboral es muy bajo.

Manjoo escribe que en Estados Unidos hay disponibles solo 40 millones de barbijos, mientras que se prevé que para enfrentar la epidemia en los próximos meses los médicos necesitarán 3 mil quinientos millones. Así que la mayor potencia militar del mundo tiene el 1% de los barbijos que necesita. Las empresas que pueden comenzar a producir este sencillísimo objeto indispensable dicen que para activar una producción masiva precisarán algunos meses. Suficiente para que el virus transforme a las grandes ciudades norteamericanas en lazaretos.

Circula en la red una teoría de que el virus fue producido deliberadamente por militares estadounidense para atacar a China. Si así fuera, deberíamos admitir que los militares estadounidenses son tipos poco previsores. Día a día, de hecho, crece la sensación de que Estados Unidos de América será el país en el que la epidemia provocará mayores daños.

Más allá del colapso: tres meditaciones sobre las condiciones resultantes posibles

27 de marzo

A las once de la mañana salí para ir a la farmacia. Hacía dos semanas que no salía de casa.

Lloviznaba un poco, pero llevaba una capucha negra que me protegía la cabeza. Caminé por via del Carro, luego atravesé la plaza San Martino, había una fila en el supermercado de via Oberdan. Caminé por via Goito, crucé via Indipendenza increíblemente desierta. Fui por via Manzoni, luego remonté via Parigi y llegué a la Farmacia Regina donde había encargado los remedios para el asma y para la hipertensión que están comenzando a agotarse en mi botiquín. Pocas personas en las calles. Frente a la Farmacia había cinco personas haciendo fila. Todas tenían su barbijo, alguno verde, alguno negro, alguno blanco. Distancia de dos metros en una especie de danza silenciosa.

La Unión Europea huele a podrido. Huele a avaricia, mezquindad, inhumanidad. Desde que, en el verano de 2015, todos asistimos al espectáculo de arrogancia y cinismo con el que el Eurogrupo humilló a Alexis Tsipras y al pueblo griego y a su voluntad expresada democráticamente, imponiendo medidas devastadoras para la vida de ese país, desde aquellos días pienso que la Unión está muerta, y que los dirigentes de Europa del Norte son mezquinos ignorantes incapaces tanto de pensar como de sentir.

La violencia que se ha descargado contra los migrantes a partir de aquel año, el cierre de fronteras, la creación de campos de concentración, la entrega de refugiados al Sultán turco y a los torturadores libios me han convencido no solo de que la Unión Europa es un proyecto fallido, sino de que la población europea, en su aplastante mayoría, es incapaz de asumir la responsabilidad del colonialismo y está dispuesta, por lo tanto, a apoyar políticas concentracionarias con tal de proteger su miserable prosperidad.

Pero hoy, en esta reunión en la que los representantes de los países europeos discutieron la propuesta italiana de compartir el peso económico de la crisis sanitaria, me parece que se cruzó el límite.

Enfrentados a la propuesta de emitir los llamados “coronabonos”, o en todo caso de recurrir a medidas de intervención ilimitada que no se transformen en deudas para los países más débiles, los representantes de Holanda, Finlandia, Austria y Alemania han respondido de manera escalofriante. Más o menos dijeron: volvamos a verlo todo en catorce días. Veamos si la epidemia afecta a los países nórdicos con la misma violencia con la que ha afectado a Italia y a España. En tal caso lo volvemos a hablar. Si no, no se habla en absoluto.

No fueron exactamente estas las palabras pronunciadas por el Sr. Rutte, holandés, y sus cómplices. Pero el sentido del aplazamiento es exactamente este.

El Sr. Boris Johnson dio positivo al examen: se contagió el virus. También su ministro de Salud. Sería de mal gusto hacer bromas sobre las desgracias de otros, por lo que nada comento. Me limito a recordar que hace unos diez días Johnson había dicho: «lamentablemente muchos de nuestros seres queridos morirán», promoviendo la teoría de que había que esperar la muerte de medio millón de personas para desarrollar defensas inmunitarias necesarias para resistir. Es la selección natural, la filosofía que el neoliberalismo thatcheriano heredó del nazismo hitleriano, la filosofía que ha gobernado el mundo durante los últimos cuarenta años.

A veces no funciona.

28 de marzo

En la oscuridad azulada de la Plaza San Pedro inmensa y vacía, la figura blanca de Francisco bajo una gran pérgola blanca iluminada. Habla al pueblo que no está pero lo escucha desde lejos. Abre los brazos y los extiende hacia la columnata que abraza a Roma y al mundo. Y dice cosas impresionantes, desde el punto de vista teológico, filosófico y político.

