Medicalización en la vejez | Un cóctel para revisar

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Profesor de Historia, gerontólogo e investigador, Iván Greppi Seveso analiza la creciente medicalización que sufre buena parte de la sociedad y afecta en mayor medida a los adultos mayores. Los datos hablan por sí solos: el 40% de este segmento etario consume en Argentina más de cuatro drogas diarias y el 30% de las hospitalizaciones de este grupo son a causa del uso inadecuado de remedios indicados por profesionales médicos. Revisar prácticas, hábitos y costumbres se vuelve esencial. 

La medicalización constituye un proceso social –cada vez más creciente– que atraviesa todos los rangos etarios y que trae como resultado importantes consecuencias para la salud, derivando en lo que se conoce como iatrogenia: el malestar físico o psicológico que se manifiesta a partir de un tratamiento médico. En este marco, los adultos mayores conforman uno de los segmentos más afectados por este fenómeno: el 40% consume más de cuatro drogas diarias y, hasta antes de la pandemia, un 30% de las hospitalizaciones de este rango etario en el país eran a causa del uso inadecuado de medicamentos, según datos del mismo Ministerio de Salud de la Nación. Pero además, el 35% de las drogas que se consumen diariamente presentan efectos adversos concretos. Es decir, van a terminar inevitablemente en otra droga. Revisar estas prácticas se vuelve vital en un contexto donde la industria farmacéutica avanza fuertemente imponiendo las leyes del mercado sobre cualquier criterio de salud.

“Cuando hablamos de medicalización hablamos puntualmente de un proceso social que convierte situaciones que han sido normales, o situaciones que son de orden psicológico o culturales, en cuadros patológicos a resolver a través de la medicina o de la ciencia médica”, explica Iván Greppi Seveso, profesor de Enseñanza Superior en Historia (UBA), Gerontólogo (UNTREF) e Investigador de la Universidad Nacional del Comahue-CEISO.

Un ejemplo bastante común de esta situación es lo que ocurre con la hipertensión arterial, fenómeno que muchas veces está ligado a factores de estrés o circunstancias ambientales. El cuadro prontamente se convierte en un diagnóstico, una patología, que es la hipertensión arterial propiamente dicha por la que se procede inmediatamente a su tratamiento a través de fármacos antihipertensivos. “Generalmente, no se procede clínicamente a ofrecer una mejor nutrición u otro tipo de hábitos en la actividad física, en la actividad incluso psicológica o hasta de inteligencia emocional, sino que se indica inmediatamente dar una solución a través de un medicamento”, explica Greppi. Y es ahí, justamente, donde se activa entonces una rueda sin fin, porque ese medicamento dispara el consumo de otros medicamentos asociados a las contraindicaciones que tiene el primero (y aquí vamos entrando en la medicalización). Un caso clásico es el de la persona que llega con un cuadro de colesterol por el que recibe un medicamento, el cual causa retención de líquidos ante lo que se da un diurético, que a su vez causa un cuadro de ansiedad por lo que va tomar un ansiolítico. Así, de pronto, por un cuadro que quizás podría haber sido mejorado a través de un cambio en los hábitos nutricionales o en la actividad física, en seis meses una persona pasa a consumir de cuatro a seis medicamentos, algunos de por vida.

Es un monstruo grande

El tema es complejo y se complejiza cada día en un contexto dominado, además, por las tensiones del mercado. Hay una realidad: en los últimos 30 años el proceso de medicalización fue empujado por la industria farmacéutica, un conglomerado que cada día pisa más fuerte en distintos ámbitos. “Se puede decir que antes la medicalización estaba dominada por el conocimiento médico: el médico te decía a través de un ejercicio de poder lo que debías hacer. Pero desde la década del 60 para acá, esa medicalización fue dominada por la industria farmacéutica, con lo cual, ese proceso social hoy es farmacológico y químico”, continúa Greppi.

Las implicancias que todo este proceso conlleva y sus consecuencias tocan distintos ámbitos. Como se señalaba más arriba, algunos datos concretos son alarmantes, como es el hecho de que el 30% de las hospitalizaciones de adultos mayores en el país sean a causa del uso inadecuados de medicamentos indicados por profesionales médicos. “Frente a la magnitud de estos números se están reviendo algunos criterios, pero esos criterios implican luchar con la industria farmacéutica, que no es poca cosa y siempre tiene algo para ofrecer”.

Basta con poner atención en los mensajes que recibimos a diario por los medios de comunicación para notar el constante bombardeo de todo tipo de ofrecimiento de bienestar en pequeñas píldoras. Sin embargo, lejos de lo que se podría presuponer –esta idea de fragilidad del anciano o la anciana– , no son los adultos mayores el segmento más influenciable por la industria propagandística, por el contrario, son los más jóvenes los que tienen mayor predisposición a la automedicación, utilizando criterios de internet, publicitarios o de amigos para medicarse. El dato es interesante: “En los adultos mayores, que es la población que tiene mayor tasa de consumo de medicamentos, esto no existe. Por una cuestión generacional –y hasta cultural– no se automedican y son muy desconfiados sobre su uso. Sin embargo, están muy medicados por el criterio médico y la ciencia médica: Evitan el medicamento, desconfían, pero cuando asisten al profesional, a la clínica, vuelven con el medicamento”.

