Historias esenciales | Gotas con fuerza de océano 

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Como un eco que se repite, la segunda ola vuelve a ponernos en peligro, si es que en algún momento dejamos de estarlo. Se reactivan restricciones necesarias, se renuevan permisos. Lejos de la queja, son muchas las personas que salen a las calles a realizar tareas esenciales. Desde el primer día. Historias mínimas que mantienen al país en marcha. «No tuvimos tiempo para tener miedo», dicen.

Pasó poco más de un año, pero parece que aquel era otro mundo. O es este, el otro. Mirar para atrás es ver ese instante en el que todo se dio vuelta. Casi de un día para el otro, así parece que fue. Y hoy que la segunda ola está aquí y las restricciones se reconfiguran, el eco vuelve. En el medio, en la textura porosa de la historia, el día a día de millones de personas cambió para siempre. Lo cotidiano, lo más básico: llevar o no a los chicos a la escuela, ir al trabajo, buscar la comida. 

En la pandemia un nuevo engranaje comenzó a funcionar, y en ese engranaje hay prioridades, y para cubrir esas prioridades hay trabajadores y trabajadoras que se volvieron -¿alguna vez no lo fueron?- esenciales.  Por supuesto, el sector de salud en la línea de fuego. Indiscutible. Pero junto a ellos, una multiplicidad de personas cumpliendo roles fundamentales, tejiendo pequeñas historias, muchas veces invisibles, que en realidad llenarían páginas y páginas, porque son infinitas. 

 

FOTO EUGENIA NEME

“Hoy (es 8 de abril) cumplimos un año desde que hicimos el primer diagnóstico por coronavirus”, dice Yesica Espasandin. Es licenciada en biotecnología y doctora en medicina. Dirige el laboratorio de biología molecular del hospital zonal Ramón Carrillo de Bariloche. Hasta ese día, todas las muestras se mandaban al Malbrán en la ciudad de Buenos Aires y había que esperar el resultado, lo cual llevaba varios días. El laboratorio se había gestado en el 2019 con el principal propósito de hacer diagnósticos de hantavirus, pero a comienzos del 2020 las prioridades cambiaron y la tarea se centró principalmente en el Covid. “Todo era muy nuevo, como en el mundo entero. Los protocolos cambiaban, algo que pensabas que funcionaba después lo tenías que actualizar. Aprendimos muchas cosas sobre la marcha y aumentó la capacidad de respuesta”, recuerda. “Al principio recibíamos unas 50 muestras por día. Hoy podemos dar respuesta a unos 300 hisopados diarios”.  

-¿Tuviste miedo?

-No tuvimos tiempo. Sí mucho cansancio, a veces nos pasábamos el día entero en el laboratorio. En el medio, toda la familia tuvo que reorganizarse para seguirme el ritmo. También en el trabajo nos apoyamos mucho: si alguno tiene un problema el otro lo cubre.  

Hasta doce horas diarias en el hospital, guardias los fines de semana. La labor es invaluable. El proceso implica, además de atender las muestras que se hacen en el mismo hospital, recibir las que vienen de la Línea Sur, más lo que llega de los sanatorios privados. “Una vez que recibimos todas las muestras se hace la extracción del material genético y eso se analiza a ver si tiene el genoma del virus o no”, cuenta sobre su hacer. “Nunca me imaginé vivir algo así, fue un año muy especial que también tuvo su costado emotivo, porque se empezó a reconocer más el trabajo del personal de salud en general, que no solo es el de los médicos, sino de todos los que trabajamos en el hospital, desde el que hace la limpieza al que hace la comida. Empezamos a tener más visibilidad para la sociedad. Esto es una engranaje, dependemos de la persona que toma la muestra para poder hacer un resultado, de ese resultado dependen los epidemiólogos, los infectólogos, la gente de terapia intensiva para ver dónde ubican al paciente que llegó.  Si las muestras son sospechosas de ser una nueva cepa las mandamos a secuenciar para ver si efectivamente pasó algo. Es un trabajo muy grande, si falta una pata se cae la mesa”.

-¿Cómo enfrentan la segunda ola?

-Más preparados que cuando empezamos seguro, además de que tenemos más capacidad de respuesta, pero le tenemos mucho respeto a la segunda ola porque sabemos lo duro que puede ser. Esperamos que la gente entienda que se tiene que seguir cuidando. 

