Vacunados en Provincia: el pinchazo que derrumba encierros y miedos

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Eduardo Fournier (73) y su esposa, Olga Lag (75), están felices luego de haberse vacunado en Lomas de Zamora. Luego de meses en los que solo salieron a hacer los mandados sienten que se acerca el fin del aislamiento. Viviana de Cillis volvió a dar clases de inglés en Lanús protegida por la primera dosis, pero aclara que «es importante que todos sigamos adoptando los cuidados». Rosana Sardellini trabaja más segura en la Unidad Sanitaria del Finochietto desde que se inmunizó. Historias del pinchazo que termina con el aislamiento.

Militantes de la Sputnik

Para Eduardo Fournier, vacunarse contra el coronavirus es una «explosión de felicidad” que sigue a un “tiempo sinuoso y prolongado, cargado de ansiedad”. Él (73) y su esposa, Olga Lag (75), recibieron la primera dosis con un día de diferencia: el 23 y 24 de febrero respectivamente. Para la ocasión Olga lució uno de sus mejores vestidos y un barbijo en perfecta combinación. “No sentimos el pinchazo para nada. Cuando volvió mi marido me dijo que no había sentido nada, entonces fui confiada”, recuerda ella. Fóbica, se asustaba toda vez que veía “agujas enormes” o “chorritos de sangre” en la televisión. “Fui tan confiada que cuando me hice sacar la foto hice la ‘V’ de la victoria, contenta. Y la desparramé por toda la familia”, cuenta.

Tras muchos meses de encierro estricto –salen sólo para hacer compras–, Olga y Eduardo fueron vacunados a poquitas cuadras de su casa, en la escuela 29 del municipio de Lomas de Zamora. Se habían inscripto en enero pero no habían recibido ningún comprobante por haberlo hecho, entonces decidieron anotarse una vez más a comienzos de febrero. Recibieron la notificación con el turno correspondiente por medio de la aplicación vacunatePBA. Destacan la “atención esmerada” del personal de salud a cargo del operativo. “Como somos personas mayores te ponen un acompañante para llevarte a cada lado. Lo único, ese día el sindicato llevó docentes. No eran muchos. Eran mayores también. Eso alteró un poco las filas y la rutina. Por ejemplo, no nos dieron el certificado en el momento”, detalla Olga. A diferencia de su marido, sufrió dolor de cuerpo y de cabeza al día siguiente, reacción que se esfumó pronto.


Eduardo cuenta que el día en que se vacunó había un clima de alegría en la escuela. Esperó su momento junto a otras cuatro personas charlando de política y hubo un aplauso cuando todas ya habían recibido la inyección. Sólo un aspecto empaña la alegría del matrimonio. Les dieron la vacuna de AztraZeneca y no la Sputnik, como ellos querían. “Tuvimos esa mala suerte, pero la acepté con responsabilidad. No iba a decir que no. Tiene menos efectividad”, se lamenta ella. Pero hay otra razón en la preferencia, que es política.

“Nosotros adoramos a Cristina. Hizo tantos trámites; dejó muchos pactos de colaboración firmados con Rusia. Nos gustó que haya habido un entendimiento tan rápido. Vemos la mano de Cristina”, argumenta Olga, militante dentro del peronismo de toda la vida. “Siempre hubo gente antivacunas. Ahora está todo mezclado con el problema político. Hay un odio especial a Cristina, de mucha gente, y lo mezclan con la vacuna. Pero ahora muchos de esos se vacunaron. Y el pobre Ginés (González García) cayó por viejas costumbres de amiguismo”, opina la mujer, quien tiene la teoría de que Horacio Verbitsky dijo lo que dijo porque “estaba militando la vacuna de Pfizer”.


Era un “sueño” para Eduardo recibir la Sputnik, al punto tal de que el día anterior a su turno se acercó al vacunatorio para averiguar qué vacuna le darían, un dato que recién se conoce al momento de la aplicación. “La oposición llevó a la vacuna a un lugar peligroso. Se puso a combatirla. No era sólo contra el Gobierno, sino que era también un peligro de salud social enorme. La Sputnik empezó a ser una bandera. Hice toda la carrera con esa bandera, y cuando llegué a la meta, vino alguien y me cambió la vacuna. Eso me produjo un gran dolor”, expresa.

La militancia que hicimos con la Sputnik es de características silvestres: no es que nos paramos en la puerta del Ministerio de Salud para defenderla”, explica. Esta militancia implica “decir aquello que haya que decir” en las conversaciones que rozan la polémica; “defender y aportar para hacer más claras las cosas” en un contexto de “confusión” activada por los grandes medios. “Tengo ganas de irme a vacunar de nuevo cuando esté la Sputnik”, confiesa Eduardo. Ya aterrizó en el país un avión con más de 700 mil vacunas rusas, pero a él lo espera la segunda dosis de la de AstraZeneca el 23 de marzo.

