Volver a clases, repensar la escuela

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Federico Lorenz es profesor de secundaria y quiere volver a las aulas, está convencido de que nada reemplaza lo que se construye en ese espacio de presencialidad. Pero después de un año de remar en la intemperie, y mientras hace el duelo porque la escuela ya no será lo que era, se pregunta cómo y para qué. ¿Podemos poner en riesgo en una sola movida, por apuro e imprevisión, las vidas de miles de personas y el futuro de nuestros niños y jóvenes? ¿Cuánto importa la experiencia de docentes y estudiantes durante 2020? ¿Cómo se construye el regreso seguro que prometen las autoridades?

Publicada en Revista Anfibia

Ilustración Alina Najlis

En los últimos días sonó en los medios y en boca de funcionarios la palabra burbuja. Como historiador no puedo dejar de pensar que se asocia a grandes procesos especulativos (financieros, inmobiliarios) que terminaron muy mal. ¿Nos podemos dar el lujo de hacer eso con la educación, con nuestros hijos? ¿Podemos poner en riesgo en una sola movida, por apuro e imprevisión, las vidas de miles de personas y el futuro de nuestros niños y jóvenes?

Una aclaración: me siento, antes que nada, profesor de escuela secundaria. Quiero volver a dar clases. Estoy convencido de que nada reemplaza lo que se construye en las aulas. Pero temo, por cómo vienen las discusiones, que esto vaya a ser algo parecido al accidente de Chernobyl: una catástrofe agravada por una suma de factores evitables: la burocracia, la cobardía y la pereza intelectual que se potenciaron mientras los pájaros caían del cielo. No creo exagerar, una pandemia es una catástrofe colectiva: hablamos de muertos, de encierro, de secuelas psicológicas. Igual que en una guerra. ¿Pretenderíamos de niños y niñas en esa situación, de docentes, enseñando entre las ruinas, que aprendieran lo mismo que antes? A juzgar por algunas opiniones, parecería que sí.

No tengo claro si tenemos presente desde donde venimos, y en qué momento de la pandemia estamos. No puedo creer que nuestra memoria sea tan corta. Hay un gran hartazgo y cansancio social. Si en la calle pedimos que usen barbijo, hasta nos pueden insultar. A la fecha Argentina tiene casi dos millones de infectados y más de 46 mil fallecidos por COVID-19 (el equivalente a 150 bombardeos a Plaza de Mayo en 1955, o 39 veces la cantidad de desplazados ahogados en el Mediterráneo en 2019). Mientras aguardamos las vacunas y nos peleamos por su procedencia, la economía está semiparalizada y la población agotada por el encierro. Sobre nuestras cabezas pende la amenaza de una segunda ola y sería tonto creer que le sucedió al resto del mundo pero a nosotros no nos ocurrirá.

Síntesis: la situación es grave. En este contexto la sempiterna discusión por la educación se puso en modo pandemia: “los chicos deben volver a clases” y “los docentes tenemos la excusa de la pandemia”. Algunos se corrigen, y dicen: “volver a la presencialidad”. Pero ese ¿error? es el síntoma de una concepción peyorativa acerca de la educación y, por extensión, del trabajo docente.

¿Somos conscientes de la gravedad de la situación, y de cómo vamos a afrontarla? Porque solo si respondemos afirmativamente ambas cuestiones podremos pensar en un mecanismo responsable de regreso a alguna forma de presencialidad, mientras hacemos el duelo porque la escuela ya no será lo que era. Nunca más. Finitto. Kaputt. Game Over. Adiós a las blancas palomitas. También se las cargó la pandemia, como a los pájaros de Chernóbil.

“Volver a clase”. “Año perdido”. Lo repiten ad nauseam. Me pregunto qué hicimos mis estudiantes y yo todo el año pasado. Qué hicieron mis hijos, sus amigos, mi esposa, sus alumnos y alumnas, los docentes que repartieron bolsones de comida, mis compañeros, tantas personas que sostuvimos el vínculo pedagógico del modo que pudimos sin directivas precisas y escasas o nula contención institucional sobre todo durante la primera parte del año, mientras todo era un festival de declaraciones contradictorias.

“Volver a clase”, dicen, como si no hubiéramos hecho nada. Es una línea de conducta: hace años que no respetan nuestro trabajo, aunque se llenen la boca con el valor de la educación. Hace años que los docentes somos vistos como mera correa de transmisión de saberes que otros producen, como un inconveniente necesario para que los chicos “acrediten” y “progresen”. Por eso me van a disculpar que no ofrezca respuestas aquí, sino algunas observaciones a partir de mi experiencia. Porque así como el año pasado hicimos lo que pudimos, a la intemperie en medio del aislamiento, es de creer que los responsables de diseñar las políticas educativas tendrán todo ya organizado, planificado, cronometrado.

