Una política exterior para el cambio climático

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El cambio climático es una oportunidad para repensar la inserción de Argentina en el mundo, que debería apuntar a diversificar socios, buscar inversiones que sintonicen con este objetivo y aprovechar las potencialidades del país, por ejemplo en materia nuclear.

LE MONDE DIPLOMATIQUE.- La política mundial parece estar atravesada por tres dinámicas fundamentales, cada una con tiempos e impactos distintos. La primera dinámica, la más urgente, es la crisis de salud global originada en la pandemia que comenzó en enero de 2020. Aunque aún no está resuelta, la comunidad internacional y el mercado mundial asumen que entre fines de 2021 y fines de 2022 la mayoría de los países habrán superado la crisis sanitaria y que hacia 2024 la mayoría de los países se habrán recuperado de los efectos económicos y sociales de la pandemia.

María Helena Vieira da Silva, L’incendie, 1944 (fragmento)

La segunda dinámica, menos urgente pero de largo plazo, consiste en la coexistencia cada vez más problemática de altos niveles de interdependencia y de rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China.
La tercera dinámica, la que acá nos ocupa, tiene la urgencia de la primera y el largo plazo de la segunda: se trata del cambio climático, el proceso de calentamiento global que, a partir de la Revolución Industrial, el exponencial aumento de la quema de combustibles fósiles y los cambios de uso del suelo, ya nos ha llevado a un aumento de 1,2 grados de la temperatura media de la Tierra. Las consecuencias de este calentamiento son conocidas: cambios en los patrones climáticos (sequías, lluvias, olas de calor, huracanes), derretimiento de los polos y consecuente aumento del nivel del mar, acidificación de los océanos, pérdida de biodiversidad y los impactos derivados sobre la salud humana y la economía, sobre todo la relativa a los servicios ecosistémicos: la producción agropecuaria, la pesca y el turismo.

En este proceso se juegan dos lógicas contrapuestas: los responsables de la crisis son los países desarrollados, porque son los que han acumulado más emisiones acumuladas, pero los que más sufrirán sus impactos son los países en vías de desarrollo, en particular los Estados isleños que directamente corren el riesgo de desaparecer y luego los países que dependen de la agricultura o con escasez de recursos para hacer frente a eventos climáticos adversos. Al mismo tiempo, al ser China y Estados Unidos los mayores emisores globales, la acción climática configura una dimensión más en ese vínculo ya de por sí tenso.

Argentina se ha comprometido en diciembre de 2020 a alcanzar la neutralidad de carbono para 2050.

Más allá de estas características que dan forma a un claro problema de acción colectiva, con el correr de los años, el avance de los estudios científicos, particularmente el trabajo del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático, la creciente presión ciudadana y la visibilización de los efectos concretos del cambio climático, se fue construyendo en la comunidad internacional un imperativo compartido por la mayoría de los gobiernos: la necesidad de descarbonizar la economía hacia 2050. Esto se refleja en el Acuerdo de París de 2015 como un pacto global de no superar los 2 grados (idealmente 1,5) de aumento de la temperatura media de la Tierra respecto de las condiciones preindustriales, y en la serie de declaraciones de compromiso de la mayoría de los países de alcanzar la neutralidad de carbono para 2050.

 

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Una estrategia para Argentina

En este contexto, Argentina se ha comprometido en diciembre de 2020 a alcanzar la neutralidad de carbono para 2050 y una disminución total del 19% de las emisiones hacia 2030 en comparación con 2007, apuntando a mantener en 2030 un porcentaje de participación de 0,9% de las emisiones globales.

Las razones para abordar desde Argentina la cuestión del cambio climático exceden estos compromisos enunciados y también una lógica de orden puramente moral. Al menos cuatro elementos obligan a encarar el tema. En primer lugar, el mundo está yendo en esta dirección y no tiene sentido estratégico no acompañarlo, dándole una narrativa e impronta propias. Segundo, la transición y la descarbonización implican profundos cambios tecnológicos que Argentina no puede darse el lujo de perder, tanto en términos de nuestras necesidades tecnológicas para llevar adelante la transición en nuestro territorio, como pensando en las exportaciones de recursos, tecnología y conocimiento. En tercer lugar, cada vez más la huella ambiental va a ser un requisito de consumidores, inversores, mercados y socios comerciales, siendo el posible acuerdo Mercosur-Unión Europea un claro ejemplo. Y en cuarto lugar, los impactos del cambio climático en nuestro territorio (cambios en los regímenes de lluvia, por ejemplo) requieren de políticas de adaptación urgentes. En síntesis, Argentina enfrenta –y enfrentará– presiones materiales y normativas, domésticas e internacionales, para llevar adelante políticas consistentes con la descarbonización y la transición energética. No puede mirar para otro lado.