Dice que este flagelo no es un castigo de Dios. Dios no castiga a sus hijos. Francisco ha hecho de la misericordia el símbolo de su papado, desde las primeras palabras que dijo, luego del ascenso al trono de Pedro, en una entrevista publicada en La Civiltà Cattolica.

No es por lo tanto un castigo divino, entonces ¿qué es? Francisco responde: es un pecado social que hemos cometido. Hemos pecado contra nuestros semejantes, hemos pecado contra nosotros mismos, contra nuestros seres queridos, contra nuestras familias, contra los migrantes, los refugiados, los pobres, los trabajadores precarios.

Luego agrega que hemos sido estúpidos en creer que podemos estar sanos en una sociedad enferma.

A las once de la mañana me llamó por teléfono Tonino, mi primo, también médico (¿acaso son todos médicos y no me había dado cuenta?). Me preguntó cómo estás con su voz siempre afligida, y me dijo una de las ocurrencias por las que siempre fue famoso en la familia: «qui gatta ci covid» [N. del T.: se trata de un juego de palabras a partir de la frase “Qui gatta ci cova”–“aquí hay gato encerrado”– y la alusión al Covid – Coronavirus].

Reset: no debemos volver nunca más a la normalidad

29 de marzo

Peo es para mí un amigo, un compañero, pero también es un médico y ha sido mi médico por muchos años. Se ha ocupado en repetidas ocasiones de mi salud muchas veces frágil. Cuando iba a su consultorio, donde siempre había una fila kilométrica de pacientes de todos los tamaños y colores, esperaba horas antes de ser recibido, luego me revisaba, pronunciaba diagnósticos profundos como poemas y precisos como bisturíes, y sugería tratamientos múltiples y libertarios.

Luego, cuando se jubiló hará unos seis meses, se fue a Brasil, donde viven su compañera y sus dos hijos mayores, y donde a comienzos del siglo desarrolló su profesión.

Hace unas semanas, de improvisto, regresó a Italia donde vive Jonas, su hijo menor que tenía que graduarse (se graduó, pero a través de Skype).

Peo había previsto volverse poco después, pero se quedó atrapado como todos. Vive solo en un departamentito en via del Broglio, y esta mañana vino hasta mi ventana y me llamó desde abajo. Me asomé al balcón y charlamos durante unos minutos.

Luego se alejó trotando.

Antonio Costa, Primer Ministro de Portugal, realizó una conferencia de prensa para responder al Ministro de Finanzas holandés, Wopke Hoekstra, quien durante el nefasto Consejo Europeo del jueves solicitó que una Comisión iniciara una investigación sobre las (¿oscuras?) razones por las cuales algunos países dicen no tener margen presupuestario para hacer frente a la emergencia del coronavirus a pesar de que la Eurozona está en crecimiento desde hace siete años. Hoekstra no dio nombres, pero era evidente la referencia a Italia y España, hasta ahora los países de la UE más golpeados, y además los principales del «grupo de los nueve» que sostienen la necesidad de los eurobonos. Por lo tanto Hoekstra quiere un proceso contra los países donde la pandemia ha golpeado más duro.

«Este discurso es repugnante en el contexto de la Unión Europea», dijo el líder socialista en su conferencia de prensa. «Y digo repugnante porque no estábamos preparados, ninguno estaba preparado para enfrentar un desafío económico como hemos visto en 2008, 2009, 2010 y en los años siguientes. Desafortunadamente, el virus nos golpea a todos por igual. Y si no nos respetamos, y no entendemos que ante un desafío común debemos ser capaces de una respuesta común, no se ha entendido nada de la Unión Europea… Este tipo de respuesta es de una irresponsabilidad absoluta, es una mezquindad repugnante y socava por completo el espíritu de la Unión Europea. Es una amenaza para el futuro de la UE. Si la UE quiere sobrevivir», concluyó Costa, «es inaceptable que un responsable político, de cualquier país, pueda dar una respuesta de ese tipo».

Me llegó una carta por correo. Dentro había una tarjeta postal y en la tarjeta postal, sin firmar, había una pequeña cantidad de hachís. Quizás la envió alguien que leyó mi Crónica de la psicodeflación donde decía que estaba por quedarme sin. Le agradezco a él o a ella de todo corazón.

