El país en un puño apretado

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En esta columna, Víctor Hugo Morales despide a Diego Maradona: «Diego me regaló mucho. Pero pocas cosas como una frase: ‘Usted es la voz de la cocina de mi casa. Usted me da paz’. Como dijo Noble, la infancia se terminó. Para mí, también se ha terminado una etapa de mi vida».

Allí están en el Obelisco rodeados de velas, o en la Bombonera, o en Nápoles. Allí están los aplausos que volvieron a las 10 de la noche para el 10. Es la partida de un artista sublime y la partida de un hombre bueno. Un hombre generoso, cálido.

Ahí están las palabras de afecto. El tuit de Cristina, uno de los primeros, con su “hasta siempre Diego, te queremos mucho”. La definición de Alberto Fernández: “Maradona es todo para Argentinos, pero además yo le voy a estar eternamente agradecido por su apoyo en este año de gobierno, la cantidad de veces”. Lula digo, muy tocado: “El adiós más grande del mundo, un gigante, un talento y su intensidad en la vida y su compromiso con la soberanía latinoamericana marcan nuestra época. El Papa Francisco recordó con afecto a Diego y lo recordó en su oración. O Globo lo recordó como el genio del fútbol. The Guardian, lo trató de gigante. La República de Italia lo llamó el “pibe de oro, adío Diego”. Para The NY Times fue el mejor jugador.

Para el propio Messi: “A todos nos ha tocado de una manera muy profunda”. Para Pelé: “Yo perdí a un gran amigo y el mundo perdió a una leyenda. Un día espero que podamos jugar fútbol en el cielo”. Para Michael Jordan: “Fue mi amigo y mi ídolo“.

El mundo está agradecido al hombre pero fundamentalmente al futbolista, el genio, el artista genial. El hombre que le permitió a la Argentina sus momentos de orgullo más profundos. El de los entretiempos, cuando era un pibe. El de los entrenamientos con una naranja o con una pelota de golf. El de los precalentamientos haciendo esos juegos, el asombro, la retribución del genio que dominaba la pelota con los hombros, con el muslo, con los pies, con la cabeza. Hacía jueguito como todos soñamos hacer: el día que tuvimos 10 segundos con la pelota en el empeine, sentía que estaba creciendo, que éramos más grandes.

Un talento cautivante, también el de las grandes frases, que han quedado para siempre, frases como “me cortaron las piernas”; “tengo menos mujeres que la tapa del Gráfico y menos palabra que el amigo del zorro”; “se le escapó la tortuga”, “la pelota no se mancha”, “soy el Ron Wood o el Keith Richard del fútbol”. O la primera: “Mi sueño es jugar un mundial”. Nació como un pibe cualquiera; como todos soñó ser jugador de fútbol y también soñó con la Selección y ser campeón del mundo. Pero él lo logró y un día supo cómo es el peso de la Copa del Mundo.

Diego, el del gol a los ingleses, el que cumplió su sueño, el vengador. Era algo que les daba vueltas en la cabeza. Una vez en Wembley, tuve la suerte de relatar el partido en el que hizo la misma jugada pero al tirarla al segundo palo, la pelota fue doblando hacia afuera como si se dijera a sí mismo: “No, todavía no. Ya va a venir el momento para que hagas el mejor gol de la historia, y llegue tu gloria definitiva”. Una vez le pregunté por ese infinito logro: ”Es el gol soñado. El gol que se sueña, cuando uno se duerme y espera al otro día el partido de inferiores”.

Son momentos en que la dificultad estriba en hacer justicia con la palabra que uno tiene en el corazón. El fallecimiento de Diego es el de un hombre que nos dio mucha felicidad. A los espectadores pero también al resto de los jugadores. Diego fue siempre jugador de fútbol. Y siempre estuvo en la cima de la gloria. Y siempre lo pagó muy caro: ser Maradona no fue nada fácil, por cierto. Ser Picasso, ser Mozart, no es fácil. Lo pagan en vida, lo pagan con su vida muchas veces. Pero cuánta felicidad le dan a los pueblos. Con su cultura pero ejercitando de la manera más espectacular el arte popular por excelencia, el fútbol. Con sus pinceladas geniales, haciendo las postales más bellas, las jugadas más extraordinarias.