Sentimientos encontrados 

El televisor de la veterinaria estaba prendido y Antonia vio la noticia en el sócalo de la pantalla plana. “Estaba de guardia cuando me enteré de la cuarentena. Me acuerdo de la sensación de no tener la más mínima idea de qué iba a pasar. También del miedo, porque la noche se transformaba en un lugar sombrío, los permisos al principio eran un caos, no sabías bien cómo moverte”, dice la médica veterinaria. 

 

En la ciudad de La Plata, como en todo el país y en gran parte del mundo, las calles se vaciaron. El silencio ensordecedor rebotaba en las diagonales y nadie sabía muy bien qué. “Al principio hubo una baja de trabajo, pero después empezó a subir a lo largo de la cuarentena. Tenemos varias teorías entre los colegas”, sonríe. Es que algunos creen que los propietarios al estar en casa todo el día tenían más observación sobre sus mascotas, también más tiempo para ocuparse de sus animales, incluso que tenían una excusa para salir: era la vía de escape, llevar al perro a la veterinaria, hablar con alguien. Otros ven posible el estrés por el cambio de rutina. “Hubo muchos síndromes urológicos felinos que son por estrés”, detalla Antonia.  

“Te pasaban dos cosas”, dice por su parte Leandro, también médico veterinario en esta ciudad. “Tenías miedo de ir a trabajar y a la vez querías trabajar. Era una dicotomía. No sabias si preferías ser esencial o no, por miedo a lo desconocido, a no saber cómo moverte: eras un bicho raro vos para el otro y el otro para vos”. 

-Por esos días se habilitó lo que se consideraba esencial. ¿Cómo vivieron ese rol?

-Es una profesión que defiendo mucho. Si nosotros no trabajamos todos los días se empiezan a disparar otras enfermedades, como la leptospirosis o la rabia, un virus que si empezás con síntomas no tiene tratamiento, te morís. El veterinario tiene un rol central, sin embargo, extrañamente, no está catalogado como esencial en el rubro de salud. 

Antonia agrega: “A veces sentimos que somos esenciales para algunas cosas sí pero para otras no. A la hora de vacunarnos no somos esenciales, y es raro, porque estamos trabajando desde que empezó la pandemia en un riesgo total”. También hace hincapié en otras situaciones encontradas por las condiciones laborales: “No solo tenías miedo a contagiarte la enfermedad, por la enfermedad en sí, sino porque si te agarrabas covid estabas 14 días sin trabajar y sin cobrar”. En estos días, que la segunda ola vuelve a cubrir la vida de todos, ambos coinciden en la sensación angustiante de déjà vu. “Es como un recuerdo amargo de cómo empezaron esos días, cómo cambió todo, los hábitos. Empezar a trabajar con tapaboca, no saber la expresión de la gente. Te remueve lo vivido en el principio, pero al menos ahora sabemos un poco más”. 

En el otro costado de la provincia, Gonzalo recuerda con claridad ese momento bisagra en el cual se les anunció que debían quedarse en sus casas y de un momento a otro todo quedaba en suspenso. Fueron días inciertos, había que reorganizarlo todo. En su caso, trabaja en la sucursal de San Fernando del Cermi, una red de Centros de Rehabilitación para niños, adolescentes y adultos con discapacidad. La resolución de una estrategia para seguir no podía esperar. “Rápidamente empezamos a trabajar de manera on line. Primero haciendo llamados telefónicos a los pacientes, después a través de un drive desde nuestras casas con todas las planillas”, recuerda Gonzalo. Así estuvieron dos meses, luego de lo cual, dada la cercanía –vive a cinco cuadras- empezó a ir a la oficina dos veces por semana para hacer tareas administrativas y levantar los pedidos de recetas. “Estos pacientes necesitan medicación todo el tiempo, entonces, se recibían todas las recetas para que las vea la psiquiatra, no podían esperar”.  También señala que “no tenía el chip  del miedo en la cabeza” y que sobre todo sentía que estaba ayudando a la gente, a pesar de todo. “Había chicos que necesitaban esas medicinas y uno no se ponía a pensar en el riesgo que corría. Sentía que lo que estaba haciendo era algo importante”. En el establecimiento tienen un protocolo de salud con todas las medidas de seguridad. En la casa, hacen lo propio. “Llegaba, me sacaba la ropa en la entrada y metía todo al lavarropas. Somos muy metódicos en los cuidados”. Así también en el centro, donde hubo que readaptar todo para generar las burbujas correspondientes para que los pacientes puedan asistir. Los desafíos, a un año del inicio de la pandemia no terminan. 