Nos nos pidan eso a nosotros, que estuvimos en la primera línea sin tiempo para todo eso. Se llama división de tareas: los “equipos técnicos” nos dicen lo que tenemos que hacer, nos guste o no. Analizan nuestro trabajo sin conocer muchos de sus dobleces. Vayan a buscar las responsabilidades allí, pero no pidan la cabeza de una docente con cuatro cursos, dos hijos y una computadora de las viejas “Conectar igualdad” (las “cristinetas”).

El problema es que a la hora de “hacerse cargo” todo estalla allí donde estamos nosotros con nuestros chicos y chicas. Así que más respeto. Impugno, entonces, otra tradición: la escasa o nula participación de los docentes en el planeamiento de las políticas educativas. Nosotros, que podríamos tener algo que decir. Ah, no, mejor que demos clase. Por eso la fiebre del “retorno”: esperan la vuelta a clases como al avión negro de Perón. Pero no hay regresos mágicos, ni salvadores. No importa. Digamos que es prioridad volver a clase, digamos que el otro lo hizo peor, que no nos primereen en los portales de noticias.

Eso no es una política educativa: es un simulacro. Pero un mal invisible ha instalado la pospuesta necesidad de repensar la escuela, repensar las relaciones laborales que implica, y su lugar en las políticas de estado.

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A lo largo de la historia argentina, hubo distintos modelos educativos: la necesidad de educar al soberano, la educación patriótica, la educación para el trabajo. Ahora parecería ser que el modelo educativo es el de volver a las aulas. ¿Para qué? La pregunta no es ociosa: remite directamente al modelo de país al servicio del que se diseña un modelo educativo. Los ministerios pueden vivir una emergencia, como la vivimos todos, pero tenemos derecho a pedirles que separen sus propuestas en dos niveles: el de la coyuntura pandémica y el modelo educativo de la pospandemia.

Pongamos dos ejemplos de lo primero para dimensionar el problema en el que estamos. La ministra de educación porteña, Soledad Acuña, envió una carta a los directivos de las escuelas porteñas: “Sabemos que es necesario contemplar la realidad de cada escuela, su comunidad y los espacios con los que cada una cuenta. Por ese motivo, a partir de pautas comunes acompañaremos la planificación que cada escuela haga para adaptarse a los distintos escenarios, buscando la organización escolar que logre en cada caso la mayor presencialidad posible para los chicos y chicas con la premisa que todos los alumnos/as puedan asistir todos los días al menos una jornada simple. Es fundamental que sigamos cuidándonos, y que cuidemos a los demás. En consecuencia, ya se encuentran funcionando los centros de testeo gratuitos en la Ciudad. Para saber más pueden hacer clic acá”.

El ministro de Educación de la Nación, Nicolás Trotta, que el año pasado contribuyó como pocos a la incertidumbre de las familias y los docentes en cuanto a las condiciones de trabajo y la escolaridad, no podía ser menos: “regreso seguro implica fortalecer el diálogo con todos los actores del sistema educativo y también que somos conscientes que queremos ir maximizando a partir del compromiso de todas y todos en la mejora de los indicadores epidemiológicos”.

Si yo llegara a dar consignas como estas en clase, se traducirían en manos alzadas y una pregunta. “¿Pero qué es lo que querés que hagamos, profe?”. Esa forma de plantear los problemas, más preocupada por los titulares que por hacer, tiene consecuencias negativas. En primer lugar, instalar la falsa dicotomía entre presencialidad sí o no, alimentada por la sensación de que “cuando empiecen las clases” todo volverá a ser como antes. Luego, dispara un mecanismo de sálvese quien pueda: es obvio que las escuelas privadas con mayores recursos van a poder implementar mayores dispositivos para satisfacer las demandas de los padres. Hay grupos de whatsapp en los que las familias ya hablan de escuelas “blue”: madres y padres proponen contratar en grupo docentes particulares para sus hijos mientras las escuelas hacen lo que pueden.

Otra necesidad urgente es la de sacar el problema educativo del contexto electoral. Pensar en las elecciones fija un horizonte de muy corto plazo y requiere golpes de efecto; la educación en tiempos de pandemia no.

En muchos de los argumentos para el retorno a las escuelas se confunden la imprescindible función de socialización de la escuela (relegada por el aislamiento) con los “contenidos perdidos”. Pongámonos de acuerdo en esto, por favor: si el objetivo es socializar, hay que entender que no se podrán dar todos los contenidos y entonces es necesaria una planificación acorde. Más aún: se trata de pensar qué queremos que esta escuela enseñe. “Adaptar los contenidos a la virtualidad”, dijo con claridad la viceministra de educación eyectada, Adriana Puiggros, ahora en función de asesora presidencial. Puro sentido común: no se puede todo. Y las formas en las que socializamos, en sí, requieren de un aprendizaje específico.

¡Y la logística del regreso, de la transición y el cambio! ¿Cómo volvemos de a poco a las aulas? ¿Estarán los edificios en condiciones? Es interesante que durante estos días muchos comunicadores, a uno y otro lado de la grieta o en el medio, abrieron sus micrófonos a docentes, familias y estudiantes. Se asomaron a un mundo que no conocían: descubrieron, por ejemplo, el papel fundamental que las cooperadoras tienen para que las escuelas mínimamente funcionen.