En los periódicos se destaca la foto de Edi Rama, el Primer Ministro de Albania.

Con un gesto de gran nobleza ha enviado treinta médicos de su pequeño país a Italia. Los acompañó al aeropuerto donde, rodeado de estos muchachones vestidos con sus guardapolvos blancos, dio un discurso en italiano.

Dijo que sus médicos, en lugar de quedarse en Albania como reservas, vienen aquí, donde más se necesita ayuda. Y también encontró el modo de agregar que los albaneses están agradecidos con los italianos (demasiado bueno) por haberlos hospedado y acogido en los años más difíciles y, por lo tanto, están felices de venir a ayudarnos «a diferencia de otros que, a pesar de ser mucho más ricos que nosotros, han dado la espalda».

Bravo Edi, viejo amigo mío.

Lo conocí en París en 1994, vivía en la casa de una amiga mía.

Me dijo que había estudiado en la Academia de Bellas Artes de Tirana, y me contó un episodio muy divertido. De estudiante, en los tiempos de la autarquía absoluta de Enver Hoxha, quería ver las obras de ese tal Picasso del que había oído hablar. El director de la Academia lo llevó consigo, lo llevó a su oficina, cerró con llave, sacó un libro de un estante, lo abrió en las páginas dedicadas a Picasso y, sosteniendo el libro en sus manos, le mostró al joven las secretísimas obras que deseaba ver.

En París, Edi Rama era un artista, por las noches iba al metro, rompía los carteles publicitarios y pintaba sobre ellos.

Tengo en casa una de sus obras que muestra un pie verdoso que aplasta un micrófono multicolor. Surrealismo post-tecno.

Luego, en 1995, vino a Italia, cuando yo trabajaba en el Consorzio Università-Città. Entonces lo invité a dar una conferencia en el aula magna de Santa Lucía.

Vinieron un montón de albaneses y era un gran caos, todos hablaban al mismo tiempo, hasta que Edi tomó la palabra y todos hicieron silencio.

Inmediatamente después, Edi regresó a Albania, luego se produjo la insurrección de 1997 tras el colapso financiero provocado por el esquema piramidal, y en ese momento el exiliado vuelto a casa se convierte en Ministro de Cultura.

Me invitó a visitarlo. Fui a Tirana con un avión ruso, el aeropuerto parecía un mercado, ancianas vestidas de negro recibían con grandes gestos a sus hijos y maridos, animales, gritos, un barullo de locos. Pero afuera había un auto negro con vidrios polarizados que me esperaba.

Atravesamos la ciudad que entonces era toda gris, casi espectral. En los años siguientes, cuando Edi se convirtió en el alcalde, repintaron todos los muros de diferentes colores.

El auto negro con vidrios polarizados me llevó al Ministerio de Cultura donde me esperaba Edi.

El Ministerio estaba totalmente vacío. Nada, ni siquiera sillas para sentarse, solo polvo y pasillos pintados de amarillo descascarado. Edi me esperaba en una sala vacía vestido de explorador inglés en África con los pantalones blancos de tela hasta la rodilla y una chaqueta con grandes bolsillos verdes.

Nos abrazamos, luego se disculpó por el ambiente un tanto vacío —¿Sabes cuánto presupuesto tengo? Cero coma cero cero. Los albaneses eran terriblemente pobres, pero estaba lleno de gente creativa, culta y cosmopolita.

Pero, me dijo Edi, Veltroni me prometió enviarme dinero. Espero que se lo haya enviado realmente [N. del T.: se refiere a Walter Veltroni, Vicepresidente y Ministro de Bienes Culturales del primer gobierno de Romano Prodi, entre mayo de 1996 y octubre de 1998].

Me alojó en una casa proletaria de un amigo suyo, donde se fumaba porro todo el día. Pasé una semana bellísima en Tirana, conocí a un grupo de muchachos toscanos de una organización de voluntariado. Luego tomé un autobús y salí de Tirana para visitar Berat, la ciudad de las mil ventanas. Durante el viaje, un tipo me invitó a visitar su casa y me mostró que debajo de la cama tenía dos o tres Kalashnikov.

Me gustaría volver a Berat, pero a veces me pregunto si podré volver a viajar en el futuro que nos espera.

Confieso que es la pregunta que más me atormenta en estos días calmos.