Olga tenía diez años cuando hubo un brote de polio en la Argentina, en la década del ’50: “No se vivió de esta manera. Me acuerdo de que nos mandaban con una bolsita de alcanfor prendida en el vestidito, en la parte de adentro, a hacer los mandados. Conocí gente con polio pero no había tantos casos como ahora. Recuerdo, sí, que se suspendieron las clases, y a mí me mandaron una temporada al campo”.

Por su edad, Olga y Eduardo integran uno de los grupos que más riesgos corre en la pandemia. Pero, curiosamente, el hecho de estar “guardaditos” no les afecta tanto. Dicen que no padecen el encierro, que no sintieron angustia ni miedo, aunque a veces Eduardo “se ponía en cuarentena si se había tocado la boca y después se rascaba la nariz”. Sólo salen a pequeños mercados cercanos. La verdulería y la carnicería les acercan los pedidos hasta su casa. En todo este tiempo sólo vivieron dos reuniones familiares; una de ellas fue la de Navidad. La “nostalgia” les brota en los días más lindos, porque solían salir con el auto a comer a pueblitos de la provincia. Eduardo extraña las vacaciones. Tiene una traffic que “armó como una casa rodante prácticamente” –dice Olga– y con la que la pareja va seguido a campings de la costa.

Llevan más de 40 años de casados y ni siquiera en términos del vínculo el aislamiento les resultó un desafío. Así lo asegura ella: “Nos llevamos mejor ahora que antes. Pasamos más tiempo juntos. Nos entendemos más, no sé qué pasa”.

Al aula con la vacuna

Durante todos estos meses Viviana de Cillis extrañó el aula. El lunes volvió a la escuela 74, de Lanús, donde se desempeña como profesora de inglés, sabiendo que no sería “lo mismo” que antes de la pandemia “por todos los cuidados” que ahora hay que tener. Entre ellos: “usar barbijo y máscara, guantes para tocar los papeles de los chicos, cuidar que haya distancia entre ellos”, enumera Viviana y casi que se cansa de tan sólo decirlo. Sentencia: “No era así nuestra vida”. Es asmática, tiene 60 años, y es una de las dos maestras vacunadas de la escuela 74. Siente por ello cierta tranquilidad. Sus otras compañeras tienen miedo de contagiarse.

Recibió la primera dosis de la vacuna de AstraZeneca el jueves 25 de febrero en la escuela 66, de Monte Chingolo. La llamaron por teléfono un día antes. Le resultó extraño porque le habían comentado que la notificación llegaba por mail. Tuvo miedo de ser víctima de un hecho de inseguridad; llamó a Suteba para sacarse la duda. Le informaron que en ocasiones el aviso del turno se hacía por teléfono y entonces fue hasta el lugar “muy contenta”. “El día que me tocó a mí la mayoría eran docentes y auxiliares. Creo que ahora con el comienzo de clases nos van a dar prioridad”, señala Viviana. Inscribió también a su mamá, de 92 años, quien todavía no fue convocada.

“Investigué por mí misma sobre las vacunas para no guiarme por lo que decían y me anoté ni bien abrieron las inscripciones. Quedé sorprendida porque me llamaron pronto, igual que otros que se vacunaron el mismo día que yo. Esto era algo que yo quería. Y que llegó bien, de la manera correcta, porque acá no hubo nadie en el medio… Todos me cargaban, me decían ‘amiga de Ginés’, ‘amiga de Moyano’. Siempre hay gente mala, que hace macanas, en todos los gobiernos. Pero también hay gente que hace las cosas bien. Hay que rescatarlo”, desliza. Llegó a levantar 39.8º de fiebre el jueves. La medicación que le aconsejaron es Paracetamol. El viernes por la noche ya estaba mejor.

Cuando le dieron la inyección le dijeron algo que le quedó grabado. Casi que lo repite textualmente: las vacunas previenen de contraer la enfermedad, padecerla de forma grave y ayudan al organismo a generar anticuerpos. “Aclararon que es importante que todos sigamos adoptando los cuidados, porque la vacuna no garantiza que no te contagies”, advierte.

Trabaja en los cursos 4º, 5º y 6º del nivel primario, la Escuela Municipal de Idiomas del distrito y para una editorial de textos en Inglés. “Pienso que los chicos tienen que volver a la escuela, con la seguridad que corresponde, con los docentes vacunados. Se tienen que cumplir los protocolos y los padres tienen que cumplirlos también. Las familias son otra burbuja”, sostiene. “En el fondo, la gran mayoría de los docentes extraña el aula. Yo extraño el contacto con los chicos. Ellos siempre quieren mostrar o decir algo. Con la computadora hay un límite. Están todos en silencio. Es lo único que logró la virtualidad.”