 

La pandemia: memoria del presente

 

La pandemia es una catástrofe colectiva, y no debería ser un elemento que profundice la fragmentación del sistema educativo argentino, sino todo lo contrario. No se trata de una única regulación para todos, pero sí entender que son tiempos de crisis y se requiere unidad en la acción, para ponerlo en términos políticos. No puede haber mensajes contradictorios frente a una amenaza sanitaria y una crisis pedagógica. Y demás está decir que los acuerdos nacionales deben tender a achicar las distintas brechas (económicas, sociales, regionales), no a profundizarles favoreciendo la lógica del sálvese quien pueda.

Queremos el regreso a las aulas, respeto por el trabajo docente y una discusión profunda, obligados por la emergencia, de la educación que necesitamos para reparar los daños que la pandemia mostró descarnadamente: los mejores planes educativos no son nada si nuestros pibes no acceden a la escolarización, pero es obvio que entonces se debe tratar de planes que recuperan aquella vieja noción de solidaridad e igualdad de oportunidades, subyacente a los sentidos comunes argentinos sobre la educación.

Debemos también entender que el mejor mecanismo de enseñanza y aprendizaje es el sentido común, entendido como tener criterios para razonar. Entonces me pregunto: ¿tiene algún sentido apresurar un regreso presencial, semi presencial o como sea cuando aún no llega la segunda ola de la pandemia y recién está comenzando la vacunación? ¿No se podrían recuperar esos días luego, trabajando sábados o achicando vacaciones de invierno? Si en definitiva, queridos míos, es lo que hicimos todos aquellos que sostuvimos el sistema como pudimos el año pasado: quemando en la hoguera de la educación horas, materiales, rutinas y descanso. Dejando de tener mundo privado para nuestros chicos y chicas, aún a pesar del aislamiento.

Nuestros estudiantes, que también la pasaron mal, que hicieron lo que pudieron como todos. Porque si hicimos todo eso es porque nos preocupan, porque los queremos, porque aprendemos con ellos. Nuestros chicos y chicas, que esperan respuestas adultas a problemas graves y que también deberían tener un mayor lugar en esta discusión. Sería formidable, sería una enseñanza que el esfuerzo del año pasado no sea en vano. Una clase de apertura formidable para este 2021 donde muchos parecen tan cerrados a la escucha como siempre.

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Federico Lorenz

Federico Lorenz

Federico Lorenz es Doctor en Ciencias Sociales. Durante sus primeros años en el Colegio Nacional Buenos Aires, un profesor le hizo descubrir que intervenir rigurosamente sobre el pasado era una excelente manera de poder leer con voracidad, satisfacer la necesidad vital de contar historias e intervenir públicamente, sea en las aulas o a través de escritos. Antes de terminar el secundario, a los dieciséis, tenía decidido que estudiaría Historia. Primero se graduó con honores como Profesor en el Instituto Alicia Moreau de Justo: fue Medalla de Oro de la Academia Nacional de la Historia al mejor promedio general de la carrera y al mejor promedio de seminario de investigación. Luego, se licenció en la Universidad Nacional de Luján, bajo la dirección de Elizabeth Jelin. Y en 2010, concluyó su Doctorado en Ciencias Sociales Universidad Nacional de General Sarmiento-IDES. De los primeros años de formación, destaca un libro: “Introducción a la Historia”, el clásico que Marc Bloch escribió durante la ocupación nazi en Francia, poco antes de ser fusilado. Cuando lo compró, estuvo enojado con su anterior dueño porque lo había subrayado con birome. Luego se amigó: a través de las marcas percibió que coincidían en muchas apreciaciones. Además de la rigurosidad humanista y la reivindicación de la buena escritura, Lorenz rescata de este texto una idea que orienta su trabajo: “El buen historiador se parece al ogro de la leyenda. Ahí donde olfatea carne humana, ahí sabe que está su presa”. Entre otras obras, es autor de Cenizas que te rodearon al caer. Vidas y muertes de Ana María González, la montonera que mató al jefe de la Policía Federal (2017), La llamada. Historia de un rumor de la posguerra de Malvinas (2017), Las guerras por Malvinas (2012); Los zapatos de Carlito. Una historia de los trabajadores navales de Tigre en la década del setenta (2007); Combates por la memoria. Huellas de la dictadura en la Historia (2007), Fantasmas de Malvinas. Un libro de viajes (2008); Malvinas. Una guerra argentina (2009); Algo parecido a la felicidad. Una historia de la lucha de la clase trabajadora argentina, 1973-1978 (2013); y Unas islas demasiado famosas. Malvinas, historia y política (2013). Publicó dos novelas: Montoneros o la ballena blanca y Los muertos de nuestras guerras.

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