Desde la India llegan imágenes preocupantes, tras el lockdown decidido por el gobierno. Largas filas frente a los bancos, columnas de personas que abandonan las ciudades para regresar a sus poblados. Sobre todo aquellos que tenían trabajos ocasionales ahora se encuentran en condiciones de miseria total. La dictadura neoliberal de treinta años ha creado en todas partes condiciones de precariedad social y de fragilidad física y psíquica.

Tarde o temprano será preciso un Nuremberg para aquellos como Tony Blair, como Matteo Renzi y como Narendra Modi. El neoliberalismo que han inoculado en nuestras células ha destruido en una esfera profunda, ha atacado la raíz misma de la sociedad, el genoma lingüístico y psíquico de la vida colectiva.

30 de marzo

Micah Zenko escribe en The Guardian que la propagación del virus es el mayor fracaso de inteligencia en la historia de Estados Unidos. Cada día las noticias de Nueva York son más dramáticas. El gobernador Cuomo toma decisiones que contradicen explícitamente las indicaciones de Trump.

La fractura entre la Presidencia y los centros metropolitanos de poder se hace más profunda.

Un editorial del New York Times de Roger Cohen me llamó la atención. El artículo es una pieza de literatura civil con cierta tonalidad lírica. Pero, sobre todo, es una señal de alarma sobre el futuro político (además de sanitario) de los Estados Unidos de América.

Traduzco algunos pasajes:

«Esta es la primavera silenciosa. El planeta se ha vuelto silencioso, tan silencioso que casi puedes escucharlo girar alrededor del sol, sentir su pequeñez, imaginar por una vez la soledad y la fugacidad de estar vivo.

Esta es la primavera de los miedos. Un picor en la garganta, un estornudo, y la mente se acelera. Veo al anochecer una rata solitaria deambular por Front Street en Brooklyn, una bolsa de basura desgarrada por un perro, y experimento una visión apocalíptica de plagas y suciedad.

Dispersos peatones enmascarados en calles vacías se parecen a los sobrevivientes de una bomba neutrónica. Un agente patógeno de aproximadamente una milésima parte del ancho de un cabello humano ha suspendido la civilización y desatado la imaginación… Es tiempo de un reset [reinicio] total. En Francia, hay un sitio web que indica a las personas el radio de un kilómetro desde sus hogares en el que se les permite hacer ejercicio. Esa es una medida de cuánto el mundo se ha reducido para todos.»

Luego, tras una cantinela lírica bien lograda, Cohen llega al punto.

Y el punto es bastante interesante, si pensamos que Cohen no es un bolchevique, sino un iluminado pensador liberal bien lejano del socialismo sandersiano:

«La tecnología perfeccionada para que los ricos globalicen sus ventajas también ha creado el mecanismo perfecto para globalizar el pánico que arroja en caída libre las billeteras de la gente.

Algunas voces místicas susurran: hagan las cosas de manera diferente al final de este flagelo, háganlas de manera más equitativa, más ecológica, con mayor respeto por el medio ambiente, o serán golpeados nuevamente… No es fácil resistirse a tales pensamientos, y tal vez no deberíamos resistirnos, ya que eso sería no aprender nada.»

En este punto, Cohen clava a fondo su espada:

«En un año electoral, ha sido imposible presenciar la mezcla de total incompetencia, egoísmo devorador e inquietante inhumanidad con la que el Presidente Trump ha respondido a la pandemia del Covid-19 y no temer alguna forma de corona-coup [golpe de corona]. El pánico y la desorientación son precisamente los elementos en los que prosperan los aspirantes a dictadores. El peligro de un derrape autocrático estadounidense en 2020 es tan grande como el propio virus.

Este es Trump hoy: disperso, incoherente, anticientífico, nacionalista. Sin una palabra de compasión por el aliado italiano golpeado (mientras Estados Unidos le pide en secreto a Italia hisopos nasales…) Ni una palabra decente… en su lugar, mezquindad, pequeñez y jactancia… Él, un germofóbico, ha propagado el germen de la falsedad.»

En el mismo periódico, sin embargo, leo que los niveles de aprobación de Trump nunca han sido tan altos como ahora: la mayoría de los estadounidenses, y especialmente el pueblo de la segunda enmienda, aquellos que tienen armas en sus hogares, están de su lado, se sienten tranquilizados por su arrogancia.

Presentimientos oscuros sobre el futuro estadounidense.