No le costó tanto el pasaje del trabajo al mundo virtual, aunque al principio en su escuela se vivió como una “explosión”, un “impacto muy fuerte”. “¿Qué hago?”, “no puedo”, “no sé”, repetían sus colegas. A esta dificultad se sumaba el hecho de que algunos estudiantes “quedaban afuera” por no contar con los dispositivos para conectarse. «En el último tiempo hubo mucha confusión en la información que iba llegando; varias veces cambiaron los protocolos. Eso confundió a docentes y padres. Recién en los últimos 15 días hubo una organización o llegaron directivas a las instituciones para garantizar la presencialidad dividida”, dice la profesora.

Ya con la primera dosis, Viviana volvió a las aulas. No sabe hasta cuándo. “Veremos qué pasa con los casos con la llegada del frío. Va a ser un año bisagra. Hasta abril tengo mis dudas de si va a seguir la presencialidad”. En el marco de 28 días se comprometieron a llamarla para la segunda dosis. “Nos tendríamos que vacunar todos. Por uno, el entorno y el país”, concluye.

Profesionales de la salud

Laura de Bona tiene 56 años, vive en Villa Elisa y es técnica en hemoterapia en el Hospital de Niños María Ludovica, de La Plata. Recibió las dos dosis de la Sputnik en Casa Cuna. Sólo tuvo reacciones luego de la primera, como el resto de los entrevistados en su situación. «En un principio vacunaron a terapistas, enfermería y personal de limpieza. A los que están en la primera línea de fuego. Después vinimos nosotros», puntualiza. Está a la espera de que le realicen un test que analiza los anticuerpos que produjo la inyección. Opina: «Hay un sector de la sociedad que está muy relajado, no tiene conciencia real de lo que está pasando. Será en parte porque le taladran la cabeza los medios de comunicación. Otro toma sus recaudos, se cuida, es conciente, tiene temor».

Hace meses que Rosana Sardellini (48) ve llegar a pacientes con Covid-19 o sospechas de padecerlo a la unidad sanitaria de la que es jefa, Doctor E. Finochietto, en Lomas de Zamora. Allí las personas son aisladas y luego derivadas a otros centros de salud. “Los que hacen guardia, que están las 24 horas, están mucho más cansados. Pero el estrés y el cansancio los tenemos todos, y no nos dan vacaciones. Como limosna nos dieron 12 días para que nos tomemos y 5 mil pesos de bonificación. Lo que más estresa es la falta de humanidad: no somos robots”, cuestiona.

“No tuve ni tengo fobia ni miedo. Tengo tristeza. La mayoría de los que murieron o quedaron con muchas secuelas son médicos y enfermeros”, expresa la pediatra. En la unidad murió uno de los encargados de seguridad. Varios trabajadores sufren secuelas como cansancio y asma, o no recuperaron el gusto o el olfato. La mayoría de los 30 miembros del personal ya fue vacunado.

Rosana está más “tranquila” desde que recibió las dos dosis de la Sputnik en el hospital de Llavallol. La primera la “mató”: experimentó cansancio, dolor de cabeza y de cuerpo. “Es pronto para sacar conclusiones. Hay muchos profesionales de la salud que no se quieren vacunar porque no creen en la vacuna, tienen miedo o no la ven eficiente. En los países desarrollados que vacunan hace rato veo que las cosas van bien”, sostiene.

Apenas comenzó la pandemia se habilitó en la salita un teléfono de guardia para atención psicológica. Uno de los que responde es Gabriel Vulpara (51), quien escuchó «crisis de ansiedad, situaciones de violencia, intentos de suicidio». «Vi muchos efectos psicológicos en adultos mayores, como angustia o deterioro cognitivo. Y las llamadas de la guardia eran constantes«, suma. El, quien además trabaja en una clínica y tiene un consultorio privado, volvió presencialmente a la unidad sanitaria en diciembre. En todo este tiempo le tocó también asistir a compañeros de trabajo cuando tenían crisis de angustia o se enfermaron de coronavirus.

«Fue difícil sobre todo en los primeros meses. Cuando la información fue un poco más fluida y estaba en el horizonte la vacuna fueron bajando la angustia y la ansiedad», describe. El también recibió ya ambas dosis de la Sputnik, y se siente «dolido» por algunos «cuestionamientos”: hay quienes se preguntan por qué se vacuna a psicólogos. En su caso le correspondió por desempeñarse en un espacio de atención primaria. «Si bien a nivel privado atendemos por teléfono, los que estamos en salud pública le pusimos el cuerpo como cualquiera. También somos merecedores de recibir la vacuna lo antes posible. Además, muchos seguimos haciendo cosas en forma presencial, por ejemplo, con pacientes que están internados», explica. La vacunación le tocó en el hospital Gandulfo. Quedó “muy conforme” con la organización. Y manifiesta: «La vacuna está acá para salvarnos».

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