 

El trabajo desde las escuelas es otro gran capítulo, difícil recorrer en pocas líneas. Sandra Solarino es directora de la Escuela Secundaria Rural 9 ubicada en Villa Saboya, localidad de 350 habitantes ubicada al noroeste de la provincia de Buenos Aires, casi al límite con Santa Fe y Córdoba. Como en todos los establecimientos educativos, las clases duraron de manera presencial apenas unos días en la primera ola y ahora vuelven a estar en duda.  El salto hacia lo nuevo es inmenso. “El desafío es muy importante, nos pusimos a trabajar a toda velocidad para imprimir actividades y dejarle a nuestros alumnos. Excepto una profesora, todos viajamos, incluso desde la provincia de Santa Fe, y sabemos que el retirarnos de la escuela es complicado para sostener la continuidad pedagógica. Si bien estamos acostumbrados a trabajar con algunos alumnos a distancia, porque tocan épocas de mucha lluvia, con rutas anegadas por el agua que se vuelven intransitables, o porque los chicos comienzan a trabajar a edad muy temprana y hay inasistencias reiteradas, es solo con algunos, esporádicamente. En esta ocasión fueron todos. Cada día nos levantábamos pensando cómo llegar a todos y no dejar a ninguno afuera”. 

-La escuela juega un rol central en articulación con las familias. ¿Cómo lo vivieron? 

-Al principio fue un desconcierto total, a algunos nos sorprendió con angustia. Nos preocupaba el día que íbamos a volver, si íbamos a volver todos, si nuestras familias iban a estar bien, con todos los integrantes. Hemos sufrido pérdidas muy cercanas. Pero trabajamos en equipo y hubo mucha contención, por sobre todas las cosas. 

El día del regreso en este 2021 fue emocionante: aunque muchos alumnos no habían podido conectarse durante la cuarentena, el día que empezaron las clases estaban todos en las aulas, expresando que necesitaban volver a la escuela. “Siempre les decimos que aprovechemos este momento que podemos estar acá, porque nunca sabemos hasta cuándo”, dice Sandra, que es directora de este establecimiento hace 12 años. Vive a 130 kilómetros del pueblo, por lo que llega los lunes y se vuelve a su casa los viernes. Cuenta que es de Saboya, pero que en su momento no pudo hacer ahí el secundario porque no había. “Lo hacíamos quedándonos en pensiones, así que para mí el valor de la escuela secundaria en la comunidad no tiene precio, la tenemos que cuidar”, dice. También describe con mucho cariño la docencia rural: “Hay mucho compromiso, a veces los docentes tienen que recorrer kilómetros de caminos de tierra y sortear varias dificultades, son muy innovadores, rápidos para capitalizar y transformar las situaciones menos pensadas en una instancia de enseñanza y aprendizaje”.

 

Desde lejos no se ve 

La esencialidad toca toda la cadena de tareas. La crisis económica y social que ya azotaba al país se vio incrementada en grandes dimensiones por la pandemia, aumentando los niveles de pobreza y desocupación.  En este marco, la tarea de las organizaciones territoriales también cumplieron y cumplen un rol esencial. Así lo describe Gildo Onorato, presidente de la Federación de Cooperativas de Trabajo del Movimiento Evita y miembro de la mesa directiva de la Unión de Trabajadores de la Economía Popular (UTEP). “Nuestra base territorial está articulada en forma comunitaria, por lo tanto, lo que hicimos durante la pandemia fue fortalecer los mecanismos de funcionamiento, principalmente vinculados al abastecimiento alimentario. Eso se transformó en una política central porque hubo una enorme demanda: creció en un 50% promedio la asistencia a comedores y merenderos”. 

Se sumó a esa tarea una plataforma de política de prevención y cuidados, ya sea con cartillas informativas, protocolos de funcionamiento de los turnos que iban a retirar comida, o comían en comedores, con todos los proceso de sanitización -el alcohol en gel, el distanciamiento, los barbijos- y, más acá, con campañas para que las familias se registren en el proceso de vacunación. “Fue muy positivo, porque permitió generar mucha conciencia”, dice Onorato. También destaca el trabajo de acompañamiento educativo para que los chicos y chicas no abandonen la escuela.

