Buen comer: los nietos vuelven a las recetas de la nona

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La información sobre lo que comemos nos hizo más conscientes: pensamos dos veces antes de saber qué tiene, de dónde viene y quién produjo lo que nos llevamos a la boca. A partir de esas preguntas, cada vez más jóvenes buscan sus propias respuestas: se animan a cocinar y a compartirlo con otros, a buscar productos sanos, productores baratos, ferias de cercanía y hacerle frente así a la cultura supermercado.

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Cada vez son más los jóvenes que cocinan para comer saludable, rico, para encontrarse con amigos, para compartir. Piensan a la cocina como un espacio de dispersión y creatividad, aunque también están los que generan propuestas culinarias para sobrevivir.

Hay una mayor conciencia sobre la alimentación y cómo influye en nosotros la manera en que producimos y cocinamos nuestra comida. Algunos incluso lo piensan como un lugar de militancia frente a la generación de alimentos cada vez más procesados que se da desde las grandes corporaciones.

Contra el mensaje hegemónico de dedicar cada vez menos tiempo a producir nuestra comida y ante la lógica de las grandes cadenas, estos jóvenes apuntan crear un sentir colectivo en torno a la cocina y los alimentos que consumimos.

Ana cree que desde hace muy poco tiempo se está comenzando a tomar conciencia sobre lo que estamos comiendo, de dónde viene, si fue producido por pequeños o grandes productores, cómo fueron conservados esos alimentos y, sobre todo, cómo fueron cocinados.

“¿Cuánto somos conscientes de lo que comemos? ¿Leemos los envases de las cosas? ¿Sabemos lo que son los conservantes que empiezan con la letra E?”, pregunta. “La industrialización de los alimentos llevó a que haya cualquier cosa ahí adentro incluso sustancias que nos llevan a la muerte y no hay una gran conciencia sobre eso”, dice.

La cuestión es una: ¿qué nos llevamos a la boca? ¿De qué modo ingerimos lo que debería nutrirnos? ¿Cuánto conocemos de eso que se vamos a comer?

En la dinámica de una cotidianeidad en que vivimos corriendo de un lado a otro, la comida parece tomar un lugar secundario. Incluso, cuando es el único momento que compartimos con otros.

“La comida es muy social. Cuando probamos algo rico generalmente es porque alguien nos invitó, para un festejo se hace una comida, si viene alguien a visitarnos preparamos una comida, si alguien está mal te hacen una comida rica. Juntarnos y compartir una comida es un acto de conexión. Se generan sensaciones en los otros”, asegura.

A diferencia de Ana, que decidió que cocinar fuera su profesión, Uriel, Nicolás y Guilherme, encontraron en la cocina una forma de supervivencia. A comienzos de este año, se encontraron sin trabajo y decidieron armar una suerte de cooperativa a la que llamaron “Cocina de Oído”.

Todas las mañanas se encuentran y cocinan un plato que al mediodía repartirán entre sus clientes por toda la ciudad. La consigna es cocinar un plato rico, contundente y a buen precio, para contrarrestar la cultura del sándwich.

“La idea es cocinar platos que uno se haría si tuviese el tiempo disponible en la casa, pero que a veces por falta de tiempo o porque llegás muy cansado no te cocinas”, cuentan.  El menú varía cada semana, cada tanto repiten alguno pero resaltan la posibilidad de experimentar hacer comidas que nunca habían hecho.

“Queremos generar otra forma de comer. Nuestros platos valen lo mismo que comprar dos sánguches de miga o dos o tres empanadas.

Cocinamos pastas caseras, milanesas vegetarianas, guisos y salteados, siempre acompañados por una ensalada. Está buenísimo poder repartir una comida que de algún modo propone cambiar nuestros hábitos. Tenemos personas que nos piden todos los días, eso es ganarle una pequeña batalla a la comida rápida o elaborada en grandes cantidades”.

Siempre intentan cocinar con las verduras de estación y cuando pueden compran algunos insumos a productores de la zona, buscan cuidar la esencia de una comida casera y a la vez mantener los costos para no aumentar el plato para sus clientes.

“En la comida hay una cultura del encuentro. Nosotros después de cocinar nos juntamos y comemos juntos, y siempre aparece algún amigo a darnos una mano o a probar lo que hicimos. Se da una dinámica de aprendizaje colectivo constante. Tiene mucho de poner el cuerpo la cocina, pero es reconfortante saber que estamos repartiendo algo hecho con amor, calidad, y sobre todo, buena onda”, dicen.

Cocinar parece haberse convertido en una actividad cada vez menos importante. Hay un mensaje claro en el que nos proponen consumir alimentos cada vez más procesados. De algún modo, como mensaje implícito, se propone que el tiempo que invirtamos en preparar nuestros propios alimentos sea cada vez menor. Y lo mismo sucede con la compra de la materia prima.

Sin embargo hay cada vez más espacios como ferias de productores en los que se propone una relación directa entre quienes producen la materia prima y los consumidores. Que permite establecer una relación sin intermediarios.

Desde que existen estos espacios Julia casi no va al supermercado. Elige consumir productos de cooperativas de trabajo. El cambio se dio luego de que conociera una granja dedicada a la agroecología. Allí descubrió que en los modos en que son producidos los alimentos está la clave de cuánto mal o cuánto bien pueden ocasionarnos.

Hace años que se relaciona desde un lugar más consciente con la comida:  “Cocino yo casi todo lo que como. Hago mi propio pan, conservas, guisos, budines y hasta mis propias galletitas. Ahora si llego tarde con mucho hambre y como unas galletitas de paquete puedo notar la diferencia en el gusto. Los alimentos procesados tienen mucha más azúcar y un sabor particular que son los conservantes”, dice.

“Empecé a pasar mucho más tiempo en la cocina, probando recetas, improvisando y experimentando. Eso no quiere decir que si veo una empanada de carne frita por ahí no la coma. Sigo comiendo cosas que siempre me gustaron, pero intento prestar más atención a lo que como”, agrega.

Algunos por necesidad, otros por curiosidad, ganas o para compartir un espacio con otros, lo cierto es que estos hombres y mujeres están generando una nueva conciencia sobre la manera en que nos alimentamos. Y derriban los mitos de que para cocinar hace falta disponer de mucho tiempo. Entre ellos las palabras “delivery” o “fast food”, parecieran no existir y plantean que en el mismo tiempo que tarda en llegar una pizza se puede cocinar un plato mucho más rico y saludable.

No es necesario contar con muchísimos conocimientos si no con ganas y voluntad. Y una vez que estemos emprendiendo la misión es probable que descubramos que sabemos más de lo que creemos.

Si bien la rutina de cada persona varía según las actividades, tiempos e intereses lo cierto es que todos compartimos una necesidad básica, alimentarnos. Cocinar nuestros alimentos es algo que requiere poco tiempo y para lo que  no se necesitan muchos conocimientos: basta con la decisión y largarse a experimentar, pedir una receta a alguien o mirar un tutorial en internet.

El conocimiento está ahí, dentro nuestro, en la manera en que vimos que se producían los alimentos a nuestro alrededor. Es transmisión cultural pura. Al comienzo alcanza con un poco de observación, una pizca de curiosidad y una cuota necesaria de ganas.

Para ellos, cocinar y encontrarse para comer y compartir es una pequeña manera de cambiar el mundo.

@catadowbley

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