Crónica de la psicodeflación

1 de abril

En el sitio web del Network Culture Institute, el centro de investigación de Amsterdam fundado por Geert Lovink, leo un artículo firmado por Tsukino T. Usagi, «The Cloud Sailor Diary: Shanghai Life in the Time of Coronavirus» [El Diario del Marinero de las nubes: la vida de Shanghai en tiempos de Coronavirus]: el mes pasado de Shanghai, relatado por un joven precario con un estilo introspectivo y delirante. Traduzco un pasaje:

«Salí de paseo a las instalaciones frente al mar el día después de que salieron las noticias oficiales y confirmaron el brote. La vista del río Huangpu estaba nublada por un denso smog. Hermoso. Tóxico. Una visión realmente apocalíptica. Por la tarde empecé a sentirme mal. Podría ser un resfriado o una gripe, pensé. Al día siguiente fui a trabajar como siempre. Mi enfermedad empeoró. Los síntomas incluían fiebre, sequedad de garganta y dificultad para respirar. Exactamente lo que se describía en las noticias como la infección por Coronavirus.

“¿Es así como voy a morir?”, pensé. Tenía miedo. Pero no entré en pánico. Comencé a reconstruir escenarios en mi mente, repasando lo que podría haber causado los síntomas: estaba viajando en el metro en un vagón lleno de pasajeros desconocidos. Algunos de ellos podrían haber tenido el virus. Uno de mis colegas había estado tosiendo en la oficina durante tres semanas… El aire estaba muy contaminado. Era terrible… un maldito día ventoso… Antes del Coronavirus, el smog y el viento también podrían tener la oportunidad de matarme. ¿Cómo es que ahora, cuando estoy mirando el aire, veo solo la amenaza del corona? ¿Han desaparecido todas las demás amenazas?

La civilización humana se ejecuta en una máquina de movimiento continuo impulsada por canales de reproducción fortuitos. La fábrica de reproducción global no tiene cuartel general. Es la infraestructura más descentralizada, más insensata y al mismo tiempo más controlada. La India es mundialmente conocida como una fábrica de reproducción de mano de obra barata de trabajo cognitivo cuya contribución a Silicon Valley y otras regiones tecnológicas ha sido subestimada. En estos días, los científicos están investigando nuevas formas de superar la ansiedad de muerte. Algún día, el mundo preferirá tener bebés mecánicos a bebés humanos… Pero esto no evitará la extinción.»

2 de abril

San Francisco de Paola. Mi onomástico.

«La voz es la cuña que rompe el silencio que hay allá afuera y también dentro del desierto digital», me escribe mi amigo Alex, al final de una enigmática y muy densa cavilación.

En otro mensaje, Alex me habla sobre Radio Virus, que transmite desde los laboratorios desterritorializados de Macao, Milán.

«Un pecado que transmita tan poco», dice Alex.

Hagámosla transmitir más.

Pueden escucharla aquí.

Estallan discusiones entre la Región de Lombardía y el gobierno central, se buscan la responsabilidad de esto y de aquello. Que lo hagan cínicos agitadores como Renzi y Salvini no sorprende, su trabajo es especular sobre las desgracias de otros para hacerse notar. Pero creo que se trata de una discusión inútil en este momento. No solo porque en el apogeo de la epidemia obviamente es mejor concentrar la atención en lo que debe hacerse que agarrársela con quien no lo ha hecho. Sino sobre todo porque las responsabilidades reales no son de aquellos que en los últimos meses están intentando intervenir en una situación objetivamente difícil.

Las responsabilidades recaen en quienes, en los últimos diez años, y en verdad en los últimos treinta años, desde Maastricht en adelante, han impuesto la línea de la privatización y de la reducción del costo del trabajo.

Es gracias a esta política que el sistema de salud pública se ha debilitado, las unidades de terapia intensiva se han vuelto insuficientes, los establecimientos sanitarios territoriales han sido desfinanciados y reducidos en número, y los pequeños hospitales han cerrado.

Al final de esta historia se buscará culpar a algún funcionario o dirigente. La izquierda culpará a la derecha y la derecha culpará a la izquierda. No caigamos en la trampa. Será preciso ser mucho más radicales. La derecha y la izquierda son igualmente responsables de la devastación producida por el dogma neoliberal que han compartido.

Y, sobre todo, la cuestión será mover recursos hacia la salud pública, hacia la investigación, la cuestión será encontrar los recursos donde actualmente se encuentran.

Reducir drásticamente los gastos militares, redireccionar ese dinero a la sociedad.

Expropiar sin indemnización a quienes se han apropiado de bienes públicos como las rutas y autopistas, el transporte ferroviario, el agua.

Redistribuir la renta a través de un impuesto a la propiedad.