 

“La deserción escolar, tanto en primaria como en secundaria fue muy grande”, señala y destaca, además, la tarea de articular todas las actividades vinculadas a la producción, al trabajo y la organización comunitaria en los territorios, tarea muchas veces invisibilizada. “Hay una desvalorización de las iniciativas de los sectores populares, del trabajo esencial y estratégico que han llevado adelante mayoritariamente nuestras compañeras en los barrios, y muchas veces es una doble invisibilización, producto de la clase y del género”, dice y como contrapunto destaca que el presidente Fernández haya realizado un reconocimiento económico, político y público al trabajo de los movimientos populares. “Todo hubiese sido más dificultoso y más inestable si los movimientos populares  a través de sus redes comunitarias no hubiesen articulado con los distintos poderes del Estado, nacional, provincial y municipal”, señala y reflexiona sobre la importancia del trabajo comunitario y el fortalecimiento de redes. “Siento esperanza porque hay organización popular, comunitaria, hemos logrado el reconocimiento después de décadas y esa pelea ha ido creciendo en organización, en cantidad, en logros. Hoy la economía popular se sienta en el Consejo Económico y Social, en el Consejo del Salario Mínimo, Vital y Móvil. Tiene la posibilidad de impulsar crecimiento económico y  fortalecimiento de las economías regionales”.  

 

En aquel marzo del 2020 que ahora parece lejano la comunicación fue declarada una actividad esencial desde los primeros minutos. Era claro el rol de los comunicadores en medio de la batalla contra lo desconocido. El espectro es muy amplio, pero tiene rostros precisos. “Dos días antes de que Alberto anuncie la cuarentena nos reunimos desde la coordinación de la radio para ver cómo íbamos a hacer para sostener el aire”, rememora la licenciada en comunicación social Sofía Peroni. Conduce el informativo de la mañana en radio Estación Sur de la Plata y recuerda que muchas radios comunitarias vieron interrumpida su programación. “Nosotros decidimos mantener el aire y redoblamos la apuesta para hacer una programación especial informativa en dos turnos, mañana y tarde, con equipos rotativos, reducidos, con burbujas que no se tocaran entre sí, de lunes a domingo. Nos parecía que había una necesidad importante de que el ámbito comunitario y la comunicación popular siga informando y no dejar todo en manos de los medios hegemónicos de alcance nacional”. Pero hubo que organizarlo y así se hizo, pieza por pieza. “Tuvimos que hacer toda una remodelación para que los operadores pudieran hacer su trabajo de manera remota, también se garantizó equipo para trabajar desde nuestras casas, intentando que circule la menor cantidad de gente. Así estuvimos unos cuatro meses, cubriendo todos los días”. Más tarde volverían poco a poco los programas, aunque de manera virtual. 

-¿Cómo vivís esto de la comunicación como una labor esencial? 

-Cuando la comunicación se declaró esencial los medios hegemónicos siguieron con sus trabajos manejándose más o menos igual porque tenían los recursos para hacerlo. En nuestro caso eso no podía suceder de ninguna manera. Muchos colegas vieron suspendida la programación, pero nosotros teníamos algo de estructura para poder sostener el aire y nos parecía necesario estar. Circuló mucha información falsa al inicio de la pandemia y era clave dar información que estaba verificada por organismos oficiales. Uno de nuestros eslóganes era “información sin desesperación”. 

Sofía destaca también la característica de que todos sepan hacer todo, ya que los equipos rotativos también incluían rotar en roles. “Si un compañero tenía Covid el otro tenía que reemplazarlo y saber hacer lo que estaba haciendo. Todos y todas somos productores, sabemos conducir, manejamos las redes. Cuando alguien no conoce la comunicación popular cree que es de menor calibre, que se trabaja de manera muy precaria. Y lo cierto es que tenemos que derribar ese mito”, agrega la comunicadora. La radio cumplió 15 años en plena pandemia .

Los relatos podrían seguir. La pandemia abrió la ventana a un mundo de esencialidades muchas veces desapercibidas, tareas que en su rol más mínimo son claves para la comunidad toda, manos que se arremangan, andares que no se detienen. Esfuerzos extras que lo dejan todo en el camino. Gotas con la fuerza de un océano. 

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Violeta Moraga

Violeta Moraga es periodista y Licenciada Comunicación Social. Escribe en Canal Abierto e integra el equipo de comunicación popular Al Margen.

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