Y siempre de un lado de la vida, sin pasar del otro lado del mostrador. El rebelde, el contestatario, siempre plantado ante el poder. Tuvo todas las oportunidades de saltar pero nunca quiso pertenecer a la FIFA, a los grandes poderosos del mundo. Por eso su ídolo era el Che Guevara. Y la paradoja del destino se da que fue a morirse el mismo día que Fidel Castro, nada menos. “Fidel quería que yo fuera político. Me llamaba, me decía que quería hablar conmigo y me sugería que fuera político. Y yo le respondía: ‘demasiado que juego al fútbol, Fidel’“. Fue el que siempre estuvo al lado de las Madres y las Abuelas. El que le produjo una lágrima a Hebe, el que se abrazaba con Estela.

El que defendía siempre a los más débiles. A su manera. Con errores, sí. Al fin y al cabo quién no los tiene. Diego era el que a veces dividía aguas, pero tantas veces nos unió a todos los argentinos. Se me ocurrió decir en el relato del gol a los ingleses que “el país era un puño apretado”, en derredor de Diego: él gestó el momento más unánime de la Argentina en ese gol. Ni antes ni después fue superado por la emoción de todos al mismo tiempo. Y ahora tal vez esté ocurriendo lo mismo.

Ese gol nos convoca a todos. Como ahora nos convoca su muerte.

Fue maravilloso lo que dijo Iván Noble: “Se acabó del todo la infancia”. También lo que dijo Pablito Aimar: “Quisimos ser como él antes que como un superhéroe”. La gente se juntó en muchas esquinas. Lloró, bailó y cantó. Aplaudió. Volvió a llorar. Es que no sabemos qué hacer sin Diego. Cuánto le debemos a Diego, en tanto enamorados del fútbol que somos.

Qué alivio que haya entrado en la leyenda. Ahora Maradona es su arte. Como los grandes artistas. Para siempre. Entra en la leyenda como un ser formidable. Una persona generosa. He conocido pocas tan agradables para el trato. Cualquier trabajador de la televisión con el que nos tocó compartir la labor en los campeonatos del mundo puede dar fe. Lo quisieron porque siempre fue amable. Porque fue un pan de Dios.

Ese tiempo que compartimos en Rusia será inolvidable. Por un extraordinario asado al que nos invitó con mi esposa, que solemos recordar como la oportunidad en que más nos reímos y mejor la pasamos: fueron dos horas de un Diego que estaba libre. Diego era él mismo, y contó historias de vida y del fútbol, como jamás fui testigo. Y también hubo un momento en el estadio en la que el sol le da de lleno y él se abraza al sol. Hay algo místico en esa imagen. Siempre quedarán en mi retina esas dos películas tan diferentes, tan valiosas y tan emocionantes.

Que pueda descansar en paz. Que todo lo que venga ahora sea para que pueda tener la mayor tranquilidad de espíritu, si es que hay un más allá. Será recordado con ese fervor, acá y en todos lados. Porque Diego hizo más grande al juego. Porque lo hizo llegar a cada pibe que nacía como él y se permitía la ilusión de llegar tan lejos. Ahí está el tipo que nunca dejó de ser futbolista, el peleador consuetudinario, el que se animó siempre. El líder inconmensurable.

Por el partido a los ingleses, por el pase a Burru en esa corrida final ante Alemania, por los puños apretados, por las invenciones maravillosas de cada tarde. En México escribió la página más grande de su historia, pero todas hablan de lo mejor que ha ocurrido con el fútbol argentino. Para los que los tratamos, hay ahí un ser humano digno de descansar en paz. Si tuviera que elegir una música para despedirlo, sería la que tengo pensada para mí cuando me muera, muy especial en lo individual, como es el segundo movimiento de la séptima sinfonía de Beethoven. Una música que acompasadamente, va llevándote con una tristeza que parece que te hunde y se mete dentro de tu alma.

Diego me regaló mucho. Pero pocas cosas como una frase: “Usted es la voz de la cocina de mi casa. Usted me da paz”. Como dijo Noble, la infancia se terminó. Para mí, también se ha terminado una etapa de mi vida.

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