Es para pensar, si esto sucede con quienes de partida no se basan en lo que dicen las publicidades sino en lo que dice el médico, lo que sucederá con las generaciones que ya tienen incorporada la automedicación. El desafío parece encender una luz de alerta. Pero además, evidentemente el mercado va a desarrollar estrategias para adaptarse a los nuevos tiempos, así sea con una nueva generación de medicamentos con corte nutricional, del buen vivir y de la industria del bienestar.

—Es difícil pensar en revertir esto, frente a la fuerza de la industria farmacéutica.

—El dominio de la industria farmacéutica sobre la práctica médica al que asistimos en la actualidad es el ejemplo más concreto y acabado del dominio del capitalismo y del mercado sobre la medicina. Sin extenderme demasiado, recordemos que la medicina moderna nació dominada por la ciencia positivista: explorar el cuerpo, conocerlo, ver de qué se trata, cómo reacciona a través de tal tratamiento, a través del conocimiento nutricional, del comportamiento. Toda esa ciencia médica de corte positivista, con sus pros y sus contras, no existe más. Ahora la ciencia médica es química, está dominada por la industria farmacéutica y es en lo que se basa hoy el criterio médico.

Lo cierto es que salir de la rueda del pastillero es una tarea no tan simple ya que todo el entramado que se sostiene desde ahí es difícil de desactivar en ese fino equilibrio de fórmulas. Aun observándolo, siendo consciente de esta situación, implica una toma de cartas en el asunto del cuidado de la propia salud. “Hay personas que consumen de siete a ocho medicamentos diarios, pero no logran salir de eso por más recomendación que uno les dé y por más que ellos lo sepan y sean conscientes. Los mecanismos culturales, científicos, más el agregado de la pandemia en la actualidad, conducen a muchos a un callejón sin salida”.

 

El futuro es plateado

 

La iatrogenia  

Si bien la iatrogenia ocurre a partir de una indicación o tratamiento médico, no es tomada como una mala praxis ni algo penable ya que se trata de un criterio médico. Sin embargo, sí figura el daño que se produce a partir de la aplicación de un tratamiento recomendado por un médico. Parece un juego de palabras, pero tiene su lógica y los datos son bien concretos: el 90% de los casos de iatrogenia son por el uso de determinados medicamentos. “Cuando la persona no tiene un problema de retención de líquidos y la retención de líquidos se la genera el medicamento que le dio el médico, ya estamos en un caso de iatrogenia, porque se le generó una nueva patología y un nuevo diagnóstico”, explica Greppi. Sin embargo, refuerza que no se puede hacer un ejercicio legal contra la iatrogenia porque es un criterio médico: para el colesterol va tal medicamento, para la ansiedad tal otro. Y no hay una justicia que vaya contra eso.

Los datos en torno al proceso de medicalización que vive la sociedad en la actualidad continúan: el 99% de los antihipertensivos del país lo consumen adultos mayores, así como el 98% de los medicamentos lipotímicos y el 85% de los ansiolíticos. Pero este panorama no indica que no haya nada por hacer. Pequeños cambios pueden comenzar a torcer la rueda, como es la aplicación de criterios que tengan en cuenta por parte de los profesionales la observación de las implicancias psicológicas, domésticas o culturales de la persona que es paciente. “A veces, con el simple hecho de tener en cuenta a quién se tiene enfrente y su contexto alcanza para evitar la iatrogenia y la medicalización en todo sentido”.

No es menor que un profesional ante un paciente tenga en cuenta cuestiones como dónde vive esa persona, con quién, en qué barrio, con qué posibilidades nutricionales, entre otras, como el género. Y aquí vale la pena detenerse a observar también el fenómeno de la medicalización como una cuestión de género: la tasa de consumo de ansiolíticos es mucho más alta en mujeres (habría que analizar: en qué condiciones se desarrolla, qué tareas de cuidados ejercen y qué otras circunstancias producen que sean mucho más medicadas que los hombres).  Otro parámetro que habla de la situación es que la medicalización es un fenómeno concretamente urbano y no rural, justamente, por las condiciones de vida, socioambientales y el acceso a la salud.  “Tener en cuenta todo esto es un gran paso para evitar la salida mágica, instantánea, que se cree que son los medicamentos. Actualmente hay muchos profesionales que tienen en cuenta estos criterios y los trabajan. También con la parte nutricional, en un enfoque frente a patologías como el colesterol”, detalla Greppi .

Por supuesto que un nuevo camino requiere de nuevos desafíos. Posiblemente una cita de 15 minutos con el médico en el consultorio no alcance. Frente a la comodidad que puede ofrecer una pastilla, atender a una persona en toda su dimensión es desplegar un mapa. Pero además, el sujeto deja –o debe dejar– de ser paciente para participar de manera activa en torno a las formas de sanar. Por supuesto, cada caso y situación será particular, ni siquiera es posible generalizar respecto al tratamiento que pueda requerir cada afección, pero frente a datos tan concretos, hacer la vista a un lado, arrojarse a un combo de pastillas de todo tipo y color, no parece ser la salida.

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Violeta Moraga

Violeta Moraga es periodista y Licenciada Comunicación Social. Escribe en Canal Abierto e integra el equipo de comunicación popular Al Margen.

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