La política exterior, creemos, tiene un papel fundamental que cumplir en esta tarea. Cada vez más, el cambio climático estará en el centro del multilateralismo, por un lado, y cada vez más será un asunto transversal a otros temas, como el comercio, la inversión, la cooperación para el desarrollo, la seguridad internacional y los derechos humanos. Orientar nuestros vínculos con el mundo teniendo al cambio climático como horizonte de acción general puede ofrecer no sólo una brújula para desarrollar nuestra red global de socios sino también una narrativa potente para pensar el futuro de Argentina, desarrollando consensos entre distintos partidos, revalorizando el papel del federalismo, involucrando a la sociedad civil y a los jóvenes y comprometiendo al sector productivo con una economía verde.

¿Qué implica una política exterior para el cambio climático? Un principio general y dos direcciones en particular. El principio general debería ser la diversificación de socios. El conflicto entre Estados Unidos y China, en donde la Unión Europea, Japón, Rusia e India tienen papeles importantes que jugar, genera riesgo geopolítico: el desacople de los flujos de comercio e inversión y la creación de centros de desarrollo tecnológico menos conectados entre sí. Para un país como Argentina será fundamental, entonces, mitigar el riesgo diversificando proveedores, mercados, inversores, socios y aliados a lo largo del espacio; adoptando acciones de manera preventiva a lo largo del tiempo; desarrollando capacidades para agilizar respuestas mediante una logística adecuada, burocracia eficiente y buena comunicación, y estableciendo alianzas con sectores privados, ONG y organizaciones internacionales, entre otros actores, para coordinar respuestas más eficientes ante situaciones de crisis.

Este principio general debería ser la base de dos direcciones en particular. Por un lado, desarrollar una política exterior “de afuera hacia adentro” consistente en captar los recursos externos (socios, inversión, cooperación y tecnología) y las buenas prácticas normativas e institucionales que aceleren la transición energética del país. La pregunta clave es ¿qué necesitamos del mundo para avanzar en nuestra transición energética?

La otra dirección de la política exterior es “de adentro hacia afuera”. Consiste en posicionar las ventajas comparativas y competitivas que pueda ofrecer Argentina como exportadora de conocimiento, tecnología y recursos energéticos (como la energía nuclear, eólica, solar, el litio y el hidrógeno, entre otros). La pregunta clave es ¿qué les podemos ofrecer a otros países para que avancen en la transición energética? No es cuestión de comenzar por la primera para avanzar luego con la segunda. Argentina puede, y necesita, avanzar en las dos direcciones de manera simultánea. Y cada una será un insumo para la otra.

De afuera hacia adentro

Son varias las oportunidades y desafíos que tiene el país en una estrategia de “afuera hacia adentro”. En primer lugar, las normas y regulaciones. Según el Instituto Grantham de la London School of Economics, existen hoy más de 2.000 leyes y políticas públicas asociadas al cambio climático en el mundo. Argentina necesita aprender de otras experiencias y evaluar los desarrollos más actuales en materia de regulaciones, impuestos y subsidios; monitoreo y evaluación; investigación y desarrollo; estándares y obligaciones de divulgación; gobernanza multi-nivel y desarrollo de capacidades de gestión pública; y educación y entrenamiento. La región más avanzada es claramente la Unión Europea, bloque que ya cuenta con un Green Deal y con una taxonomía de actividades económicas sustentables para alinear inversión y producción.

Para Argentina, resulta clave examinar estas experiencias e internalizar estándares que, sabemos, serán cada vez más importantes en el etiquetado de actividades y productos.

La segunda cuestión fundamental en esta estrategia de “afuera hacia adentro” es el armado de una coalición de países de renta media que presione para recibir más líneas de financiamiento sostenible hacia el mundo en desarrollo. La Agencia Internacional de la Energía (AIE) estima que las economías en desarrollo deben multiplicar por siete su inversión anual en energías limpias si el mundo pretende alcanzar emisiones netas cero en 2050. Estas economías representan dos tercios de la población mundial y el 90% del futuro crecimiento de las emisiones, pero solo recibieron en lo que va de 2021 el 20% del financiamiento destinado a tecnologías de baja emisión de carbono. El cálculo estimado por la AIE es que la inversión en energía limpia de estas economías debería pasar de 150.000 millones en 2020 a algo más de 1 billón por año hacia 2030. Esto, a su vez, se debe complementar con una actitud más decidida de Argentina a proponer proyectos vinculados al cambio climático. En 2020, de los 54 proyectos del BID hacia el país sólo 2 estaban vinculados con el ambiente.

En tercer lugar, Argentina necesita desarrollar una estrategia inteligente para captar inversión extranjera, crear proyectos conjuntos con socios estratégicos y captar oportunidades de cooperación internacional a través de institutos de investigación en ciencia y tecnología que puedan cooperar con centros y laboratorios de nuestro país. Según datos de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo, la inversión “greenfield” (en creación de nuevos proyectos) dedicada a energías renovables en 2020 fue de 88.000 millones de dólares. De los 10 proyectos de energía de mayor valor anunciados por inversores extranjeros en 2020, todos menos uno estaban en el sector renovable. Sabemos que en Argentina existen iniciativas en marcha, pero creemos que es necesario establecer una estrategia de país que cuente con la colaboración de agencias estatales y empresas involucradas en la transición energética para potenciar las oportunidades de atracción de recursos. Para esto, claro, será fundamental mejorar el clima de negocios con regulaciones transparentes, predecibles y vinculadas con principios ambientales, sociales y de gobernanza.