Este programa debe consolidarse, extenderse, involucrar a asociaciones, personas, instituciones.

3 de abril

Me puse a leer la monumental historia del pueblo estadounidense de Paul Johnson, un historiador de derecha, muy nacionalista, un apologista de la misión estadounidense.

Busco reconstruir los hilos que han tejido la civilización estadounidense porque me parece que ese lienzo se está desmoronando rápidamente.

Comenzó después del 11 de septiembre de 2001, cuando el genio estratégico de Bin Laden y la idiotez táctica de Dick Cheney y George Bush empujaron al mayor gigante militar de todos los tiempos a una guerra contra sí mismo, la única que podía perder. Y la ha perdido, y continúa perdiéndola, hasta el punto en que esta guerra interna (social, cultural, política, económica) terminará por destrozar al monstruo desde adentro.

Desde 2016 Estados Unidos está al borde de una guerra civil.

Ahora parece que Trump se prepara para ganar las elecciones. Le agrada a la mitad de los estadounidenses, más o menos. Le agrada a esa parte que en los últimos días ha corrido a comprar armas como si no tuviera ya suficientes.

La otra mitad (esto es: el FBI, una parte del ejército, el Estado de California, el Estado de Nueva York y varios otros Estados, y especialmente las grandes metrópolis) están aterrorizados, ofendidos por la agresión del Presidente, y hoy se sienten abandonados a la furia del virus, que golpea más fuerte en las grandes concentraciones cosmopolitas y tal vez menos en las poblaciones del Medio Oeste.

Trump ha dicho que no será amable con aquellos gobernadores que no hayan sido amables con él. De hecho, California no recibe ayuda sanitaria del Estado central.

Así que me pregunto por qué California no debería pronto negarse a contribuir al presupuesto del Estado Federal.

En el país en que el mercado laboral es una jungla despiadada y sin reglas, en apenas tres semanas diez millones de trabajadores han quedado desempleados. Diez millones, y estamos en el comienzo.

Naturalmente, no sé cómo evolucionarán las cosas, pero creo que después de la epidemia, que en Estados Unidos tendrá efectos más devastadores que en otros lugares porque la cultura privatista e individualista es una invitación irresistible al virus, sucederá algo enorme.

El pueblo de la segunda enmienda contra las grandes metrópolis, y viceversa.

¿Una guerra de secesión irregular y dispersa?

Estaba leyendo La Repubblica en el baño esta mañana, y vi su foto en una columna de la página 3, donde está la lista de 68 médicos que murieron mientras hacían su trabajo en el calor de la epidemia.

Valter Tarantini era el más guapo de la sección D del secundario Minghetti. Definitivamente el más guapo, no había competencia: rubio, alto, de ojos claros, sonriente, irónico, alegre, distraído, yo le caía simpático incluso si me veía malhumorado y leía El Capital de Marx, tal vez le caía simpático precisamente por eso. Fuimos compañeros de banco en segundo y tercer año de secundaria. Yo, él y Pesavento y Terlizzesi en los bancos del fondo: era un cuarteto anarcoide, todos muy diferentes pero amigos de todas formas.

Valter vivía en una casa de la buena burguesía en el quinto piso de via Rizzoli 1, justo enfrente de la torre Garisenda. Yo iba a su casa por la tarde para explicarle un poco de filosofía porque no quería leer el libro de Ludovico Geymonat, tenía otras cosas en la cabeza en lugar de Hegel y Kant, le gustaban un montón las chicas, de hecho quería ser ginecólogo, decía, y de verdad lo ha logrado. Era médico en Forlì, y es uno de los sesenta y ocho médicos que murieron haciendo su trabajo.

Se me hizo un nudo en la garganta, maldita sea cuando vi su pequeña foto. Tenía setenta y un años el doctor Tarantini, pero en la foto puede verse que siempre fue guapísimo, con una sonrisa amable y despectiva al mismo tiempo. Nunca lo volví a ver después del examen del verano de 1967, y ahora lo lamento, tengo ganas de llorar porque no fui a la cena de los viejos compañeros de escuela hace unos diez años, y sé que él preguntó por mí. Nunca lo volví a ver, pero lo recuerdo realmente como si fuera ayer –qué frase boba que me salió. Como si fuera ayer… Pero pensando un poco mejor, lo vi por última vez hace cincuenta y dos años, después nunca lo volví a ver hasta esta mañana, en el baño, en La Reppublica, en una pequeña foto en la tercera página.

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