 

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De adentro hacia afuera

La política exterior enfrenta oportunidades y desafíos en la otra dirección, de adentro hacia afuera. Primero, involucrarse en la conversación global por la transición energética desde la perspectiva de un país en desarrollo. Esto implica desarrollar una diplomacia ambiental sustantiva que participe activamente en distintos foros internacionales gubernamentales y no gubernamentales para hacer valer los intereses de países de renta media. Implica, también, insistir con la idea de justicia climática, haciendo notar la responsabilidad que tienen los países más avanzados y el esfuerzo que tienen que hacer los países en desarrollo por hacer crecer sus economías sin hacer crecer sus emisiones.

Segundo, aprovechar las oportunidades que puede traer la mayor demanda de energía nuclear, hoy vista como una fuente de electricidad clave para transitar el camino hacia una electricidad libre de carbono. Cerca de 30 países están considerando o planeando la incorporación de energía nuclear. Argentina es un exportador de reactores nucleares, sustancias radiactivas (radioisótopos) y laboratorios nucleares a varios países, incluidos Argelia, Australia, Brasil, Egipto y Perú. También es un exportador del radioisótopo molibdeno-99, ampliamente utilizado en medicina nuclear, y es uno de los principales proveedores del radioisótopo cobalto-60, una fuente de radiación para radioterapia médica, radiografía industrial y esterilización de equipos médicos. Por último, Argentina ha incursionado en el negocio de la construcción de pequeños reactores modulares con el objetivo de brindar una alternativa energética flexible y rentable en lugares de difícil acceso. El diseño autóctono CAREM (Central Argentina de Elementos Modulares) es un reactor de agua presurizada simplificado destinado a proporcionar una potencia eléctrica de 100 megavatios o menos. En este sentido, Argentina tiene una oportunidad considerable de posicionarse en el nicho de pequeños reactores que puedan ser de interés para países en desarrollo.

Tercero, utilizar de manera inteligente las reservas de litio, que es un mineral estratégico para la transición energética global. Argentina ya es uno de los principales exportadores de litio, junto con Australia y Chile, pero podría aprovecharlo aun más desarrollando proveedores e industrializando el mineral, y construyendo cadenas de valor a su alrededor vinculadas, por ejemplo, con la industria automotriz. En este tema, la política exterior puede trabajar sobre dos caminos complementarios. Por un lado, la captación de inversión extranjera y socios comerciales para la industrialización del litio. Y, por otro, la cooperación y armonización institucional con Chile y Bolivia, con quienes Argentina conforma el “Triángulo del litio”.

Cuarto, insertarse en el mercado del hidrógeno verde. Los procesos de descarbonización requieren no sólo producir electricidad libre de emisiones sino también tecnologías de almacenamiento y de reemplazo del combustible. Actualmente, la mayoría del hidrógeno se produce a partir del gas natural y el carbón, pero se puede hacer con electricidad. Si la electricidad viene de una fuente renovable, es hidrógeno “verde”.

Podría ser el 10% de la energía del futuro. Para Argentina, algunas proyecciones estiman que para 2050 el sector del hidrógeno podría generar 50.000 empleos directos e indirectos y 15.000 millones de dólares en exportaciones.

Crisis y oportunidad

Retomando las dinámicas globales comentadas al principio, la crisis originada por el coronavirus es también una oportunidad para dar respuesta a los desafíos en forma conjunta. Esto significa integrar la respuesta a la crisis climática, tanto en las estrategias de demanda como de oferta a la narrativa del “build back better” (construir mejor que antes), como forma de abordar la recuperación post pandemia, y abordarla de manera tal que permita esquivar, dentro de lo posible, la tensión entre China y Estados Unidos.
Los desafíos a los que se enfrenta Argentina son mayúsculos aun sin incorporar las limitaciones que impone la agenda ambiental. Sin embargo, la crisis climática ya es una realidad que necesita de manera urgente una respuesta estratégica a la altura del desafío que nos plantea. Dado este escenario, debemos dejar de ver a la crisis ambiental como un mero obstáculo a nuestro desarrollo y convertir la transformación tecnológica, económica y social necesaria para descarbonizar nuestro país en un gran proyecto nacional que permita generar consensos y unir esfuerzos para impulsar el desarrollo sustentable de nuestra economía, generar empleo, reducir la pobreza, insertarnos en el mundo de manera estratégica y volver a entusiasmar a las y los argentinos con una mirada de largo plazo puesta en 2050.

 

 

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Federico Merke y Elizabeth Möhle

Federico Merke es Profesor Asociado de la Universidad de San Andrés, director de las carreras de Ciencia Política y Relaciones Internacionales e Investigador del CONICET. Elizabeth Möhle es Licenciada en Ciencias Ambientales, Magíster en Políticas Públicas y Becaria Doctoral en Ciencia Política.

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